Capítulo 10: Susurros (parte IV)

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—Cuando Mytri no veía, no podía hacer magia... Pero eso no quiere decir que haya perdido el poder —hablaba Oriana pensando cada palabra que decía.

—¡Exacto! —exclamaba Ar elevando sus brazos en señal de alegría. Al ver la cara de perdidos que tenía resto, se volvía a poner seria y continuaba—. Con esto —señalando los dibujos de su antebrazo—. Soy invisible a los ojos de Mytri, imperceptible. Ganamos una gran parte del terreno de esta manera... Nada evita que nos prenda fuego o nos arroje una pared encima; pero no podrá controlar nuestro cuerpo.

—O nuestras armas —decía Germanus y al recibir un condescendiente asentimiento por parte de la anciana se enorgullecía—. ¿Y cuál es el segundo?

—El frenetismo de Mytri —la voz de la anciana le hacía recordar a este una escena vivida—. Esta incontrolable sed de expansión, superación y captación; esa lucha constante por demostrar su poderío... —dejando de divagar en el aire—. Deben entender que nuestra mente no fue creada para la magia, diría que ninguna mente de ningún ser esta creada para entender semejante encrucijada... El segundo principió que descubrieron los Edenur, es que si la magia trata emociones; entonces estas se pueden ver alteradas.

—¿Por eso es que Rigal me enseñó a meditar? —como si se preguntase a sí mismo.

—Sigo sin entender... —una ola de chillido hizo tragarse las palabras a Bori.

—Creo que entiendo lo que dice —hablaba Germanus tocándose la cabeza, intentando explicar las imágenes que tenía en su mente—. Cuando Rigal peleo con Gena, aquella vez de la que casi no salgo vivo... No parecía él. En un principio sí; pero luego... se fue tiñendo de más violencia. No le alcanzó con detenerlo, quería verlo sufrir... Tuve que hacer unos cuantos intentos para que me escuchara y largarnos; había perdido el control.

 Tuve que hacer unos cuantos intentos para que me escuchara y largarnos; había perdido el control

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—¡Es que Mytri quiere más! —volvía a hablar la anciana—. Por eso —ahora dirigiéndose exclusivamente al joven—. Tenés que aprender a controlar todas tus emociones; para que la ansiedad del maldito árbol, no te carcoma.

Fhender se tomó un tiempo para pensar y el silencio por unos instantes volvió a ocupar la habitación. El frio con el empujón del viento, se colaba por algunos pequeños espacios que las maderas no llegaban a cubrir. La luna recién comenzaba a tomar fuerza empezando a esconder el sol, cuando el joven se inclinó hacia adelante y dijo:

—Creo que podré con ello.

—Es importante tu seguridad; creo que con esa frase me estas respondiendo la pregunta que te hice al inicio de esta conversación —decía con una amplia sonrisa. Luego miraba por la ventana de la habitación, notando el paso del tiempo y el dolor creciente en su cuerpo. Volviendo a verlo a los ojos espetó—. Aun así me gustaría que no te lo tomes a la ligera... Ni Rigal ni Taniel fueron capaces de controlar esa sed, ese vacío. Verás que de allí se desprende otra limitación o mejor dicho, debilidad de los Mythiers... Mientras más uses su regalo, más se apoderará de tu mente; obligándote a actuar irracionalmente, sin pensar, sin estrategia. Sed de poder —mientras hablaba la cara de Fhender se iba arrugando de miedo—. Tendrás que estar muy entrenado y controlar muy bien tus emociones, para poder notarlo y recuperar tu plena consciencia.

—Al final... Estos malditos tienen más debilidades que nosotros —bromeaba Germanus golpeando el hombro del joven.

—No te confundás —decía seria la anciana—. Quizá el mejor momento para matar a un Mythier sea cuando este estado de frenesí se apodere de ellos; ya que no pensarán con claridad. Pero a la vez, es el momento de mayor peligrosidad, porque al liberarse de sus pensamientos y ataduras, su poder será implacable... —cortaba sus palabras al ver la cara de susto que tenía Fhender—. Lo siento. Quizá ahora entiendas, porque algunos lo llaman la maldición de Mytri.

Las palabras parecían ocultarse y el tiempo transcurrido se convertía en una carga. Quizá ahora podían entender porque Rigal los había mandado en busca de ella, quizá ahora, comenzaban a obtener respuestas.
Ar paseó su mirada por los rostros de cada uno y luego empezó a inclinarse, intentando levantarse. Rápidamente Germanus ofreció su ayuda y la anciana condecoró ese gesto con una amable sonrisa.

—Ya es hora de que mi cuerpo descanse —haciendo muecas cordiales—. Será difícil que los Vahianer te acepten —dirigiéndose al joven—. Pero seguro lo lograrás... Creo que no tienen tiempo que perder —acercándose a la puerta—. Si al despertar siguen aquí... este tiempo no habrá servido de nada —sonreía con dulzura, por lo que sus palabras no sonaban tajantes; aunque estaba claro el modo imperativo de su mensaje.

Luego del molesto y pausado sonido de la puerta cerrándose, Germanus volteó intentando encontrar en los rostros de sus compañeros algún tipo de certeza.
Las miradas se entrecruzaban, como si se potenciasen. Bori parecía hacer matemáticas en el aire, mientras que Fhender comenzaba a dar pasos muertos, intentando aliviar su ansiedad.
No se trató de palabras y bastó para entenderse. Oriana solo irguió su cabeza, atrayendo casualmente la atención de los presentes, dirigió sus ojos a los de Germanus y asintió.  

                                                                                                                                                        NicoAGarcía

                                                                                                                                                        NicoAGarcía

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