—¿Qué… qué haces?— pregunto, repentinamente azorada.

Él aparta la vista de lo que estaba haciendo y clava sus ojos azules en mí.

—¿A ti que te parece? La batalla ha terminado. Mi equipo no es lo que digamos ligero. Y ya no tengo por qué cargar con él más.— devuelve su atención a las numerosas hebillas.

—Ah, ya…

Noto como él me mira de nuevo, con una mueca de extrañeza en su rostro. Aparto la vista con las mejillas ardiendo. Por supuesto que era eso.

—Leia, ¿Qué creías que estaba haciendo?

Bajo la mirada a mi reloj, buscando una excusa factible para no tener que contestar. Toso.

Ah, Leia, eres una degenerada.

Cállate.

—Se está haciendo tarde. Me gustaría ir a ver cómo está Kalie después de esto. Me corre bastante prisa.

Castiel suelta una carcajada.

—Pillo la indirecta— comenta, apresurándose.

Se saca la coraza ya desabrochada por la cabeza, dejando su cabello rubio totalmente despeinado. Unas ganas repentinas de ordenarlo me recorren.

Las ahogo rápidamente.

¿Ves? Ahí estás otra vez.

Vas a ir al infierno condenada por pensamientos lujuriosos.

He dicho que te calles.

Maldita voz interior.

Me apresuro a imitarlo, y me deshago de la armadura. Es la única protección que he llevado durante la batalla. Y a pesar de él, han conseguido herirme. Observo la herida ya seca con interés. ¿Cómo es posible que, llevando el peto puesto, la chica me haya dañado justo ahí? No tiene sentido. Se suponía que ese cacharro que pesa como si estuviese hecho de plomo servía para resguardarte de golpes así. Lo tomo entre mis manos y lo coloco a la altura de mis ojos. Enseguida hallo la respuesta a mi pregunta. El peto ha sido rajado hasta bien entrado el estómago. O quizá el roto ya estuviera de antes. No sé cómo puede aún mantenerse armado. Como sea, habría dado lo mismo que si no hubiese llevado nada, como la mayoría de los demás Aspirantes. Me pregunto dónde estarán. Probablemente ya hayan regresado al Refugio, y estén en alguna parte de los pisos inferiores.

Espero pacientemente a que Castiel termine de desarmarse y esconda los cuchillos, dagas y espada que llevaba escondidos entre la ropa. Incluso en los zapatos. Cuando termina alza la vista y sonríe.

—Ven. Estoy dispuesto a cumplir mi promesa.

Recorremos cada rincón. Una zona enorme de árboles frutales, con algún que otro capullo a punto de florecer, y un espeso manto de hojas. Árboles de hoja perenne que no logro reconocer. También nos acercamos a telescopio, e incluso me deja mirar a través de él en busca de las estrellas. Estrellas que no se ven, porque aún no es de noche. Esto último me deja en evidencia.

Al final del recorrido nos detenemos a descansar en un césped mullido y suave como el algodón. Me recuesto en él tumbándome bocarriba, y cierro los ojos.

—¿Cómo acabaste aquí?

La voz suave de Castiel interrumpe mis plácidos pensamientos. Abro los ojos. Él está sentado a mi lado, con las piernas cruzadas, como un indio. Me observa de reojo, pensativo.

Me incorporo antes de responder.

—Pues… supongo que como todos los demás. Cuando tu anterior entrenador considera que estás preparado, dan tu nombre. Y entonces entras en el Periodo de Prueba. Tienes mucho que ganar, pero también el gran riesgo que conlleva aceptar. También puedes perder mucho. Puedes perderlo todo.— hago una pausa— El problema en mi caso fue que yo entré porque a nuestra entrenadora le quedaba una vacante vacía. Y no podía dejarla en blanco. Ella misma me dijo que preferiría que esperase al año que viene. Pero ya es demasiado tarde para eso.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!