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Las piernas me tiemblan tanto que creo que en cualquier momento caeré al suelo

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Las piernas me tiemblan tanto que creo que en cualquier momento caeré al suelo. Me agacho en mi lugar sintiéndome débil y frágil, insegura de poder mantenerme en esta posición por mucho tiempo, y me abrazo a mí misma con fuerza, con la esperanza de poder, así, conservar unido mi corazón agrietado que con su palpitar violento sólo me avisaba su inminente fragmentación.

¿Todo acabó? ¿Yo hice que todo terminara?

Parecía algo inverosímil. Entiendo si mi actitud le molestó, pero no podía transigir que eso fuera suficiente para destruir la bonita relación que estábamos construyendo. Quiero pensar que yo malinterpreté sus palabras, que él regresará en algún momento a aclarar las cosas y junto con ello esta desagradable experiencia se convertirá en un mal recuerdo, pero mi mente se volvió pesimista, y me grita que no me engañe, después de todo, él no tiene razones para soportar mis incomprensibles cambios de humor, y tal vez el siempre estarme salvando el pellejo y el empeño que yo estaba poniendo en saber un poco más sobre él, lo terminó hartando. Probablemente le di más motivos para resignarse a estar conmigo que para quedarse a mi lado, y por eso es que ahora las consecuencias de mis actos me tienen lamentándolo.

Pero yo no quiero que acabe así. Yo no quiero dejarte ir.

―¿Estás bien? ―preguntó una voz femenina detrás de mí, estremeciéndome.

Me puse de pie rápidamente, y con las mangas de mi sudadera limpié mis lágrimas. Sorbí fuertemente por la nariz antes de encarar a la persona que me había hablado. Mis ojos se toparon con una mujer de unos cincuenta años, de cabello negro y ojos castaños, envuelta en una bata de satén de color burdeos. Ella me regaló una mirada preocupada, y entonces supe que, además de que no me había reconocido, mis desesperados intentos por mejorar mi deplorable aspecto y lucir recompuesta fracasaron estrepitosamente.

―Sí, no es nada ―miento, con la pena delatándome a través de mi voz trémula. Ella se ajustó su bata, manteniendo una expresión de incredulidad―. Señora Nelson, tal vez no se acuerda de mí. Soy Azucena Elavier, y he venido a hablar con usted de algo importante.

―¿Azucena? ―Me escrutó con detenimiento, acción con la cual hizo resaltar unas cuantas arrugas en las comisuras de sus ojos y sus ojeras―. ¡Claro que me acuerdo de ti! ―exclamó tras unos segundos, sonriendo ampliamente―. Adelante, eres más que bienvenida.

Yo le sonreí tímidamente antes de seguirla por el sendero de pastelones que llevaban hasta el porche de su casa. Ella abrió la puerta principal, y extendió su brazo hacia el interior, incitándome a ingresar primero. Me abrí paso por el pasillo de entrada, el cual estaba repleto de fotos de Alan cuando era pequeño, hasta llegar a la sala de estar. Una vez allí, me quedé de pie, mirando mi alrededor. La sala principal, cuyas paredes destacaban por su blanco pulcro y cuyo piso estaba cubierto totalmente por una alfombra color beige, aún tenía sus tres sillones estilo francés color crema, y un sofá para tres personas rodeando una mesita de hierro y cristal. En el muro que separa el comedor de la cocina se encontraba adosada la televisión, y en la pared colindante estaba la estantería en la que se resguardaban libros, algunos cuantos adornos y fotografías familiares. Un ventanal cubierto por visillos y largas cortinas con ojetes, color rojo, le daba vida al lugar dejando entrar la luz matutina a través de él, junto con las flores artificiales que se encontraban en la mesita de centro. La verdad era que, por dentro, la casa no había cambiado mucho desde la última vez que vine, pero había un gran detalle sobresaliendo en uno de los muros que estoy segura no estaba ahí la primera vez que entré a esta casa ―de haberlo estado no habría habido forma de no percatarme de su existencia―. Se trataba de un retrato de al menos un metro de largo en el que se veía a un irreconocible Alan, vigoroso y saludable, ataviado con un birrete y toga de graduado, sosteniendo con orgullo un diploma.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora