Capítulo 3

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Tercera canción de la playlist de la novela: Dance with the devil [Rachel Taylor]

Cuando ya han pasado más de treinta minutos y nuestros padres no aparecen, no me sorprende ver a mi abuela entrando por la puerta de la comisaría para recogernos tanto a mí como a Adam y me sorprende mucho menos que, en vez de regañarnos por lo su...

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Cuando ya han pasado más de treinta minutos y nuestros padres no aparecen, no me sorprende ver a mi abuela entrando por la puerta de la comisaría para recogernos tanto a mí como a Adam y me sorprende mucho menos que, en vez de regañarnos por lo sucedido, nos lleve directos al Gap.

El Gap es un bar-restaurante que se encuentra justo debajo del edificio donde vivimos y que suelen frecuentar ancianos en su mayoría. Está abierto de lunes a domingo de ocho a once y no tiene ninguna temática definida, sino que va cambiando según le apetezca al dueño; un día pueden volver al oeste y otro viajar al futuro, es variado y divertido. Antes, en mi niñez, no me gustaba venir aquí porque todos los viejecitos me trataban como si fuese una niña pequeña e indefensa (que lo era) pero desde que incorporaron a trabajadores más jóvenes y Adam comenzó a pasearse por aquí, cada vez estoy más a gusto y aprecio la originalidad del sitio.

Hoy han decidido decorarlo al estilo El mago de Oz, una de mis películas favoritas después de El diario de Bridget Jones y Orgullo y prejuicio. Algunos camareros van vestidos de Dorothy Gale y otros del mismísimo mago; entre eso y el camino amarillo que te lleva a la barra, es un sueño hecho realidad.

—¡Adam! —grita Duncan enrollando entre sus brazos a mi mejor amigo en cuanto le ve entrar.

—¿Qué tal estás Duncan? Bonito disfraz.

Duncan es uno de los camareros veteranos en el lugar. Siempre que venimos se muestra muy cariñoso con Adam y trata de que acepte una de sus muchas invitaciones a cenar. Cada vez que mi amigo tiene la oportunidad le dice que no está interesado en él de esa manera pero es como si no escuchase. Está empeñado en que son el uno para el otro y a veces le da pena quitarle la ilusión.

—No hoy, chicos—mi abuela coloca una mano en el hombro de Adam y tira de él hacia atrás separándolo del camarero—Estos jovencitos de aquí y yo tenemos mucho de lo que hablar.

—¿Es necesario? —bufa el castaño—mis padres ya van a castigarme por el resto de mi vida.

Mi abuela sonríe superficialmente, demostrando que no le importa ese hecho. Es una mujer que ronda ya los setenta y cinco y que no se anda con tonterías. Vive conmigo y mis padres desde hace casi un año debido a una condición médica delicada donde suelen darle mareos y fiebre pero no es nada grave. Está llena de vida, alegría y bondad, siempre y cuando no tenga que regañarte por algo.

—Deberías estar agradecido de que haya aparecido yo—tira de su oreja como de costumbre.

Ruedo los ojos. Ella nota el gesto y tira de la mía también.

—¡No, por favor!

Nuestras súplicas le entran por un lado y le salen por el otro. Duncan no puede evitar soltar una carcajada ante la absurda situación.

El proyecto maldad ©Where stories live. Discover now