Prólogo

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«Excepto otro de su especie»


Jadeo.

La vegetación muerde mi camino y me rodea como una interminable cortina verde filtrando la luz. Las ramas me arañan la cabeza y se hunden en la densidad de mi pelaje, trabándose entre las orejas y destruyéndose bajo estas patas irreconocibles. Me siento tan poderoso que creo que en estos momentos sería capaz de derribar una montaña.

Delicados rayos de sol de distintos tamaños perforan las copas de los árboles para terminar clavándose en el suelo. 

Fijo mis ojos dorados en el horizonte, donde la niebla es densa y húmeda. No veo más de tres metros delante de mí, pero sé que no voy a chocar, sé que ninguna piedra resbalará por mi culpa si yo no quiero que lo haga. Casi me asusta la confianza que tengo en mí mismo en estos instantes. Mido dos metros de largo pero puedo controlar perfectamente hasta los más ínfimos centímetros que puntean mi cola peluda.

Tampoco veo al ciervo, pero sé que está ahí, con su orgullosa cornamenta y los ojos atentos como dos escarabajos negros. No habrá tardado demasiado en olisquear nuestras intenciones y apresurarse en salvar los obstáculos del camino que lo separa de sus congéneres. Su pequeño cerebro aún no puede entender que no puede escapar de Misha y de mí.

A veces pienso en olvidar mi forma humana para siempre; esa pequeña cárcel que debilita y ahoga mis capacidades para reducirme a un ser torpe y artificial de dos patas. Pero quizá ese sea el acierto, ser un animal grande con la mente grande de un humano.

Ah... Hace fresco.

Mi aliento se transforma en una nube blanca al salir del hocico y se arremolina hasta perderse en la niebla. La impaciencia me obliga a elevar la velocidad y a golpear la alfombra de hojas que tapiza el suelo. Ante mí, los árboles se levantan solemnes. Altos. Desnudos. Los olores y sonidos son tan impactantes y claros que mi cerebro se ve bombardeado con los centenares de rastros que percibo a cada paso que doy. El trote rompe la armonía de los diminutos roedores, las lagartijas y los armiños que rondan sus escondrijos y esparcen la oleada de movimientos allí donde alcanzo a escuchar. Me distraen. Pero no me alertan.

No hay nada que pueda alertar al mayor depredador de la tierra. Somos como las orcas: los reyes de nuestro propio relieve.

Ante mis ojos, la penumbra turquesa del bosque contrastó la estilizada silueta que corría entre los árboles. Era una loba ejemplar, no demasiado grande pero esbelta, envuelta en un pelaje blanco que evocaba vientos y paisajes invernales. No había ninguna mancha en su precioso cuerpo albino salvo por el polvo que oscurecía las patas. Llevaba las orejas y la cabeza altas, balanceando su cola con gracia mientras trotaba en un alarde permanente de elegancia. Dibujó una sonrisa inocente en el hocico, pero fueron sus ojos azules los que reflejaron el pequeño atisbo de desafío.

Elevó su paso para alcanzar el galope, lo que me obligó a igualarla para no perderla de vista.

—¡Vamos, Silver, que estás dormido! Luego no digas que tienes la pata herida para quitarme la gloria de ganar. La excusa de los vagos —comentó maliciosa, con su acento exótico suavizando las erres y las uves.

Resoplé mirando mi pata delantera: una venda se enrollaba para tapar dos de mis garras y escalar hasta la muñeca, estropeando mi apariencia salvaje. En realidad el único objetivo de la venda era tapar el anillo del torneo, pero no podía contárselo a la dulce loba porque Mask nos aconsejó no fiarnos de nadie para evitar que se esparcieran rumores, por nuestra propia seguridad. Pero a veces tenía la inquietante sensación de que Misha ya lo sabía.

La loba aceleró aún más el paso para desafiar a mi orgullo, así que lo único que podía hacer mi frágil ego de adolescente era apresurarse a igualar su velocidad e intentar superarla. Había aprendido ya a alinear mi cuerpo con mis reflejos perfectamente, así que no me fue difícil esquivar los obstáculos que el bosque me interponía y atravesamos varios kilómetros en tan solo cinco minutos. Mis ojos lobunos eran bastante más lentos y coloridos que mis ojos humanos, y eso los hacía mucho más manejables.

Llegué a perder de vista a la loba, pero cuando se disipó la niebla ligeramente apareció en su lugar el ciervo al que estábamos dando caza. La naturaleza era una tía muy burlona y le había dado un color parecido al bosque para que fuera difícil de diferenciar, pero su movimiento y su rastro eran ineludibles para mi olfato y ya no pudo zafarse de mi persecución.

Me permití sonreír con la lengua rosada entre los colmillos y atajé en los zigzagueos del herbívoro, aprovechando para acercarme a él. Ya estaba detrás, a menos de un metro de las pezuñas traseras que levantaban las hojas del suelo en su galope. La adrenalina subió en un momento. Entreabrí las fauces con el corazón desbocado de excitación, preparado para saltar sobre él.

Pero el animal fue tumbado por un rayo blanco que entró desde el lateral.

Tuve que frenar de golpe cuando ambos se precipitaron rodando hacia la pendiente. Derrapé en el borde, algo molesto por la intervención de Misha, y esperé ansioso el nuevo levantamiento del ciervo. Los herbívoros corredores solían sobreponerse a la confusión y recuperarse fácilmente de las batidas... y su segundo intento de huida sería mi oportunidad.

Esa oportunidad no llegó. Misha lo había tumbado de un solo golpe y había hundido los colmillos en su yugular, aunque el enorme ciervo todavía se revolvía con debilidad.

—Uy. ¿Es envidia eso que huelo? —rio ella, separándose de su presa.

—No puedes oler la envidia.

—La olería hasta en mi inútil forma humana. Apestas a inseguridad desde aquí —contestó con una sonrisa tierna—. Aún eres demasiado lento para mí, pero es cuestión de práctica y de aprender a emplear tu energía de la forma más eficaz, sin perderla en movimientos residuales. Al menos parece que no es culpa de tus ligamentos.

Clavó los ojos azules en mi pata vendada.

—Ah... Sí, bueno... —Me puse nervioso—. Ya sabes, esto es como cuando estás corriendo delante de la policía por pintar grafitis y eres capaz de saltarte verjas de tres metros —Me eché a reír y me sentí idiota—. Pero supongo que en unos cuantos días podré quitarme la venda.

«No. Será después del torneo... Si sobrevivo».

—¡Estupendo! —Misha sonrió amablemente. Su actitud de chica corriente preocupada por su novio me hizo relajarme—. Así dejarás de parecer un animal ortopédico y yo no tendré que buscarme otro compañero de caza por Tinder. Entiéndeme. Una persona de mi estirpe tiene una reputación que mantener.

Resoplé ante su broma y acabé mirando al ciervo que todavía se revolvía agonizante, pero no dije nada.

—¿Tienes hambre? —preguntó después, mientras un brillo malicioso volvía a su semblante. Bajó el hocico hasta la cabeza del ciervo todavía vivo y la situó entre sus fauces, tapando un ojo con cada mandíbula. Un escalofrío me recorrió al oír los huesos del cráneo crujir repulsivamente mientras la sangre tintaba la cara de la loba nívea. Aquello pareció agradarla.

Eché las orejas hacia atrás mientras la dulce Misha me miraba.

No hay nada que pueda alertar al mayor depredador de la tierra.

Excepto otro de su especie.

Ojos doradosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora