- Por supuesto –me tendió el libro y lo puse de nuevo en la estantería.

Salimos de allí y el aire fresco nos golpeó en la cara. En cuestión de cuatro pasos ya estábamos en el restaurante.

- Inés –la miré a los ojos- Que si quieres el libro yo te lo presto. No hace falta que te lo compres.

Una risa escapó de la boca de ambas y un leve puñetazo de mi parte fue a parar a su hombro.


Habíamos comido de maravilla y disfrutábamos de una sobremesa relajada. Irene revolvía su café y yo le daba pequeños sorbos al mío.

- ¿Me vas a contar ya por qué leías a Marx?

- Vamos, Irene. No lo leía. Solo le echaba un vistazo.

- Pues a juzgar por el susto que te pegaste parecías muy concentrada –acto seguido le dio un sorbo a su café.

- Es que yo le pongo muchas ganas y concentración a todo lo hago.

Irene tosió y se retiró rápido la taza de sus labios. En mi cabeza la frase no sonaba de esa manera. Se limpió con una servilleta los restos de café que tenía en los labios.

- Está bien –me respondió- Pero algún día me lo tendrás que decir.

- Que sí, pesada.

Sonreí y me terminé mi café. Irene pagó ya que decía que era ella la que me había invitado. Debo reconocer que me vino muy bien que lo hiciera ya que tenía excusa para invitarla yo a comer o cenar otro día. Acompañé a Irene de vuelta al congreso para que recogiese su coche que estaba en parking. El paseo se me hizo demasiado corto. Irene tenía sus manos metidas en el bolsillo y yo mis brazos cruzados debajo de mi pecho. Reíamos y nos mirábamos a cada rato de la conversación. Notaba una tensión muy fuerte entre ambas y me gustaba. Mucho.

No tardé en vislumbrar a los leones. Ya habíamos llegado.

- ¿Quieres que te lleve a casa? –me preguntó Irene.

- No te molestes –claro que quería.

- Sube –dijo abriéndome la puerta del copiloto.

Le sonreí y me metí dentro del vehículo. Cada segundo que pasaba al lado de esa mujer me hacía sentir que era una cría. Temblaba y me ponía nerviosa. Me preguntaba todo el rato si a ella le pasaba lo mismo o eso solo lo ocasiona el magnetismo de la izquierda.


- Pues ya hemos llegado.

- Sí, eso parece –dije desviando mi mirada al edificio- ¿Quieres subir?

Lo dije sin pensar, pero si no lo hacía ahora no lo haría nunca. Irene me miró sorprendida para, después, bajar la vista hacia su reloj.

- ¿Por qué no? –me respondió con una sonrisa.

- Puedes aparcar ahí –le señalé con mi dedo mientras ambas nos sonreíamos.

Llegamos a la puerta de mi casa. Abrí, aunque me costó un poco introducir la llave sabiendo que tenía a Irene Montero detrás de mí y sentía su aliento en mi nuca.

- Ponte cómoda. ¿Quieres tomar algo? ¿Vino, cerveza?

- No, gracias. Aún recuerdo la última borrachera.

Mis mejillas se tornaron rojas en cuestión de segundos mientras ocupábamos sitios en el sofá. Irene se dio cuenta. Había que estar ciego para no hacerlo.

- Me refiero a la mía, eh.

- Ya, ya –dije pasando mi mano por la nuca- Respecto a la mía verás...

- Inés, tranquila. No hay nada de qué hablar.

- Bueno –reí cínica- Me parece que para ti sí que lo hay.

- ¿Qué dices? –su tono ya era mucho más serio.

- En el avión lo dejaste caer de una manera muy poco sutil –le dije seria.

Irene suspiró y miró de nuevo su muñeca en la que descansaba su reloj.

- Creo que no hay sido buena idea subir.

Se levantó del sofá y automáticamente mi mano viajo hasta su brazo agarrándolo con fuerza.

- Perdón, de verdad. No te vayas –en sus ojos no la veía muy convencida- Por favor, quédate.

Agachó su cabeza y soltó su bolso para sentarse de nuevo en el sofá. Respiré tranquila. Había estado a punto de cagarla.

- Un refresco sí que me tomaba –dijo con una sonrisa lo que me alivio aún más.


Había pasado más de una hora en la que habíamos hablado exclusivamente de cine, películas, actrices , actores... El tema ya nos había agotado a ambas así que optamos por darle un trago a nuestros refrescos.

- Por cierto, Irene –dije llamando su atención- Igual es meterme dónde no me llaman pero, ¿qué era esa reunión tan importante? Por la que volvimos a Madrid de Jerez.

- Es complicado.

- Si quieres puedes contármelo. Aunque sea una naranjita soy una tumba. Una tumba naranja –rio y yo la seguí al ver que había conseguido aliviar la tensión que se le había instaurado con la pregunta.

- ¿Recuerdas que hace unos meses que te dije que sería la próxima líder del partido?

- Perfectamente –mis pensamientos viajaron a aquellos recuerdos de las dos juntas, pero rápidamente me deshice de ellos.

- Pues Pablo me llamaba para hacerlo oficial.

- ¡Eso es genial! ¿Y cómo es que no habéis dicho nada hoy? –dije eufórica.

- Lo he rechazado, Inés.

Mi cara se descuadró.

Sin pactosWhere stories live. Discover now