Las huellas del ayer

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Era una fresca mañana soleada cuando Fiorella y varias de sus compañeras llegaron al pintoresco barrio de Brighton Beach, al sur de Brooklyn. Habían decidido reunirse allí para grabar un videoclip frente al mar como parte de un trabajo grupal. Cada uno de los subgrupos debía elaborar una puesta en escena original que se basara en el concepto artístico de la película musical Across the Universe. En dicha presentación, los estudiantes debían combinar al menos un aspecto de la letra de la canción asignada con sus propias ideas. Además, tenían que mostrar algo que identificara la secuencia correspondiente en el filme.

La profesora encargada del curso evaluaría diversos aspectos de las propuestas estudiantiles, a saber: la actuación, el vestuario, el maquillaje, los movimientos de baile, la interpretación musical, el uso de los lugares y la creatividad en general. Posteriormente, cada uno de aquellos vídeos sería proyectado en una actividad universitaria abierta al público. Dichos vídeos servirían como muestra del trabajo realizado por los estudiantes de la NYU para las personas interesadas en ingresar a las carreras de arte. Con todo eso en mente, los deseos de hacer las cosas bien sin duda se incrementaban.

—Levanta el brazo derecho, Fiore —dijo Tatiana, lista para emprender su labor.

—Dale —contestó la aludida, mientras ponía la mano izquierda sobre la cadera.

Acto seguido, la joven Morales comenzó a envolver la extremidad superior de su amiga con una larga hilera de gruesos eslabones hechos de muselina negra. Dicha tela transmitiría la idea de que una enorme cadena aprisionaba el cuerpo de la muchacha. Unos minutos después, Tatiana terminó de colocar el suave tejido hasta cubrir el torso completo y la parte alta de los muslos de su compañera. Solo le restaba envolverle el brazo izquierdo para darle inicio a la grabación.

—Eso es. Ahora extiende bien el otro brazo, por favor.

Después de que aquel proceso por fin se completó, Audrey y Celine, dos de las ocho estudiantes allí presentes, se aproximaron para sujetar los extremos de la cadena. Aún quedaban varios metros extra de tela suelta colgando a cada lado de Fiorella, lo cual permitiría que las dos chicas tomaran las puntas y se apartaran bastante de la muchacha argentina sin problemas. Cuando el lente de la cámara se enfocara en la mujer envuelta, nadie más que ella debía estar a la vista. Las otras jóvenes se posicionarían de tal forma que la tela restante quedara extendida en el aire como si estuviera sujeta por brazos etéreos.

—¡Perfecto! Ya está todo listo para el vídeo —declaró Tatiana, de pie al lado del trípode a cargo de Mauricio, quien les serviría como camarógrafo —Cuando yo les dé la señal, empezaremos a grabar. ¡No se distraigan!

Mientras su amiga le explicaba algunos detalles al muchacho, la joven Portela se estaba obligando a suprimir los suspiros de embeleso que pugnaban por escapársele del pecho. Desde el momento en que había abierto los ojos esa mañana, su sonrisa no hacía otra cosa que ensancharse cada vez más. En cuanto sus pupilas se encontraban de lleno con las del chico, los hermosos recuerdos que habían construido juntos salían a la superficie.

Entre los momentos más memorables para la chica se encontraba el del día de su confesión acerca del incidente con Elías. La comprensiva manera en que Mauricio había reaccionado ante ello le demostró con creces cuanto le importaba lo que ella sentía. Arriesgarse a depositar su confianza en él había sido una excelente decisión. Después de platicar durante horas esa misma noche, se habían quedado dormidos en el sofá de la sala. De no haber sido por los fuertes maullidos del travieso Salem, probablemente ninguno de los dos hubiera despertado hasta la mañana siguiente.

—¡Fiore, quita ya esa cara de mensa! ¡El Mau te tiene bien pinche pendeja hoy! —exclamó la chica mexicana, a voz en cuello.

Para buena suerte de la susodicha, el resto de las compañeras del curso no hablaba español, ni mucho menos conocía los modismos mexicanos, así que las palabras recién dichas no tenían sentido para ellas. Aun así, el arrebol de sus mejillas llegó sin ser invitado. Todavía le avergonzaba que la pillaran mirando al muchacho como lo haría una fanática con su ídolo pop.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora