Capítulo Uno: Un Vistazo

1.6K 51 2
                                                  

Una mirada.

Todo siempre empieza de forma casual con una mirada. El éxito de la primera cita es la incógnita en común generadora de estrés en las masas; se puede escuchar a todos hablar de atributos o dinero, incluso de química, de física. Todos hablan de cosas extrañas. Cuando, en realidad, la primera cita es una mirada.

Porque los ojos siempre —siempre— se besan primero. Pero si ese primer vistazo, o beso, no te dice nada, no te mueve nada, entonces debes seguir cruzando miradas hasta dar con aquella que te haga detener y pensar:"Wao, necesito saber a quién le pertenecen esos ojos".

Y más o menos así comenzó todo, como suelen comenzar todas las grandes novelas de amor adolescente; con una mirada que nos llevó al desastre.

—¿Me estás escuchando?— Gael pasó su mano por delante de mi rostro hasta que volví por completo a la conversación, o al intento de ella, ya que la música sonaba a un volumen tan alto que todos parecíamos hablar en "silencio". Extendió un clásico vaso rojo que contenía cerveza y gustosamente lo acepté.— ¿Y bien? ¿Sabes de qué te estaba hablando?

—Por supuesto que no.— Pero la experiencia me decía que mi bronceado amigo ya se encontraba un poco perdido en alcohol cómo para que eso le importara. Él solo tenía ganas de más y más fiesta, así como de más vasos rojos llenos de cerveza.

La casa en donde nos encontrábamos era relativamente grande, en el fondo de la misma —con una puerta corrediza conectándola— fue construida una posada. Esta contaba con diez habitaciones, un salón de fiestas, piscina y cocina. La fiesta abarcaba ambos espacios, en donde varios equipos de música fueron colocados dentro y fuera de forma estratégica, la voluminosa cantidad de gente generaba una ola de calor capaz de contrarrestar los vientos del invierto que estábamos atravesando. Aún parecía ser que la noche era joven, sin embargo, el número de individuos ebrios ponía en duda ese último pensamiento.

El cielo estaba despejado y las estrellas se veían sumamente enormes, como si con extender la mano pudiera llegar a acariciarlas. En eso me encontraba distraído antes de que Gael me interrumpiera, pensando en cómo se sentiría acariciar una estrella; considerando más probable la hipótesis de que fuera una piedra lisa y cálida en la cual el fuego eliminó las asperezas e imperfecciones.

No era extraño encontrarme aislado en situaciones sociales cómo estas. No se me hacía difícil la convivencia, pero tampoco se me hacía fácil prestar atención por mucho tiempo.

El tema de la fiesta era un clásico; halloween. Lo cual, en la traducción de oficial, era la noche permitida para disfrazarse, dejar salir la creatividad y/o promiscuidad, a pasear por la noche. No los juzgo, todos merecen un poco de libertad y descanso. Mañana todos los que nos encontrábamos aquí, o quizás la mayoría, estaríamos reincorporándonos nuevamente al mundo del estrés, ansiedad, presión y desvelos; es decir, el último semestre en la Universidad. Así que si, es probable que todos los de mi facultad se encuentren aquí vestidos como nunca antes quise verlos; animales con brillos y plumas.

—¡Ey, niño bonito!— Dijo Gael lanzándome una pelota inflable recién sacada de la piscina. Su puntería de ebrio no le permitió ir más cerca que solo rozarme el brazo con ella. Reí. —Ups, ¿quieres, por favor, traerla de vuelta para seguir intentando darte con ella?

Las personas reían alto viendo a Gael, todo formaba parte de un ambiente agradable e íntimo. Muchas de las personas que aquí se encontraban las había visto —o hablado— en algún momento a lo largo de la carrera. Los estudiantes de la Escuela de Ciencias no éramos exactamente muchos en comparación con otras escuelas de la Universidad, como Administración, por ejemplo, en la cual su matricula superaba a la nuestra dos veces.

Asentí con la cabeza y caminé en dirección a la pelota húmeda y sucia de tierra, algunos la habían pateado un poco y luego perdieron interés en ella.

