Capítulo Dos: El Nacimiento del Boulevard

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Si en algún momento han tenido la suerte de ver a Artemis en persona, pensarán lo mismo que pienso yo justo ahora; "esa chica es preciosa". Sin embargo, hace diez años —aproximadamente—, recuerdo que pensé; "¿Qué le pasa a sus ojos?". Y, desde entonces, nunca pude dejar de mirarlos.

No conocía a muchos niños en la escuela pues acababa de mudarse, sus padres siempre estuvieron preocupados de cuánto le costaría integrarse en un nuevo ambiente, puesto que, como descubrí más adelante, nunca fue una niña de carácter fácil. Lo cual resultó en miles y miles de conflictos a lo largo de su vida académica. Aun así, esa pequeña chica era dulce cuando quería. No puedo recordar exactamente qué me llevó a sentarme a su lado un día cualquiera en la escuela, supongo que siempre tuve ese pequeño complejo de héroe así las damiselas que rescatara no se encontraran en apuros, pero si algo me hizo quedarme sentado a su lado ese día, y el resto de los días, fue que Artemis era lista y divertida sin pretender serlo.

— ¿Por qué tus ojos son así? — Pregunté con algo de vergüenza, no sabía si se trataba de alguna enfermedad y estaba siendo insensible con el tema. Me fue imposible retener más tiempo mi curiosidad una vez que noté cómo las otras niñas solían molestarla por ello.

Ella se calló rápidamente y luego bajó su mirada deseando poder eliminar lo que había provocado mi pregunta, parecía estar debatiendo internamente si valía la pena explicarme. Suspiró enfocando nuevamente sus ojos en mí y sonrió encontrándome inofensivo y respondió:

— No es nada malo. — Aclaró. — Es solo que algunas personas no toleran lo que no conocen y  actúan como idiotas.

Me lo dijo con su mirada fija en la mía tratando de demostrarme que no le importaban los comentarios, sin embargo, en aquella pequeña parte de su mirada que se fragmentaba dejó escapar un signo de tristeza. Sin saber por qué, lo sentí directo en mi corazón.

—A mí me parece que tus ojos son preciosos. — Recuerdo haberle dicho, aunque no recuerdo quién de los dos se sonrojó primero, muchos menos de qué parte de mi cuerpo salió ese pequeño momento de valor.

Más allá de hacerla sentir mejor, quería que supiera lo que pensaba de ella. Alguien tan bonita no debería sentirse rechazada por algo como aquello que, desde mi parecer, solo la volvía más guapa.

Nos quedamos en silencio unos pocos minutos y nos escondimos en conversaciones triviales que disiparan el momento. Cuando sonó el timbre y nos levantamos para regresar a clases, tomó mi brazo y me dijo:

— Se llama Heterochromía. — Contestó con las mejillas sonrojadas, no estaba acostumbrada a hablarlo. — Es más común de lo que muchos creen y puede ser de varias formas. La mía es sectorial; por eso mis dos ojos son cafés y la mitad de mi ojo izquierdo es azul.

Eso lo entendía, lo que no comprendía era aquella extraña fragmentación de su iris que parecía formar una pequeña burbuja al lado del mismo, era imposible de ignorar encontrándose en la parte más clara de su ojo. Cómo un lienzo en donde se dejó correr la pintura.

Ella pareció notarlo y sonrió.

— No es ninguna clase de lesión, es solo... — se detuvo, parecía tratar de recordar qué era exactamente lo que le habían contado sus padres sobre el tema. — Un Coloboma; una hendidura en mi iris. Nací con ella. Es lo único poco común de mis ojos. 

Se veía realmente incómoda, no por haberlo contado, sino por qué opinaría de ellos. Pero, cómo ya le había dicho, me parecía más guapa que muchas otras chicas, todo por esos raros y llamativos ojos.

— Eso es grandioso. — Reí, ella me miró como si me hubieran salido dos cabezas. — Ojalá los míos fueran tan bonitos como los tuyos.

Y lo dije en serio, mis ojos no eran tan oscuros cómo los de ella, pero definitivamente eran más simples y aburridos. Mi comentario la tomó por sorpresa y sus ojos se llenaron de lágrimas de algún sentimiento desconocido para mí a los trece años,— que más tarde conocí como la extraña mezcla entre el agradecimiento y el dolor—, sin embargo, ella también rió conmigo. Un mechón de su cabello se escapó de su extraño trenzado y tapó su ojo izquierdo, mi mano automáticamente se estiró para retirarlo.

Boulevard de los Corazones RotosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora