42

119 8 2

―Sólo quería guardar la cajita de primeros auxilios ―me apresuré a decir

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

―Sólo quería guardar la cajita de primeros auxilios ―me apresuré a decir.

―Tranquila, no te estoy acusando de nada ―cercioró.

Pero no podía creerle. En su rostro aún perduraba ese gesto desaprobatorio.

―Pues tu cara dice otra cosa. Te dije la verdad, Theo ―miento.

―Y te creo, es sólo que... ―se atusó el pelo con exaspero―. No lo sé, pensé que no me habías creído lo de la cédula, que quizá te quedaban dudas...

Ahora era mi turno de dejar caer sobre él una mirada acusadora.

―¿Por qué tan preocupado? ―arqueé las cejas con suspicacia―. Ya me quedó claro que tu nombre es Matheo y no Adriel, tú mismo lo confirmaste y no tendría que haberme quedado ninguna duda después de eso, ¿o sí? ―expulsé en tono viperino.

La verdad es que mi intención no era dirigirme de esa forma hacia él, pero ni yo misma podía entender por qué no podía deshacerme de la irritación que se apoderó de mí en el momento en que me observó como lo haría el testigo de un delito. O, tal vez sí lo entendía. Después de todo, si alguien había obrado mal no había sido precisamente yo, es decir, el que sacó provecho de una cédula adulterada fue él y quien aún la conservaba era él, por eso es que no podía transar que sus ojos me miraran con desconfianza, ni podía tolerar esa actitud recelosa que adoptó.

¿No estás siendo muy paranoica?

―No, por supuesto que no. No tendría por qué mentirte, así como tampoco tengo ningún inconveniente en mostrarte mi verdadera cédula de identidad, si deseas verla... ―agregó con cautela.

Que podría ser igual de falsa que la otra...

―Ya te dije que no dudaba de lo que me dijiste ―farfullé entre dientes, tratando de ignorar mis pensamientos―, no es necesario que hagas nada.

De pronto, él sonrió como si estuviera tratando con una niña cuya testarudez resulta cómica.

―Hey, vamos, no quiero verte enojada por algo que no lo vale ―dijo con un tono que intentaba ser tranquilizador―. Y menos ahora.

Estira sus brazos hacia mí, ofreciéndome sus manos. Yo, algo renuente, después de combatir un buen rato contra mi orgullo, accedo a depositar las mías sobre las suyas.

Él comenzó a caminar de espaldas, llevándome consigo, hasta la sala de estar. Una vez allí, me pidió que cerrara los ojos. Cuando lo hice, él soltó mis manos para depositar las suyas sobre mis hombros y con un empuje suave, me condujo por los espacios de la casa, y no fue hasta que sentí el aire frío impactar directamente contra mi rostro que noté que ya no estábamos bajo su cobijo, que extrañé de inmediato.

―Ya puedes abrirlos ―susurró en mi oído.

Yo no había tenido la oportunidad de conocer la parte trasera de su casa, y supe que se trataba de ella porque habría notado cuan maravilloso era en el momento mismo que llegamos a su casa. El jardín delantero de la casa de Theo está tan descuidado que pensé que el patio trasero estaría en las mismas condiciones, por eso es que no sentía curiosidad ni menos interés por llegar más lejos, pero me equivoqué. Cuanto me habría gustado venir aquí antes.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora