Capítulo 9: Xiafang

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Los cálidos rayos de sol dilataban las cansadas y doloridas fibras musculares de Felfalas y Elianne. Sus estómagos rugientes protestaban, las reservas de frutos secos del elfo habían acabado hace dos días y las fuerzas para continuar caminando comenzaban a escasear. A pesar de la debilidad física que sentían, la belleza de los parajes que se iban presentando ante ellos les mantenían con la fe necesaria para continuar su camino.

—No parece real, creo que he muerto de hambre y no me he dado cuenta— dijo la joven mientras se llevaba las manos al vientre.

Felfalas no se molestó en dirigir una nueva mirada a su compañera de viaje, sus quejas eran continuas y ya resultaban molestas.

—Solo unas millas más y habremos llegado.

—Llevas diciendo eso todo el camino. Elfo, me muero de hambre.

Fefalas se disponía a abrir la boca cuando comprendió que era inútil, continuaría quejándose hasta que encontraran un lugar donde reponer fuerzas. El elfo apenas sentía sus pies, el dolor era insoportable, pero no emitía queja alguna, mientras tanto la muchacha no podía mantener la boca cerrada.

Las altas montañas escarpadas de la región ya estaban rodeándolos, la fresca brisa del mar de Quin les dio el último hálito que necesitaron para comenzar el ascenso hacia su destino. El terreno era frondoso, verde oscuro y húmedo. No tardaron en encontrar un pequeño río donde refrescarse y eliminar el polvo del camino. Aquella tierra parecía estar bajo un encantamiento, cada garza parecía dedicar sus movimientos a los caminantes, los peces de colores que nadaban en los estanques salían a la superficie pareciendo saludarles, e incluso el movimiento de las ramas de los cerezos que desprendían sus pétalos les ofrecieron un espectáculo increíble. El entorno conformaba un perfecto tapiz de placer visual y auditivo.

—¿A dónde nos dirigimos exactamente Felfalas?— dijo Elianne mientras tomaba de un árbol unos frutos rojos.

El elfo contempló el paisaje meditabundo, sabía que el guardián debía de encontrarse en aquellas tierras, pero desconocía por completo el paradero del templo principal hacia donde debían de dirigirse. Cerró los ojos y se dejó llevar por el arrullo de los ríos colindantes, escuchaba cada uno de ellos a la perfección gracias a sus sentidos agudizados. El olor a frutos silvestres y a tierra mojada le devolvían la confianza que necesitaba para buscar aquel templo, coronaría cada cima de aquellas montañas si fuera necesario.

—Buscamos un templo, casi enterrado en las montañas.

Elianne continuó tomando aquellos dulces frutos silvestres y le tendió algunos al Elfo que los miraba furtivamente.

—Alupag, solo crece aquí en Zharan-Ilah— dijo el elfo mientras se llevaba los frutos a la boca.

Elianne le sonrió y juntos continuaron su camino entre aquellas gigantes y verdes elevaciones de terreno rocoso. Los árboles lucían inclinados sobre aquellas montañas, casi parecían caer, otorgándole al paraje una belleza inusitada, como paralizada en el tiempo para siempre. El ascenso fue duro, pero pausaron para descansar cuando lo necesitaron, disfrutaban del paisaje y del entorno, las quejas de Elianne habían cesado,  la paz se respiraba solo con contemplar las numerosas cascadas que decoraban cada montaña como cristalinas cortinas.

La luz del día se estaba tornando oscuridad cuando llegó al oído del elfo un sonido armónico, de seguro proveniente de las manos de un músico.  Felfalas continuó caminando hacia la fuente de tan delicada melodía, Elianne le siguió confundida hasta que ella misma escuchó aquel instrumento de cuerda por sí misma cuando avanzaron más su posición. Unas pequeñas y blancas manos arrancaban los agradables sonidos de un gran instrumento de madera que reposaba sobre la verde hierba. La muchacha que sentada junto a su instrumento se dedicaba a tan refinado arte se sobresaltó una vez los dos caminantes llegaron a su posición. La melodía cesó, y la magia pareció disiparse con la tensión reflejada en los ojos de la músico.

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