Capítulo 11

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¡Código verde, repito, código verde!

Piotet, Alemania.
Hace algunos años...

Heine Larrof✖

Ellos no lo entienden.

Aborrecen mis debilidades.

Y yo las abrazo con fuerza.

Lo aferró más a mí.

Cuando la sombra aceche su linda sonrisa.

Yo estaré ahí.

Bajo la luz de la luna tomaré su lindo rostro entre mis manos, lo besaré pensando en que nuestros días en el viejo pueblo pronto cesarán.

Cambiáremos.

Tomaré mi bate y pelearé.

—Todo es por él.

Asentí con una sonrisa, mi nariz se deleitaba más y más al acercar su camisa. Mi perfume era parte de él, mis labios conocían mejor que nadie la piel de ese chico.

Él era mío.

—Necesito estar más cerca de él — lo miré emocionada.

Mi amigo siempre estaba contradiciéndome, temía por mí, y eso me enfurecía porque ya no era una niña.

—También es un cretino —  ignoré su comentario, como siempre lo hacía.

—Y alguien está muerto de celos — lo observé divertida, con una chispa desafiante, llena de reto—. Pero, no te diré quien eres.

Caminó hacia la cama, aproximándose a mí, sus dedos acariciaron la delicada y fina sábana que adornaba mi cama. Lo vi tan distinto, aquella nueva figura últimamente llamaba mi atención, aceleraba mis pulsos y hacía que mis labios temblaran al tenerlo tan cerca. Sus ojos tan hermosos como el cielo eran una peligrosa tentación.

La tentación me miraba, sonreía como si fuera lo más bonito para hundirme en su nombre.

—Heine, eres tan cruel — sonaba como siempre, cansado y aburrido, pero no se daba por vencido.

Y eso me molestaba.

Sólo estropearía mis planes.

—Mereces algo mejor— descansé mi cabeza en su hombro. Miré sus ridículos calcetines y reí con él.

—No quiero hacerle daño — entendí rápidamente a quién se refería.

Ninguno se apartó, sus manos temblorosas tomaron las mías.

— ¿Qué hay de mí? ¿Le importé en algún momento?

—No sabe de ti — justificó en sus palabras, sonaron temerosas e inquietantes.

—La verdad arderá con placer cuando sepan quien soy realmente — suspiré —. Y a todos nos consumirá.

Una lágrima se deslizó en su mejilla, se rehusaba a tomar mis palabras e irse. Éste chico disfrutaba danzar con el dolor, creía que podía cambiar las cartas del juego, y darme el mejor de los finales.

— Quiero besarte.

Sus cambios drásticos me fascinaron.

— Entonces — lo acerqué más a mí, empezaba a sentir su respiración golpeando mi rostro. Acaricié su barbilla y lo vi a los ojos—. Será un placer, mi dulce castaño.

Me tomó de la cintura en un pequeño movimiento, comenzando a besarme como un hombre desesperado, sus labios se movían con una ferocidad que me encantó. Admes lograba hacerme suspirar en tan poco tiempo.

Estación Holbein ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora