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Un estruendo despertó a JiMin esa mañana. El Alfa rezongó somnoliento mientras hacía el gran esfuerzo de abandonar el mullido colchón de su cama.

Sin arreglar los desordenados mechones de su cabello rubio, caminó despacio al baño. Consiguiendo tener sus dientes limpios junto a un agradable sabor a menta en su boca, JiMin decidió investigar qué había causado tanto ruido. Seguidamente halló a JungKook recoger el desastre que provocó cuando su mochila cayó al suelo, desparramando sus herramientas de trabajo. JungKook amaba dibujar y pintar, empleando todo tipo de métodos aun cuando plasmar pintura sobre un lienzo era lo que más le gustaba.

—Lo siento, no quise hacer ruido.

—No hay problema JungKookie —JiMin talló uno de sus ojos y luego chequeó la hora en el reloj de pared—. De hecho, gracias. Si dormía más se me haría tarde.

—De nada —decía risueño—. Preparé café, dejé tu taza en la mesada.

—¿Desayunaste?

—Desayuné una dona ¿Eso cuenta? —los labios del Omega se cruzaron en una sonrisa inocente. Sin tomarse la molestia de ver la mueca de inconformidad del mayor, colocó la mochila en su hombro y tomó uno de sus lápices, encarando a JiMin—. No te angusties, sabes que si tengo hambre comeré. ¡Por cierto! Hoy quiero dibujar ¿Me das una idea?

—Dibuja a tu hermano mayor —bromeó.

—¡Ugh, no! Te he dibujado mil veces, ya me harté de tu cara. Quiero dibujar rostros nuevos.

—Tú eres el pintor, debes decidir qué te inspira.

—¿La comida podría inspirarme? ¿Una manzana puede ser una musa?

—No lo sé —el Alfa respondió. La respuesta del menor no le sorprendía, puesto a que desde niños sus contestaciones eran singulares.

Mientras que JiMin era un experto bailarín, JungKook era un talentoso pintor y dibujante. JiMin ayudaba a JungKook, pese al martirio que vivía cuando el Omega decidía retratarle y debía permanecer en la misma posición durante un largo período. JungKook, por otro lado, solía darle mucho apoyo a JiMin, siendo él quien aplaudía al presenciar el excelente baile ejecutado por su hermano.

El Omega se mantuvo en la sala de estar, haciendo rayones al azar en su cuaderno de dibujo en busca de que la inspiración apareciera y lloviera a cántaros sobre su imaginación. Mientras tanto, JiMin se dispuso a darse una ducha. De camino al baño, el rubio no se detuvo a pensar en las posibilidades de que su día terminara estropeado, arreglándoselas para mantenerse positivo.

Planeó su día paso por paso. Se ducharía, se vestiría y partiría a la academia. Esperaría a que la hora pautada llegase e iría al sitio en el que se encontraría con el maestro Min. Ambos planificarían una presentación digna, aún si el pianista seguía tratándole con irrelevancia. 

Con un renovado entusiasmo adquirido, JiMin se planteó un propósito. Se esforzaría al máximo y ganaría esta competencia, sin importarle el obstáculo que se presentara.

No tenía opción. Ser nuevo y a su vez ser responsable de algo tan importante como las expectativas de otros era una combinación pésima. JiMin no se daría el lujo de perder.

Limpio y fresco, el Alfa salió del baño con una toalla cubriéndole desde la cintura hasta las rodillas, su cabello húmedo goteando aún. JiMin se dio un vistazo en el espejo, satisfecho con su aspecto físico. Su cuerpo era delgado, pero sus músculos se marcaban perfectamente en los sitios correctos, sin exagerar, acordes con su peso y altura. Sus abdominales eran su parte favorita, resaltando el tatuaje a su costado. Ese que obtuvo cuando era apenas un aprendiz de la danza contemporánea.

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