Ahí se encontraba él, frente a la calle donde vio morir a su mascota un 3 de julio. Perplejo por cómo los días habían arrasado tan bruscamente con su deontología. Aquel día lluvioso no quería nada, se sentía pasado a llevar. Se sentía como un personaje secundario cuyo papel era una entelequia, o ni siquiera eso, se sentía un personaje incidental, de esos que nadie recuerda, de esos que nadie supo de su existencia.
Ahí yacía el ente con resabio, sosteniendo el cigarrillo con la derecha y el libelo recién escrito dedicado a su vecino, el cual había fallecido hace ya treinta años. Sus raíces amargas lo habían condenado al olvido. Olvidado igual que esa mascota muerta un 3 de julio atropellada por un vehículo tan volátil que ni se vio pasar con claridad. El era el único que recordaba dicho suceso.
Bajo un filtro blanco y negro se escondía su lar, el cual estaba en constante tambaleo desde que su hijo dio aquel portazo que disolvió cualquier parentesco con el susodicho hombre, que jamás volvió a ser el mismo desde aquel incidente.
Así como ese día se sentía pasado a llevar, fue así por toda su vida, jamás demostraron un ápice de afecto hacia su persona, persona que estaba corroída desde el día en que abrió sus vacíos luceros por primera vez.
Con la mirada transparente, encontró que los colores habían desaparecido de su alma, la tonalidad blanquecina tornó en su persona un pensamiento melancólico. Se sentía aletargado, escuálido, sin razones de aguantar un segundo más.
Con esta última premisa, aquel hombre que al frente de la calle se encontraba, fue a sus anaqueles escondidos bajo una telaraña de recuerdos vacíos e imaginaciones sin color. Sacó la llave para irse de tal inframundo en el que estaba metido desde que nació, aquel cementerio fúnebre que no hacía más que empeorar cada día. Y ahí mismo, bajo la lluvia, justo en el lugar donde aquel 3 de julio vio a su mascota fallecer, le mostró la bandera blanca a la oscura vida que el destino le había dado, finalizado con un destello y un estruendo dignos de un meteorito impactando a algún planeta.
Al otro día, ahí se encontraba él despertando de una presunta pesadilla, no fue sorpresa que al levantarse se viera la expresión de horror puro implantado en su semblante. Vio en el espejo un agujero formidable perforando su cuello, gris y apagado, dejando caer un río de sangre. La sangre, era roja.