Una vez que la tuve en mi mano busqué —sin mucho éxito— a Gael, cuando, de repente, pasó.

La vi en una esquina iluminada rodeada de gente, se encontraba vestida con una rara combinación de bruja con alas negras de ángel, su largo cabello negro bailaba suavemente al ritmo del viento, las alas de su disfraz parecía ser parte de su cuerpo. No lucía vulgar, ni santa. Se veía perfecta. Tan perfecta como supuse que debió haber sido siempre.

Sus ojos, por otro lado, parecían dos enormes fuentes de luz castaña... y azul. La descubrí observándome, con una mirada de dulzura y nostalgia que, más allá de ser yo quién la inspiraba, parecía ser un estado constante de su alma. La vi cruzar sus brazos sobre su pecho, sin inseguridad, como una invitación a seguirla. La conocía, conocía esa mirada, había soñado con ella más veces de las que estaba dispuesto a admitir. Pero no me sentía capaz, por primera vez en mi vida, de ir tras ella. No podía equivocarme nuevamente. Necesitaba más que esa señal para lanzarme al agua y ella parecía saberlo.

Sonrió abiertamente, sabiéndose lo suficientemente atrevida y sexy para dar el primer paso, ese primer paso que siempre me tocó dar a mi, y se acercó. Naturalmente, le muestro una de mis famosas y encantadoras sonrisas ladeadas, una que no había logrado hacer desde hace mucho tiempo de manera honestamente y que parecía gustarle aún más que antes.

Mis manos temblaban y creo que era capaz de escuchar mi corazón a punto de explotar dentro de mi pecho, pero aún así finjo que esto entre nosotros es la situación más común que existe. Y, cuando al fin se encuentra parada justo en frente de mi, alcanzo a oler el mismo perfume a vainilla y flores que, más allá de provenir de su cabello, parecía emanar de su piel.

Tan hermosamente dolorosa como en mis sueños.

—Hola.— Dijo muy bajito, solo para mi, con su dulce voz y sus hermosos ojos coloridos viéndome como si pudiera leer mi mente. Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo, su valor flaqueó cuando se sintió realmente expuesta bajo mi lupa. Aún sigue teniendo algo de la vieja Artemis.

Pero yo solo pude pensar en cómo había extrañado su presencia. Después de ella, ningunos otros ojos volvieron a parecerme tan fascinantes como los dos faros bicolor que se encontraban, después de tanto tiempo, justo frente a mi.

—Hola—, contesté. Sus ojos se nublaron al notar la falta de recelo en ella —. Te ves hermosa, Bruja.

Sus mejillas se sonrojaron aún más y rió. Contenía las lágrimas como una campeona.

—Tú te ves bien— mordió su labio superior para contener una sonrisa—, yo solo estoy sana.— Casi sin poder evitarlo, mi mano se encontraba apartando un mechón rebelde de su cabello y colocándolo detrás de su oreja. De pronto, todo lo que sucedía a nuestro alrededor empezó a sentirse incorrecto, merecíamos un lugar apropiado para hacer esto. Así que la miré, como solo podía mirarla a ella, y ahí deje implícito mi necesidad de privacidad. Mi necesidad de ella.

Asintió y me siguió en silencio a la salida de la fiesta, sentí la mirada de Gael cuando pasé por su lado. Contuve el aire. Sabía que esto volvería a lastimarnos, pero, al alzar mi mirada y enfrentarlo, me sorprendió verlo sonreír.

Artemis tomó mi mano y la sujeto con fuerza, ella tampoco quería estarse equivocando, sabía a donde debíamos ir; al único sitio apto para personas como nosotros.

Debíamos ir al Boulevard donde comenzó todo; a nuestro Boulevard de lo Corazones Rotos.

-

Muchísima gracias por leerme —Siempre es emocionante publicar por primera vez en un sitio distinto—.

Recuerden darle like y comentar si les gustó.

Besos.

¡Feliz Halloween!

Boulevard de los Corazones RotosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora