Capítulo 16: Delirantes racionales

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Los párpados querían abrirse. El alma, olvidar. Un pobre cerebro, de cordura derruida ya por incontables sombras, se hacía notar por el dolor que producía en el cráneo del joven.

A la velocidad de un extenuante suspiro viró la cabeza. A medida que la nariz exhalaba, los ojos perdían la fuerza de mantenerse unidos y evitar que cualquier indicio de la vida en el exterior pudiera ser percibido. Quería ya dejarlo ir, desaparecer de una sóla vez en un súbito suspiro rocambolesco; pero algo lo aferraba aún con fuerza al mundo.

O alguien.

Trató de darse la vuelta. Nada debería ya interrumpir su impureza, su mayor falla; el sueño. Podría ya regocijarse por la eternidad del pecado más disfrutable, pues la pereza insulsa resultaba aduladora frente a todos los sinsabores de la vida que cree haber dejado atrás. Sin embargo, a medida que volteaba tan lento como una tortuga, un dolor punzante le atravesó el brazo izquierdo cual bala de grueso calibre.

Gruñó y apretó la mandíbula, mientras que con la otra mano se frotaba suavemente sobre vendas que no recordaba haberse colocado. Pero no abrió los ojos, no. No quería saber más que el dormitar eternamente, perder el tiempo que ya no tenía para pensar y perderse en aquellos mundos de ensueño encerrados en su alma.

Así que has despertado.

Adriel se sobresaltó por dentro, pero sólo dejó un suspiro de difícil interpretación salir.

Abre los ojos —ordenó aquella voz, la de una mujer— tengo que contarte algo.

Trató de ignorarlo. Tal vez estuviera dormido, sólo esperando un súbito parón para levantarse en su cama. Deseaba estar muerto, pero sólo descansar conseguía. Después de todo, no había forma de que aquella voz tan suave se correspondiera a la mismísima realidad. Apoyó la mano derecha sobre el colchón —que no tenía ni el más remoto parecido con el que poseía— y se arrastró hacia el respaldo de la cama, o el muro, era difícil saber. Apoyando la espalda encorvada en lo que parecía ser madera, inspiró profundamente y se preparó para decir una sóla cosa.

—¿Qué clase de retorcida metáfora es esa? —dijo, expulsando el aire al terminar la pregunta— Mis ojos están cerrados, y no se abrirán otra vez.

Adriel ya sabía por qué debía evitar abrir los ojos. Ya sabía por dónde se colaba toda la irrealidad de su vida diaria, conocía de memoria que revisar el pasado sólo trae pésames. Si separaba los párpados, si dejaba a su mente acceder al mundo otra vez, si podía ver cualquier cosa, siquiera cuando sea la más mínima, le estaría dando otra oportunidad a su cerebro para idear historias y simbolismos. Si los párpados se abrían...

Se llevó la mano a la cabeza y frotó su frente. Era inútil, ya le estaba dando la oportunidad de hacerlo. Imaginaba un apartamento frío, con la humedad escalando por las paredes como oscuras manchas de podredumbre en un cadáver. Como si aquellas paredes que no era capaz de ver fueran los rebordes de un ataúd para darle la bienvenida a la existencia sin sentido. Algo le distrajo. Estaba con otra «persona», otro ente que podía razonar. Era la segunda. La segunda.

¿Por qué se tardaba en responder? ¿Acaso su estatuto no quedó del todo claro? Debía ser sencillo para cualquiera entender aquellas simples palabras.

—Quiere...

¿Te refieres a que si abres tus ojos, aceptarás que estás muerto? —Le interrumpió la voz, casi sin cortesía.

Es difícil entender las palabras —observó Adriel, a sabiendas de que su mensaje se había malinterpretado—. Dos personas pueden decir la misma cosa y jamás significaría lo mismo; no te culpo.

¿Qué es lo que querías decir entonces?

Nada.

