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Otra noche más fregando vómitos del suelo y evitando que ningún borracho le tocara el culo... Seline sintió que había llegado el momento de cambiar de nuevo de rumbo, aunque consciente de que apenas tenía dinero ahorrado tendría que idear alguno de sus planes para poder salir de allí aquella misma noche.

Al principio pensó en robar algo de los borrachos que había aquel día en la taberna pero no le pareció que nadie allí tuviera gran cosa, excepto quizás los dos forasteros que habían aparecido aquella noche, los cuales aunque no parecían ricos, vestían mucho mejor que todos los habitantes de aquella aldea. Se acercó a ellos disimuladamente y les escuchó hablar mientras limpiaba una de las mesas cercanas.

—Vamos, ¿por qué no te buscas una distracción para esta noche? —oyó hablar al que parecía más mayor de los dos—, el resto de hombres no llegarán hasta dentro de un par de días, no me gusta verte siempre tan solo.

—Déjalo estar Godwin, sólo me interesa encontrar la solución al problema que tenemos.

Seline se alejó para dirigirse a la barra dónde acaba de aparecer Martha, la dueña de la posada a la que pertenecía la taberna.

—Martha, tenemos dos forasteros que apenas beben —dijo Seline en voz baja—,¿puedo utilizar tu truco?

—Está bien —contestó la mujer a la par que les echaba un vistazo rápido—, puedes hacerlo. Si hay algo que me gusta menos que los tipos que se emborrachan hasta perder el conocimiento, son los que apenas beben. Así no hago dinero.

Con el consentimiento de la dueña, Seline rellenó dos grandes jarras de cerveza y las llevó a la mesa de los forasteros. Estos la miraron extrañados cuando las dejó sobre la mesa.

—Nosotros no hemos pedido esto —dijo el más joven de los dos a la vez que hacía contacto visual con Seline y la miraba como si se diera cuenta por primera vez que la chica estaba en aquel lugar.

—¿No? ¡Lo siento! —se disculpó la joven—. Ha debido haber un error, pensé que habían pedido más cerveza. Pero no se preocupen, sino la quieren me la llevo.

—Está bien, puedes dejarlas —dijo el otro hombre—, vamos no me mires así Aland, hoy no vamos a ir a ningún lugar.

Seline se alejó, el truco había vuelto funcionar, era algo que solía hacer Martha para aumentar las ventas, pero esta vez ella lo había utilizado porque tenía la intención de que aquellos hombres se emborracharan. Se quedó pensando en el hombre que le parecía más joven, aunque estaba claro que no era ningún jovenzuelo pues parecía rondar los cuarenta, y... aunque estaba reticente a emborracharse, y por lo que les había escuchado no tenía ganas de mujeres.... aún así, ella había decido que sería su objetivo. En parte también, porque tenía la intuición que aquel hombre llevaba bastante dinero en la escarcela que llevaba en su cintura.

—Alfred el carpintero podría ser un buen marido para ti —le decía Martha a Seline mientras terminaban de limpiar la taberna para poder cerrar.

—Deja de intentar buscarme marido Martha.

—Pero Seline, en la carta que me diste de tu madre me pedía que cuidara de ti y estaba preocupada porque a tu edad es mu difícil encontrar a alguien con quien contraer matrimonio. Los hombres quieren mujeres de veinte años y tu ya superas los treinta.

—Querida Martha... la única manera en que yo acepte casarme es que topara con un hombre con el que sintiera que el corazón se me sale del pecho, y lo veo difícil, además... todavía tengo mucho mundo por ver.

—¿No has caminado ya suficiente?

—No, y además, sólo te mostré la carta de mi madre para poder tener un trabajo y un techo, si quisiera monsergas me habría quedado con ella. No me mires así... te agradezco lo que me has dado, pero mi vida es mía.

Dos tontos intentando cazar a un monstruo¡Lee esta historia GRATIS!