Capítulo 16

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La pared crujió un poco cuando se deslizó para dejarnos pasar. Hice una mueca, pero agradecí que el despacho estuviera apartado del centro, y entré rápidamente seguida por Damian.

—Bien, ya estamos aquí, ¿ahora qué?

Rodeé el escritorio y me senté en la silla giratoria, con cuidado de no hacerla deslizarse por mi peso. Damian estaba de pie en la entrada, mirándome de brazos cruzados.

—¿Qué? —dije.

—¿Qué haces?

—¿Revisar? —respondí, frunciendo el ceño—. Quédate fuera y vigila que no venga nadie.

No me apartó la mirada.

—¿Qué miras? ¡Anda!

Se rio por lo bajo y salió al pasillo a hacer guardia. Registré cada cajón del escritorio y revolví todos los papeles que se hallaban dentro buscando algo... pero ¿qué en concreto?

«Cualquiera cosa llamativa a la vista.» dijo mi subconsciente, y asentí, resuelta con su respuesta.

Seguí hurgando todos los lugares que había donde se podía esconder algo. Lo único que encontré fue el teléfono satelital. Después de unos minutos descarté el escritorio y procedí con el mueble de la esquina. Abrí gaveta por gaveta, escudriñando hasta el rincón más resquicio. Mientras cerraba una con demasiada fuerza (por una repentina frustración) dejé caer una estatuilla de plástico que rebotó en el suelo, creando un ruido lo suficientemente audible como para que llegara un Centinela a revisar. La recogí con rapidez y la regresé a su lugar.

La cabeza da Damian asomó por la entrada.

—¿Todo bien?

—Pero ¡¿qué haces?! —me alarmé—. ¡Regresa fuera!

—Alguien ya debe de venir a ver que ha sido ese sonido.

—Con más razón, ve y distráelo.

Su entrecejo se arrugó mientras se recostaba en el marco de la puerta y cruzaba sus brazos sobre su pecho.

—Hm, ¿qué gano yo con eso?

—¿Bromeas?

—Nop.

Escuché pisadas que venían hacia el despacho. Me desesperé.

—Te enseñaré a cocinar —le dije con apuro.

Damian me miró como si me hubiera vuelto loca.

—¿Y por qué iba yo a querer eso?

—Créeme, lo quieres —aseguré, pero no dijo nada. Soltando un juramento, caminé hacia él y lo empujé hacia el pasillo—. Ve y distráelo. Nos vemos en mi habitación a las una.

Me sonrió y en sus ojos me pareció ver un destello.

—Ahora si estamos hablando de negocios.

Lo vi desaparecer por el pasillo y, con la tarjeta, hice que la puerta regresara a su lugar. Si Damian no lograba distraer a quien quiera que viniera, lo mejor era quedarme dentro hasta que se diera cuenta de que no había nada extraño sucediendo aquí.

Giré sobre mis talones y seguí rebuscando. En la última gaveta del mueble me encontré con un montón de carpetas. Al abrir una me di cuenta de que eran expedientes: estaban ordenados en orden alfabético por apellidos. Vi el de Karina Brey, el de John Collins, e incluso el mío. Fruncí el ceño, extrañada mientras seguía pasando carpeta por carpeta de todas las personas en El Refugio con apellidos que empezaban en F, hasta que di con una que captó mi atención.

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