Adriel escuchó pequeños pasos acercándose. Una tabla floja chirrió estridente, y le reveló, con cierto desdeño, que el piso de aquél lugar era seguramente viejo. El corazón retumbó con más fuerza, y el peor temor del joven se transformó en una realidad.

No estaba muerto.

***

Caminaba entre las interminables torres derruidas. Las ventanas vacías y oscuras, recuerdo lejano de lo que ya no era, parecían ocultar decenas o miles de ojos que sólo presionaban sus ganas de perderse dentro de las enormes paredes del colegio. Ya tres días habían pasado de aquél fatídico día, aquél en que Adriel se perdía entre alquitrán e impotencia para jamás ser visto.

Ya tres. Pero Adriel no vencería a la muerte.

Perdía la cuenta de sus pasos mientras, en vano, buscaba la intolerable sensación de controlar lo que podría ocurrir. Toda la noche lo había pensado, aquellas palabras que un ente desconocido sólo podía imponer. La biblioteca en las horas de biología. ¿Por qué durante ese tiempo, y no antes? ¿Acaso tuviere algo que ver con el colegio? ¿Siquiera hallaría las respuestas?

El murmullo de la ínfima pero numerosa voz de los estudiantes le hicieron volver a la vida. Se encontraba caminando en piloto automático, pasando los pasillos como si fueran apenas centímetros. Las puertas viejas, los números escritos, todos parecían iguales y sólo convertían el viaje en algo más tedioso y repetitivo. Incluso el tono amarillento de los muros producían una sensación de podredumbre, con el moho consumiendo lentamente toda la pintura vieja del lugar.

Las manchas negras del ácido que alguna vez corrió por aquél sitio seguían impregnadas en los muros. Manchas que se estiraban hasta el suelo, tocando esas baldosas de mármol que tanto ella había pisoteado. Que había aplastado, sin siquiera pensar en todo lo que podría haber acontecido en aquellos entramados. Recordó entonces cuándo todo aquél sitio seguía abandonado. Cuando visitó las ruinas de lo que ahora se había restaurado...

Pero aquella historia no valía la pena ser contada.

Seguía avanzando, siempre constante. No tenía tiempo para distraerse, mucho menos pensar en lo que ya había visto mil y una veces. Llegó al final del pasillo, y giró en una dirección que no acostumbraba a tomar. Pues era cierto que quería llegar a su curso, pero sentía en sí la necesidad de mirarse en un espejo y tranquilizarse con una plática interna que nadie más escucharía. Debía dejar sus ideas claras para sí misma, y entonces podría controlar todo como es debido.

Era entonces obvio que su cuerpo le llevaba hacia los baños. Cuando hubo entrado, el foco fluorescente de la pequeña sala parecía fallar. Era viejo, sucio y casi roto, pero cumplía su función a duras penas. Permaneció inmóvil, mirando su rostro en el espejo. Libraba una batalla de pensamientos que se arremolinaban uno tras otro, en un orden que ni siquiera ella comprendía. Debía arreglarlo, debía poner orden a todas las cosas que continuaban azotándola.

«Cálmate» susurraba para sí, tratando en vano de reparar el enorme desastre que contenía en memorias profundas. Tanteó su brazo con la yema de los dedos, y el dolor punzante pareció más una bala que un simple ardor. Inhaló mientras cerraba un puño, evitando su normal costumbre de juntar las palmas para razonar. Mantuvo el aire en los pulmones tanto tiempo que olvidó dejar de respirar, pero esa sensación de urgencia, de ahogamiento frenético, terminó por liberarla.

Iría a la biblioteca. Se sentaría en la primera mesa, la más cercana a la puerta, y esperaría con suma cautela a que cualquier cosa ocurriera. Nada más. No había nada más que controlar. Nada más que ordenar, absolutamente todo estaba fuera de su alcance. No se preguntaría por qué lo hacía, no dudaría un segundo más. Sólo una hora y veinte minutos la separaban de una verdad que le daría las tan ansiadas respuestas.

El ceniceroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora