Insomnio compartido

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—¡Dejá de joderme la vida con tus estupideces, Rocío! ¡Sos una exagerada de porquería, como siempre! —exclamó Matías, al tiempo que daba un sonoro portazo tras de sí.

El hombre atravesó el pasillo con rumbo hacia las escaleras que daban a la primera planta en apenas un instante. Sus puños eran cúmulos de ira a punto de estrellarse contra cualquier cosa que se interpusiera en su camino. Después de la amarga pelea que acababa de tener con su esposa, el hombre solo quería abandonar la vivienda cuanto antes. Cuando por fin llegó al final de la escalinata, la manita de la figura infantil de Alejandro lo detuvo. El pequeño tomó la mano de su padre e hizo que este se detuviera con una suave presión sobre su muñeca.

—¿Qué querés ahora? —respondió él, en tono irritado, viéndolo de reojo.

—¿Puedo ir contigo? —preguntó el niño, con los ojos esperanzados y la voz suplicante.

—Estoy muy ocupado, ¿no te das cuenta de que voy apurado? Andate a jugar con tus hermanos.

El chiquillo hizo un puchero y apretó aún más fuerte la mano de su progenitor. Cuando este dejó escapar un resoplido de fastidio, Alejandro le soltó el brazo para luego asirse a su cintura. Utilizó ambos brazos y lo sostuvo con todas sus fuerzas, como si con eso bastara para retenerlo junto a él.

—¡Pero papi, dijiste que hoy sí me ibas a llevar al parque!

—¿Qué te pasa, nene? ¿Vos estás sordo? ¡Te dije que voy apurado, no tengo tiempo!

Entonces, el señor Escalante sacudió el cuerpo para apartar de sí al menor de sus hijos. Al notar que no lo soltaba, le dio un ligero empujón con un movimiento rápido de la pierna derecha, el cual hizo que el niñito perdiera el equilibrio. Cayó sentado en el suelo y se quedó mirando boquiabierto a su papá. El adulto salió por la puerta principal de la casa a toda prisa, sin mirar atrás ni siquiera por error. Hilos de llanto comenzaron a descender por las redondeadas mejillas del niño al saberse maltratado por algo que no alcanzaba a entender. Se cubrió la cara con las palmas mientras sus lastimeros sollozos inundaban la estancia.

Apenas un instante después, Mauricio apareció para calmar a su hermano. Se arrodilló en frente de él y, tras apartarle las manos del rostro de manera cuidadosa, se dio a la tarea de limpiarle las mejillas con un pañuelo desechable. El rostro inexpresivo del chico al desempeñar aquella tarea no reflejaba la fuerte tormenta de tristeza que se agitaba en su interior. Aunque ya se estaba acostumbrando a consolar a otros, no dejaba de preguntarse por qué nunca había nadie que lo consolase a él. Le dolía el alma, el cuerpo y la mente, pero enfocarse en ayudar a sus hermanos le hacía un poco más llevadera la carga.

—¿Por qué papi se enojó tanto conmigo? ¿Qué hice mal ahora? Yo solo quería ir al parque con él —declaró Alejandro, con voz trémula.

—No pasa nada, Ale, dejalo así. Él se enoja por cualquier pavada, no es tu culpa. Mejor vamos a ver la tele un rato, ¿querés? —El muchachito tomó las manos del más joven de los dos y lo haló para que este se pusiera de pie—. Hay paletas de limón en la heladera. Mientras vos escogés el programa, yo voy a traerlas.

El niñito de ojos vidriosos asintió con la cabeza y tomó una larga bocanada de aire por la boca. Tras darle una palmadita amistosa en el hombro, Mauricio le entregó el pañuelo para que se limpiara la nariz. Luego de ello, lo acompañó hasta la enorme sala de cine en casa de la parte trasera de la casa. Esperó hasta que el niño de menos edad se puso cómodo en una de las amplias butacas reclinables. Una vez que la mirada del chiquillo estaba totalmente concentrada en los dibujos animados, su hermano mayor se encaminó hacia la cocina.

Antes de ingresar a la pieza, escuchó la suave voz de Julia, quien sostenía una animada conversación con Maia. Aunque no solía prestarles atención alguna cuando estaban hablando entre ellas, en esa ocasión las palabras de la señora enseguida consiguieron llamarle la atención.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora