Las Casas

48 6 0
                                          

Había llegado al monte de Las Casas. Subí hasta la primera Casa, en donde había escrito que era la Casa de la Muerte. Era una morada de piedra envejecida cubierta de hiedra y de tejado de paja y tenía aspecto de milenaria. Me acerqué hasta la puerta de madera y la abrí; no ofreció resistencia alguna. Pude ver que se trataba de una vivienda de una sola estancia, iluminada pobremente por unas pocas velas y un hogar. Frente al fuego había dos sillones y, en uno de ellos, había una figura encapuchada sentada que, sin mediar palabra, mediante un simple gesto con la mano, me invitó a sentarme. Lo hice. Una vez sentado, me dijo, con una voz ronca y rota:

—¿Qué es lo que quieres?

Miré a Muerte. Un hombre encapuchado con la piel nívea y plagada de arrugas y una mirada penetrante, como si pudiera leerme el alma, perteneciente a unos ojos grises y de esclerótica rojiza, como si no hubieran dormido en demasiado tiempo.

—Quiero conocer el sentido de la vida.

—¿Y me preguntas a mí? Yo soy la Muerte.

—Por eso te pregunto. Pensé que, al encontrarte al final del camino de la existencia humana, conocerías el significado de la vida.

—No, no lo conozco. Yo sólo soy la Muerte. Yo siego almas, acabo vidas. Desconozco qué ocurre luego y, lo cierto, es que no me importa. Sigue tu camino y visita la siguiente casa, quizá sepan responderte.

Salí por la puerta trasera y continué mi ascensión por el monte de Las Casas. El camino me guiaba, efectivamente, hacia arriba, pero de pronto torció a la derecha y se dirigió hacia abajo, luego torció a la izquierda y perdió inclinación; más tarde desemboqué en un descampado, sin vegetación alguna, para dar con un bosque frondosísimo y casi impenetrable después en el que me costó averiguar cómo continuar. Tras muchos minutos caminando, llegué a la siguiente casa, que llevaba por nombre Casa del Azar.

La Casa del Azar era una casa de obra vista pero sin puerta, aunque sí tenía entrada. Entré dentro. La casa, también de una única estancia, estaba iluminada por una enorme araña alimentada de electricidad, pese a que no se podía observar el interruptor que la controlaba por ningún sitio. Las baldosas del suelo eran todas diferentes, formando una cacofonía visual que llegaba a marear, y cada pared tenía un color diferente, sin que combinaran en absoluto, como si hubieran sido pintadas en diferentes lugares y más tarde ensambladas para construir la vivienda. En el centro, un hombre con sombrero de copa, traje raído de terciopelo lila y bastón de marfil, de pie, lanzaba dos dados una y otra vez en una pequeña mesa recubierta con un tapete de algodón verde. Me habló con una voz jovial y un tanto aniñada.

—¿Qué se te ofrece, caminante?

—He venido aquí porque quiero conocer el sentido de la vida.

—¿Y a mí me preguntas? Yo soy el Azar.

—¿Y acaso no trabajas para el Destino? ¿Acaso no eres superior a los mortales? ¿No tienes acceso a los grandes misterios de los hombres?

Azar se encogió de hombros.

—Trabajo para Destino, sí. Y soy superior a vosotros los mortales, pero no sé si podría acceder a los grandes misterios que rigen a los hombres. Mi misión es proveer de incertidumbre vuestra existencia, y eso es lo que hago. Lo que ocurra más allá de mi trabajo no me importa porque no me incumbe.

—¿Y no te intriga?

—No me despierta la curiosidad la vida de alguien como vosotros de la misma forma que no os despierta la curiosidad la vida de un animal que consideráis inferior. Siento decepcionarte. Sigue tu camino y visita la siguiente casa, quizá allí sepan responderte.

Las CasasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora