Mayo, 2016 (IV)

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Cuando abrí los ojos, la imagen que me recibió fue la misma que mi mente me había mostrado durante la pesadilla, pero invertida. El rostro de un Dorian preocupado ocupaba todo mi campo de visión y, aunque no estaba tan cerca ni tan inclinado como para que su pelo me rozara, al menos pude comprobar que sus ojos oscuros estaban rodeados del blanco que les correspondía.

Tenía su mano en mi hombro y decía algo que no llegué a comprender porque estaba demasiado ocupado mirando que sus dientes no fueran ni afilados ni demasiado numerosos.

— ...asustado.

—¿Qué?

—Que me habías asustado. Llevo un rato intentando despertarte.

Miré a mi alrededor. Seguíamos en el sofá y aún no se veía luz a través de las ventanas, por lo que supuse que no habría pasado demasiado tiempo. Yo estaba recostado de mala manera contra el respaldo y el reposabrazos y me había quedado dormido así mientras hablábamos. Dorian se había acercado y, sentado a mi lado, se había inclinado hacia mí para despertarme. En ese momento se estaba incorporando un poco y apartando la mano, pero no se alejó.

—¿He... dormido mucho? —pregunté, confuso.

—No. Unos quince minutos.

Vi que tenía el móvil en la mano y supe la respuesta a mi siguiente pregunta antes de poder formularla.

—¿Y tú?

—No, yo no.

Apreté los labios y esquivé su mirada. Estaba jodido.

—Ay, qué raro —dije un momento después, con una risa nerviosa—. Si normalmente eres tú el que se duerme cuando estamos hablando.

A pesar de que intenté que mi tono de voz fuera casual e incluso divertido, Dorian no hizo ni un leve amago de sonrisa. Estaba demasiado serio. Y demasiado cerca. Y yo solo quería salir corriendo.

—Aaron —dijo—, ¿qué has soñado?

Era un poco hipócrita de mi parte no contarle mi sueño cuando él había hecho lo mismo unas horas antes, pero ¿qué podía hacer?

Negué con la cabeza e intenté sonreír de forma más creíble.

—No me acuerdo —mentí—, pero me siento fatal.

Dorian pareció entenderlo y me dio algo de espacio, aunque siguió sentado a mi lado en vez de dejar un hueco entre ambos. Nuestras rodillas se rozaban y no dejaba de mirarme.

—Parece que te doy mala suerte —murmuró—. Te lo he contagiado.

No pude evitar reírme ante la ironía de que se creyera culpable de algo que era culpa mía al cien por cien. Yo me había buscado aquello. Yo había empezado a colarme en sus sueños y, en algún momento, había dejado de tener elección sobre si hacerlo o no. El vértigo que me daba pensar en ello me hizo cerrar los ojos.

—No digas tonterías —suspiré.

Volvimos a quedarnos en silencio, pero eso no evitó que siguiera sintiendo su mirada clavada en mí y evaluando cada uno de mis movimientos.

—¿Qué es eso? —le oí preguntar. Abrí los ojos justo a tiempo para verle inclinarse y observar cómo su mano se dirigía hasta mi mejilla.

Noté sus dedos recorrer mi pómulo despacio mientras él fruncía el ceño y yo dejaba de respirar para mantenerme lo más inmóvil posible. Aquello no significaba nada y no podía dejar que mi mente se creyera otra cosa. Dorian solo estaba preocupado. Yo solo tenía que concentrarme en que el retumbar de mi corazón en los oídos no me impidiera escuchar lo que me decía.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora