El Gran Maese II

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Del campamento solo quedaban los carros destruidos, los barriles aplastados, la comida desparramada bajo el sol. Los cojines despedazados entre trozos de vidrio estaban sobre la alfombra sucia, a la sombra de los grandes retazos de tela que colgaban de los postes de la tienda que todavía estaban en pie.

Era mediodía, la hora de Nug, y el hedor de la carne podrida no se iba a pesar de la suave brisa que recorría la pradera inclinada hasta el riachuelo, meciendo los altos pastizales de un verde intenso. Cruzando el agua, en el fondo del valle, comenzaba un bosque de troncos enroscados y copas redondas muy densas, de hojas que variaban entre el verde, el rojo y el violeta.

Hacia el lado opuesto del campamento, la pradera en ascenso chocaba contra las cúspides de los cerros, semejantes a dientes gigantes que querían morder el cielo.

—Es el punto más elevado, eligieron bien el lugar para tener una buena vista de la pendiente —dijo Torre de Piedra.

El umca hincó la rodilla en el suelo delante del charco de sangre de varios metros que quedó alrededor del cuerpo despedazado del budaan. La gran bestia de carga de piel escamada estaba partida en dos, con las costillas abiertas, quebradas como si hubieran sido arrancadas por garras poderosas. Los intestinos del budaan se esparcían mezclándose entre trozos de sus órganos sobre el charco de sangre. De las seis extremidades de la bestia, gruesas como el tronco de un árbol y de pezuñas duras como el acero, tan solo quedaban dos. Torre se sacó un guante y metió un par de dedos en la sangre. Los levantó y frotó las yemas probando la consistencia.

—Fue antes del amanecer —concluyó.

Deslizó los dedos manchados por la tierra seca para sacarse la sangre y los sacudió. Descansó el codo sobre la pierna un momento y observó los alrededores. Los pastizales eran muy altos en esa época y fácilmente alcanzaban la cintura de un huma más pequeño, como Kaleh, o como todos los demás que no fueran de su raza en realidad. Se levantó, asió el hacha que había dejado clavada de punta a su lado y siguió recorriendo los restos del campamento.

En el interior de la tienda destruida el joven Kaleh daba pasos con cuidado. La mano alzada por encima de su hombro estaba firmemente cerrada alrededor de la empuñadura de su espada, la que colgaba de su espalda en la funda unida a un ajustado arnés de cuero. Con la otra mano removía con cuidado las telas y los cojines buscando lo que fuera que le diera luz sobre lo sucedido en ese lugar. Con la punta de la bota empujaba sobre la alfombra los trozos de vidrio de una pipa de agua y de botellas de licor.

—Estaban bebiendo —murmuró al percibir además del hedor de la sangre el dulce aroma del vino.

Un resplandor en el suelo llamó su atención y se acercó pisando con cuidado. Esquivó un hueso con un poco de carne pegada, como otros antes, pero no halló restos de humas más grandes que eso. Al inclinarse sobre la alfombra descubrió la fuente del resplandor, era un cinto de pequeñísimas medallas doradas unidas a un retazo de tela traslúcida y vaporosa. Restos del vestido de una odalisca.

Movió un poco los cojines que tapaban el resto. Descubrió con horror el torso desmembrado de una huma de raza posha o hyuza, no podía decirlo, porque del resto del cuerpo de la pobre desgraciada no quedaba nada. No tenía brazos ni piernas, tampoco estaba la cadera, de la que quedaban solo restos de carne roída y un agujero espantoso donde acababa el vientre, por el que se asomaban las entrañas y la columna cortada. Del cuello solo quedaba el inicio de carne abierta, antes de verse la cervical expuesta unida a la mitad del cráneo, del que colgaba todavía uno de los ojos.

Kaleh debió guardarse para después el sentimiento de asco que le revolvió el estómago, pues todo su cuerpo se tensó al notar el extraño movimiento dentro del torso desmembrado. Para su espanto, una cabeza negra y brillante emergió por el cuello destrozado, avanzando lentamente mientras abría las fauces tragando la cervical hueso por hueso, como si estuviera trepando, hasta llegar al cráneo. Entonces la boca se abrió más grande y engulló el cráneo, al que aplastó con sus poderosas fauces sin esfuerzo alguno. El ojo de la huma se cortó y rodó por la alfombra hasta rozar la bota del paralizado muchacho.

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