Un presagio

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El sonido del despertador de Mauricio estuvo a punto de pasar inadvertido para él. Además de que no pudo dormir suficientes horas, los episodios de llanto que había tenido apenas unas horas atrás lo habían dejado exhausto. Ni siquiera logró despegar los párpados, pues parecían estar adheridos con pegamento a sus globos oculares. Ansiaba continuar recostado en el lecho. Solo quería olvidarse de las obligaciones del día y concentrarse en recuperar las energías, pero sabía que eso no estaba dentro de sus posibilidades.

Haciendo un esfuerzo titánico para moverse, el joven extendió el brazo derecho. Su mano comenzó a tantear la mesa junto a la cama en busca del teléfono móvil. Necesitaba tocarlo para desactivar la suave música instrumental que resonaba por toda la estancia. No obstante, su palma no hacía más que dar varios golpecitos torpes sobre la madera sin conseguir resultados. Un extraño peso sobre la boca del estómago le impedía moverse de forma normal.

"¿Qué carajos tengo encima?" La calidez que emanaba de la masa desconocida le hizo cosquillas a la memoria del muchacho. El vago recuerdo de la madrugada recién pasada empezó a tomar forma en su mente poco a poco. Intentó levantar el brazo izquierdo y fue hasta entonces cuando su sentido del tacto pudo detectar la suavidad propia de otra piel humana cerca de la suya. La imagen de Fiorella volvió a él con total claridad. Al abrir los ojos de par en par, contempló la tranquila figura dormida de la chica, quien reposaba a su lado abrazándole el torso.

Una amplia sonrisa de auténtica felicidad apareció en el adormilado semblante del varón al mirar a la artista, con su boca entreabierta y el cabello idéntico a un algodón de azúcar. Era la primera vez en toda su vida que se había quedado dormido junto a una chica sin haber tenido ningún tipo de contacto erótico previo. También era la primera vez que despertaba sobre su propio lecho junto a alguien, en lugar de estar en la cama de algún hotel o en la de un apartamento ajeno.

El chico había presenciado muchos amaneceres en soledad tras experimentar alocadas noches en compañía femenina. No le molestaba que las chicas se marchasen sin proveerle explicaciones que no pedía ni esperaba. Sabía dar la cantidad exacta de besos y de caricias para encender la pasión de distintas mujeres, pero nunca permitió que ninguna de ellas se adueñara de su corazón. A pesar de eso, la joven Portela estaba imponiendo varios récords en lo que a primeras veces se refería sin siquiera enterarse. Se le estaba colando en lo más hondo del alma con pasmosa rapidez, sin necesidad de entregar su cuerpo.

Con sumo cuidado para no despertar a la muchacha, Mauricio se retiró del lecho. Caminó hasta la cocina y se dispuso a preparar un apetitoso desayuno para ella. Calentó un par de medialunas de jamón con queso y preparó chocolate caliente para acompañarlas. Además, colocó un puñado de galletitas integrales, tanto dulces como saladas, junto al resto de la comida. En cuanto estuvo listo, puso los platos y la jarra sobre una bandeja especial para comer en la cama. Al ingresar de nuevo a la habitación, dejó todo sobre la mesa de noche, pues deseaba despertar a la chica de la forma menos brusca posible.

El varón se recostó sobre el lado desocupado del colchón. Enseguida comenzó a deslizarse despacio hacia donde yacía su novia. Ella ahora se encontraba boca arriba y tenía los brazos extendidos hacia los lados. El ritmo pausado de su respiración dejaba en claro que dormía con absoluta placidez. Mauricio no pudo evitar extasiarse durante un buen rato en la visión de los pechos femeninos apenas cubiertos por una delgada blusa blanca que dejaba poco a la imaginación. La fuerte presión en el pantalón del pijama le indicó que, si no apartaba la vista pronto, sus instintos carnales terminarían por dominarlo.

El muchacho respiró profundo antes de acercársele a Fiorella. Cuando se hubo reclinado de medio lado a escasos centímetros de ella, su dedo índice derecho fue trazando un camino desde la frente hasta la barbilla de la jovencita. Después delineó el contorno de su rostro con la yema del dedo corazón. La sutileza de aquellas caricias que él repitió varias veces comenzó a apartar el sueño de la mujer durmiente de manera gradual. Un par de minutos más tarde, los párpados por fin dejaron al descubierto los grandes ojos de la chica. La desorientación momentánea en su mirada se disipó en cuanto vio al joven Escalante.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora