Capítulo 9: Amanecer (parte III)

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Acompañaba la estructura de madera dos grandes ruedas metálicas, que reflejaban el poco brillo del sol sobre los ojos del joven. Contaba con una especie de cabina en la parte trasera y en la delantera, un escaso lugar, en el que solo cabía una persona; la encargada de dirigir a los gapers. Estos se encontraban amarrados al carro con algunas cadenas y debían de ser controlados, ya que el exceso de velocidad podría destruir la carreta.

—Haremos unos kilómetros —hablaba el tipo mientras deslizaba unos escalones que daban lugar a las puertas de la cabina—. Let, Virga, dejaremos al muchacho y continuaremos —Fhender tardó en darse cuenta de que estaba hablando con sus gapers.

Después de la mujer de pelo corto, se subió. Había espacio para seis personas según los cálculos del joven; tres en cada banca, que se encontraban enfrentadas.
Al poco tiempo, apareció la otra mujer, que tenía el pelo largo y entrelazado y se sentó al lado de su compañera.
La situación lo incomodaba al joven, pero sabía que era necesario para llegar a Rasgh. Mientras acariciaba la panza de su mascota, que yacía patas para arriba adormecida, vislumbró una insignia; un dibujo de tinta negra, que se dejaba ver en la pierna de la muchacha de pelo entrelazado. Le resultaba familiar, no recordaba donde pero creía haberse encontrado con esa figura en otra oportunidad.

—¿Nunca habías visto un "ignirio dh'or"? —agarraba desprevenido al joven, que se ruborizaba al entender lo raro que era, el que una persona mantenga la mirada en las piernas de otra. La incomodidad fue evidente y antes de que pudiera pedir disculpas intervino la otra mujer.

—No le hablés en esa lengua... ¿No te das cuenta que ya no la enseñan? —lograba que la otra revolotee sus ojos.

—Significa —volvía a hablar—. Tatuaje cocido ... ¿Querés que te haga uno? —preguntaba amablemente.

—No, no —sonriendo falsamente—. ¿"Tatuaje cocido"? —por la extrañeza con la que pronunciaba sus palabras hacía sonreír a las muchachas y aprovechando el buen humor que parecían tener, continuó preguntando—. ¿Qué significa ese...? —como si intentara describirlo—. Parece un... "cuchillo partido" —rascaba su mentón.
De repente el ruido de las patas de los gapers comenzó a hacerse oír. No era lo suficientemente fuerte como para aturdirlos; aunque si era necesario aumentar el tono de voz para escucharse.

—Esto —señalándose con el dedo—. Es una insignia de pertenencia a las guerreras Cursai —recibía un codazo, que no intentaba ser disimulado, de su compañera—. ¿Qué? —le respondía—. Tendremos un largo viaje y es bueno que alguien conozca la verdadera historia —poniendo énfasis en sus últimas palabras.

«Ahí —pensaba el joven—. De ahí lo recuerdo. Cursai. Kinta».

—Sí no me vas a prestar atención no continuo —decía simulando enojo. Después de las disculpas del joven, sonrió y dijo—. Hace tiempo —su tono dejaba de ser simpático y alegre; su voz vibraba, como quien mantiene encerrada la angustia—. Cuando los hombres no nos admitían en sus escuelas de guerreros, cuando nos llamaban débiles o se reían porque hablábamos de pelear contra los Ghetar... nació la primera escuela Cursai. Claro que ellos seguían riéndose; pero nosotras ya teníamos un lugar en donde saciar nuestra sed de pelea, teníamos... un clan —suspiraba e intentaba humorizar la situación pero nadie la seguía—. Allí aprendimos técnicas distintas a las convencionales, estudiábamos y usábamos armas que hasta el momento, no se habían utilizado. Con el devenir del tiempo, fue creciendo, cada vez más mujeres se volvían Cursai, cada vez abrían más escuelas y cada vez, se nos reconocía más...

 Con el devenir del tiempo, fue creciendo, cada vez más mujeres se volvían Cursai, cada vez abrían más escuelas y cada vez, se nos reconocía más

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