Recuerdo su mirada perdida y la sonrisa fingida que tenía en el rostro. Recuerdo aquel vestido azul que descubría la espalda en forma de U. Recuerdo aquel cabello alborotado tanto como sus prioridades. Recuerdo aquel vaso lleno de cerveza que sostenía en su mano, como si fuese una clase de adorno que no iba para nada con ella. Recuerdo aquellos sueños rotos e ilusiones sostenidas en la persona equivocada. La recuerdo así y hasta el día de hoy me sigue pareciendo irreal comparada con aquella que en realidad era. Pero lo que más recuerdo es aquella noche y madrugada, huyendo de mis más profundos miedos solamente por atreverme a amar de la manera más profunda posible, aunque mi historia no haya empezado ni terminado con exactitud allí.
Me llaman Nicky, Nick, Nickming o Perkins, a pesar de que desde siempre, mi nombre ha sido Nicholas. El último apodo era usual en mis profesores de la escuela y la universidad, aquellos que siempre tenían tiempo para pensar en cómo ponerme en vergüenza ante toda la clase, no en mala manera, pero siempre terminaba siendo una completa vergüenza.
Nací pesando ocho libras, lo que mi mamá siempre decía que era la razón por la cual le daba dolor de espalda durante todo el embarazo. El menor de tres hermanos y por lo que puedo decir, el más correcto, concreto y cuerdo de los tres.
Hablar de mis hermanos es como si quisiera hablar de los dos demonios favoritos del mismísimo Satanás, claro que, siempre que hacía esa referencia con mi madre cerca, recibía uno de esos golpes que suelen dar las madres, aquellos que no son con mucha fuerza, pero a la vez, son con mucha fuerza.
Mis hermanos, Sandor y James jamás fueron como mis padres hubiesen querido que fueran, ambos se habían separado de la familia a muy temprana edad y preferían pasar el tiempo fuera con personas que no terminaban de ser ni una influencia aceptable en ellos. Sandor era el mayor de nosotros y para el comienzo de aquella buena historia, contaba con veintitrés años, de los cuales, trece años habían sido de correcto comportamiento, asistencia intachable a la escuela y a la iglesia y diez años habían sido de un mundo completamente perdido en adicciones y mala vida. James, con tan solo dieciocho años, había decidido seguir los pasos de nuestro "muy cuerdo" hermano mayor al cumplir los quince años. Ambos se habían alejado por completo de aquello que nos habían enseñado nuestros padres y por ello toda la familia esperaba con temor que yo llegase a ser como ellos. Sin embargo, yo fui todo lo contrario a Sandor y James. Por eso mismo pienso que ellos dejaron de tomarme en serio desde que les dije que no a sus constantes insistencias sobre probar aquellas drogas que me ofrecían. Por eso mismo terminaba recibiendo constantes golpes que simplemente, no podía responder.
Desde pequeño había aprendido a ser alguien correcto en la vida, mi modelo a seguir siempre había sido mi padre, el señor Edmund Perkins. Tenía planeada mi vida entera desde la temprana edad de seis años. Sabía exactamente lo que quería para ella. Esperaba terminar mis estudios escolares a los dieciséis años y empezar a estudiar Literatura Universal en la universidad hasta graduarme a los veinticuatro años. Al terminar mis estudios, buscaría trabajo, luego una novia que fuese tan impecable en su vida como lo era mi madre, dejaría pasar el tiempo, le pediría matrimonio y nos casaríamos para luego tener dos hijos, una niña y un niño a los que llamaríamos Steven y Lucille. Parecía una vida prometedora.
Lamentablemente, o tal vez para mi suerte, mi vida no tuvo esos giros y fue muchísimo más complicada.
Estaba terminando los estudios del penúltimo año escolar en Eagle Rock, una escuela en Pasadena, parte del condado de Los Ángeles, donde viví con mis padres y hermanos al menos desde que tenía memoria, si es que "terminar los estudios" se le podía considerar a que me faltaban casi seis meses de estudio y mucha escuela antes de empezar el año de mi verdadera graduación. La vida parecía sonreírme de manera prometedora en lo que a mis estudios respectaba. Había tomado una carrera media que me haría terminar la escuela a los diecisiete, un año más de lo que de niño había esperado. Si se trataba de la suerte en el amor que llegaban a tener mis amigos, no podía sentirme lo suficientemente desafortunado.
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El crucigrama del corazón (EN REVISIÓN)
Teen FictionElla nunca aceptó lo que merecía, muchas veces su mente le hizo pensar que merecía poco. Se convenció de que sus errores la definían antes de que lo hicieran sus virtudes. Él siempre vio en ella todo lo bueno que merecía por parte de la vida. Amó s...
