CAPITULO 8

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Dio el último paso para descender de la escalera de su avión privado, inhalo el aire frio de invierno en Petersburg, Alaska

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Dio el último paso para descender de la escalera de su avión privado, inhalo el aire frio de invierno en Petersburg, Alaska. Admiro la imagen que se alzaba frente a sus ojos. El farol estaba encendido por la neblina. Y no había más que una capa ligera de nieve en las montañas, sobre los techos de casas y autoservicios. El enorme lago no alcanzaba a congelarse, sin embargo el humo frio que salía, mostraba que no era nada agradable caer dentro. A Brais le traía buenos recuerdos esta ciudad, recuerdos de su infancia que al parecer eran tan buenos que no se olvidaban tan fácil de su mente. Cerró su abrigo, abotonando solo un botón, el viento se había colado causándole un escalofrió mientras caminaba hasta la puerta abierta del auto que le esperaba.

Coloco sobre sus piernas la caja de juego de ajedrez que llevaba envuelto y, el auto arranco en cuanto cerraron la puerta, dentro la calefacción le permitió sentirse más agradable, estaba acostumbrado al frio, sin embargo creía que no era por ello el sentir que se congelaba, sino otras razones. Brais dejo su caos para ver hacia el exterior de la ventanilla y apaciguar su mente. La ciudad era pequeña, pero tenía un encanto que sobrecogía a cualquiera, sobre todo por su silencio, la tranquilidad, que aquí parecía haberse detenido el tiempo.

Todo era perfecto, y la misma vez, era perturbador.

Venir aquí solo para ver el estado en que se encontraba la única persona que le importaba en el mundo, le hacía desear irse sin la más mínima idea de volver, pero siempre lo hacía, él no podía dejarle ahí... solo.

No le tomo demasiado tiempo llegar a su destino, unas cuantas calles y estaba frente a esa enorme casa colonial, hecha por su padre hace algunos años. Descendió con la caja de ajedrez en sus manos, leyó las letras blancas del anuncio de madera anclado en la tierra que sabía de memoria «Asilo de ancianos, Meyer.»

Brais sintió una calidez dentro, no solo eran recuerdos, sino saber que en minutos, se llevaría consigo los únicos momentos que atesoraba.

Sus pasos firmes y sin mesura, retumbaban sobre el lustre piso de madera, el eco era tan grande que golpeaban y desaparecían en las paredes. Para Brais era conocido ese pasillo, ¿Cuántas veces lo había recorrido? ¿Cuántas visitas había hecho alrededor de años? Observo las pinturas de paisajes sobre las paredes mientras avanzaba, luego llego a la puerta que ansiaba traspasar. Toco ligeramente con los nudillos, lo necesario para ser escuchado detrás.

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