El Gran Maese I

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El maestro Fuduli jamás dejó de ser un estudiante incansable. A pesar de dominar varias ciencias y conocimientos arcanos del mundo, de ser considerado uno de los Grandes Maeses de Rakashaa en distintas especialidades que incluían la astronomía y la biología, y de poseer como ningún otro Maese un dominio absoluto del Código, él jamás estaba satisfecho. Su hambre de conocimiento no tenía igual, superando a los más jóvenes estudiantes de la ciudad a pesar de haber cumplido ya los doscientos veintidós ciclos de edad, lo que era asombroso incluso para su especie, ya famosa entre todas las razas de humas por su longevidad.

Y así como curioso también era un viejo terco, cegado por sus propias ideas.

Lo dominaba una pasión juvenil, igual a la de un muchacho que correteaba a la doncella de sus ojos, cada vez que una nueva investigación lo impulsaba a abandonar la seguridad de los muros de Rakashaa. Lo que sucedía bastante a menudo pues el Gran Maese Fuduli no podía quedarse quieto en un solo lugar por mucho tiempo, por lo que no era de extrañar que la Orden de los Sabios hiciera llegar periódicamente al Gremio solicitudes para encontrarlo.

El joven Kaleh se quedó mirando la solicitud colgada en el tablón de anuncios de la sala común del Gremio. De brazos cruzados y con una mano bajo el mentón, miraba extrañado intentando dilucidar por qué un trabajo tan sencillo y con una paga tan generosa no había sido todavía reclamado por nadie, a pesar de haberse publicado hacía un par de días según la fecha impresa en su parte inferior.

Así lo encontró Torre de Piedra, en esa misma posición, cuando llegó poco después. El muchacho seguía concentrado en el anuncio como si quisiera memorizar incluso el diseño de líneas trenzadas que adornaba los bordes de la hoja de papel y la bella estrella de seis largas y delgadas puntas, escudo de la ciudad, impresa en la parte de arriba. Los largos mechones de la abultada cabellera negra que le cruzaba los hombros, caían sobre la frente y se cruzaban alrededor de los ojos, pero esto no parecía molestarlo en absoluto, pues su mirada penetrante seguía clavada en la nota como si se tratara de una presa. A Torre de Piedra tal obsesión, común en ese muchacho en todo lo que hacía, no le pareció nada saludable y lanzó un largo suspiro antes de acercarse. El enorme umca de ojos dorados, piel grisácea y cabello platinado con reflejos azules, se paró al lado del muchacho haciéndole sombra con su desproporcionada estatura.

—¿Tan temprano buscando trabajo? —preguntó Torre inclinando el rostro para mirarlo hacia abajo—. Vengo a desayunar y ya te encuentro pegado a ese endemoniado tablón, ¿es que no tienes algo mejor que hacer, niño?

Kaleh dio una rápida mirada hacia arriba antes de volver los ojos al anuncio. Aunque la estatura del muchacho era la promedio entre la mayoría de las razas de humas, con suerte conseguía llegarle al pecho a Torre.

—Desayunar... —repitió, suspirando impaciente como si solo pensar en algo distinto a lo que hacía en ese momento le fuera una rotunda molestia.

—¡Desayunar! —insistió Torre, estremeciendo la sala con su voz ronca y poderosa. Luego, como si nada hubiera sucedido, se sonrió explicándose—. Sabes que me gusta mucho más comer aquí en el Gremio, el ambiente en los comedores es más animado y los platillos son una delicia, mil años mejor que la carne seca y los mendrugos duros que comemos durante las excursiones. Y para qué hablar de la belleza de las meseras, la música, la camaradería...

—No sabes cocinar —lo interrumpió Kaleh.

Torre hizo un gesto de dolor. El tono cortante y soez de ese muchacho podía agriar el mejor de los ánimos. Por suerte lo conocía bien y sabía que era su manera normal de expresarse, por lo que no se lo tomó en cuenta. Dio una rápida mirada alrededor.

El sol recién había despuntado y su pálida luz entraba por las ventanas largas y delgadas, dibujando sobre los mosaicos del piso las exquisitas formas de las sombras proyectadas por las celosías. Torre dedujo que todavía era la hora de Madik.

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