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02. - Mariposas Negras.

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Por la ventana entraba cuidadoso el viento de noviembre. Las cortinas de seda blanca bailaban la melodía de este, y las visagras de la ventana crujían con un ruido espantoso. Pero ella no se levantó a cerrarla.

Su mano estaba posada sobre una hoja de papel en blanco, sus dedos temblando por alguna razón que no era, ni mucho menos, el frío. La estilográfica que sujetaba comenzó a moverse, insegura, y con la caligrafía de alguien de 1960, comenzó a escribir las imágenes que su mente le enviaba.

«Entonces una mariposa se posó sobre su mano, y ella se giró para mirarla. Era hermosa, pero débil, y con un pequeño soplo del viento veraniego se alejaría de allí. Ella miró a la pequeña criatura. Deseó ser así de preciosa.»

Fue entonces cuando una enorme mariposa de alas negras entró por la ventana, probablemente arrastrada por el viento. A ella le asustó la coincidencia. La estilográfica cayó al suelo junto al tintero, que se rompió en mil pedazos, dejando el suelo con un aspecto parecido al del escenario de un crimen.

Pensaba que era hermosa hasta que se acercó. El horrendo insecto voló hacia ella, posándose en su brazo. Cuando pudo verlo de cerca sintió un escalofrío. Era un bicho de grotescas proporciones, ojos enanos que parecían vigilarte siempre, antenas punzantes y asquerosas, patas aún más horribles que terminaban sobre la piel de la chica. Lo único hermoso que había en aquella mariposa eran sus alas. Tan negras como el carbón, se desplegaban desde la espalda de aquella criatura, elegantes como la capa de la muerte, tan preocupantes como esta.

Hizo un movimiento con la mano para librarse de la mariposa. Esta voló y se posó sobre el escritorio. Algo extraño llamó la atención de la chica. Tenía una mancha carmesí justo donde el insecto había estado posado. La rozó con el dedo y observó aquel líquido. Debía ser tinta. Pero en el momento en el que recordó que el líquido que contenía el tintero era color negro, su sangre comenzó a correr más rápido por sus venas. Tuvo que ahogar un grito.

Sangre.

El terrible bicho continuaba en la estantería, moviendo sus alas con aire desafiante. Sus patas brillaban con un aire de metal. Ella no consiguió calmarse. ¿Qué era aquella criatura?

Entonces comenzó el horror. Dios sabe si a aquellas cosas las arrastraba el viento o si podían oler el miedo, pero unos segundos después de que la chica se diera cuenta de que aquella no era una simple mariposa, otra exactamente igual atravesó la ventana. Y otra. Y otra. Y muchas más.

Comenzaron a posarse sobre su piel, con aquellas patas que parecían cuchillas, y ella notó las gotas de sangre deslizándose por sus brazos y sus piernas. Presa del pánico, agitó cuanto puso las extremidades para librarse de aquellos insectos del demonio, pero parecían estar pegados a su piel. 

Pronto aquellos insectos llegaron también a su rostro. Para entonces, ella ya lloraba lágrimas de desesperación. Sus labios se cubrieron de sangre a medida que las criaturas se posaban en ellos. Unos se posaron en sus mejillas, haciendo que el punzante dolor se volviese aún más insoportable. Y otros... se deslizaron por ellas, llegando a sus ojeras.

No pudo aguantarlo más. Se fundió en un grito de dolor que bien podrían haber oído hasta los mismos demonios. Y entonces se despertó gritando.

Se enderezó en su cama a una velocidad exagerada, con la boca abierta y las cuerdas vocales rasgadas. Estaba empapada de sudor, pero no había en su cuerpo ni una gota de sangre. Su respiración estaba notablemente agitada, lo cual era comprensible, teniendo en cuenta el horror que acababa de ver en sus sueños. Se llevó las manos a la cara y dio gracias porque todo hubiera acabado. Después, posó las manos en su regazo y abrió los ojos.

Y una mariposa negra la miraba amenazante desde el marco de la ventana.

Escrito por: Merce Fearless.

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