—¿Cómo te sientes?— las palabras amables de Castiel interrumpen mis pensamientos. Los ojos azules de Castiel me devuelven a la realidad.

—Cansada. Me siento cansada— digo, notando como me pesan los párpados. La fatiga me invade. — Quiero dormir.

Castiel esboza una leve sonrisa.

—Conozco un lugar donde hasta dormir es genial.

—Dormir siempre es genial.

—No arruines el momento. Quiero que lo veas. Te va a gustar.

—Vale— susurro suavemente.

Castiel se adelanta y nos adentramos en la oscuridad que sume todo el Refugio.

Nuestras pisadas resuenan contra el suelo empedrado, como pistoletazos. No se oye ningún otro ruido aparte de nosotros. Un aire sosegado llena todo. Me tropiezo con mis propios pies mientras voy tanteando las paredes en la oscuridad.

El silencio no resulta incómodo entre nosotros. Castiel se mantiene concentrado en guiarnos hacia su misterioso destino, y yo me entretengo observando su figura recortada tirando de mí y tratando de no tropezar más de lo necesario.

La luz vuelve a alumbrarnos después de unos minutos caminando y subiendo escaleras. Y lo hace en una sala muy familiar.

La majestuosa escalera de caracol nacarada continúa tan esplendida como la última vez que la visitamos. Hace dos días, vaya. No ha pasado demasiado tiempo.

Castiel se vuelve hacia mí.

—Se me olvidó decirte que cerrarás los ojos— dice, esbozando una sonrisa distraída.

—Entonces probablemente hubieras tenido que cargar con una adolescente con una pierna rota en brazos.

Él sonríe con sorna.

Observo los frescos pintados en la cúpula, varias decenas de metros por encima de nosotros. La belleza de esta sala es abrumadora.

Castiel comienza a ascender por la escalera y yo le sigo, rozando con los dedos la suave superficie de mármol.

Llegando casi al final él aprieta el paso escaleras arriba, yo tras él, jadeando por el esfuerzo de la subida sumada al peso extra del peto, que no es lo que se diga ligero.

Llego arriba con la respiración entrecortada. La puerta del Observatorio está abierta, con Castiel esperándome dentro. Llego hasta él extasiada ante la grandeza de la sala. Realmente echaba de menos este lugar, y la sensación que trasmite. Libertad, como un pájaro solo en mitad del universo. Naturaleza, a pesar de que gran parte de todo lo que en esta sala hay es artificial, hecho por los humanos esclavos de los ángeles. Todo ello es lo que una sola sala es capaz de contener.

—Quería que hubiese sido una sorpresa— murmura Castiel.

Cierro los ojos y dejo que los últimos rayos de sol del día acaricien mi rostro.

—Habría dado lo mismo. Ya he estado aquí antes.

—Oh— dice. Su voz suena decepcionada.

Abro los ojos.

—Pero solo de paso— me apresuro a decir— Vine una vez con Kalie, pero tuvimos que marcharnos enseguida. Apenas pudimos ver nada.

Eso parece restablecer su ánimo.

—Entonces puedo enseñártelo yo— comenta.

Observo sus dedos hábiles desabrochar las correas de sus manos con movimientos diestros y rápidos, y luego sacárselas. Los guantes caen a un lado del camino de tierra y luego los patea, mandándolos lejos. Después comienza a soltar las ataduras de su peto, con tranquilidad.

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!