Capítulo 15: En papeles de antaño

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Abre los ojos.

Adriel se negaba. Lo sabía, los ojos eran las mismas compuertas de su alma. Si los abría, encontraría que aquél sentimentalismo puro de oscuridad le rodeaba como un océano indefinido. Algo afloró debajo de su piel; recorriendo los infinitos vasos sanguíneos como un océano, llegando a desorbitar el habitáculo del alma misma y sacudiendo el corazón con violencia, él apenas se dignó a pensarlo.

La piel se erizó, los dedos temblaron y sus piernas se tensaron como las de un atleta al caer de su más larga carrera. Estaba aterrado.

Unos dedos tan fríos como las garras que le atormentaban de noche se deslizaron bajo sus hombros, y tiraron de él. Pero no herían como aquellos vagos esbozos de penumbras, aquellas sombras insoportables que sólo buscaban el mal. No, no se sentía como eso. Mucho menos le cortaban la piel, diferenciándose por un cosquilleo casi nauseabundo. Se lo estaban llevando, llevando a otro lugar.

Pequeños raspones en las piernas quebradas, que en un principio daban la ilusión de ser una simple comezón por sobre el dolor de huesos quebrados en mil pedazos, comenzaron a aflorar por largo y ancho; sin consideración acaso del delicado estado del moribundo cuerpo. Alguien se lo llevaba, aunque la pregunta en su interior no fuera a dónde, si no quién.

Tal vez era la muerte llevando su alma, si acaso tan cansada que sólo le arrastraba consigo al desdichado limbo que sirve de condena a aquellos inmundos incapaces de arrebatar su propia vida. Incluso pues, cabía la chance de que su amada luna le arrastrara consigo al firmamento para volverlo una estrella infinita, que cuya luz, por más de que haya muerto, sigue brillando en el cielo muy al pesar de que el pesado manto de nubes que día y noche recubre la tierra no les deja ver el planeta donde vivieron, sufrieron y murieron sin ninguna gloria.

Fuere entonces el brillo de las estrellas el alma de los hombres y mujeres, un simple reflejo de los espíritus que antaño recorrían el planeta, relegados a observar con amargura y melancolía como la vida continuaba sin ellos. Y pues, la muralla medieval del firmamento, una barrera que les impidiera ver cómo el mundo había empeorado. Para que aquellos condenados no pudieran observar el dolor de los que aún viven en el planeta sin sol, para hacerlos pensar que todo estaba mejor cuando seguían encerrados en un espacio infinito. Porque para ellos el encierro no es la tierra, es no poder volver a ella.

El suave desliz que la tela de sus pantalones producía sobre el áspero suelo fue quedando cada vez más opacado por un sentimiento de impotencia. Habiendo conseguido aquello que tanto anhelaba, la última pregunta que se imaginaba surcando su mente fue muy simple, casi burlona.

Ahora que todo le había sido arrebatado, ahora que nada más le quedaba por hacer, ¿Qué haría?

Oh. Supongo que desconoces la razón. Todo fin es un comienzo, pequeño.

***

.

La putrefacta luz amarillenta, dotada de inimaginable asquerosidad ficticia, producía el color de la carroña con las oscuras baldosas beige de aquella habitación que él solía llamar "la decisión". Las tuberías que sobresalían de una pared producían un ruido cuya única función era recorda que el tiempo continuaba corriendo dentro de aquellas cuatro paredes. El encapuchado miraba a través de las sombras sobre sus ojos, atravesando el cristal espejado y observando, aunque sin mirar, la roja tarta que se disfrazaba en un pequeño frasco azulado.

El joven, cuya oscuridad surgía desde el interior de las prendas que vestía, apenas resistía las pulsaciones de su puño cerrado. Con la mano izquierda sobre la invisible manilla del espejo, pensaba. Pensaba y pensaba, que aquello no terminaría, que aquello sólo le pudría más por dentro. Que sólo tenía una salida, que no había otra alternativa más que el oscuro pasillo que a todo el mundo aterra.

Poco a poco, la luz del fluorescente se tornó roja como la sangre. Primero, con insólita velocidad, el amarillo pálido se destruyó por un naranja desfasado, oscuro y soporífero. Las baldosas beige se tornaron negras, las sombras del rostro adquirieron penumbras brillantes que dejaban ver aquellas ojeras como cortes bajo la sombra en donde deberían haber ojos. Rajaduras, una cáscara nauseabunda que no se desprendía de nada y nadie. Poco a poco, casi como si segundos se transformaran en inacabables años, el mecánico naranja se saturó con un tono carmesí más fuerte que cualquier mancha de vísceras grotescas.

Debía decidir. Otra vez tomar una alternativa. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Tomar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar. Dejar.

Temblar. Temblar. Temblar. Temblar. Temblar. Temblar. Temblar. Temblar.

Tiritaba. No estaba seguro. No había alternativa. Frustración acumulada. No hay salida. Todo es en vano. No se puede maldecir a los malditos. No hay vida. Sólo muerte. Existencia insignificante...

El puño tembloroso se abalanzó sobre el cristal con velocidad, y miles de esquirlas de aquél fino protector del pastel volaron por los aires en todas direcciones. Sintió los profundos cortes en la mano, y cómo la sangre, oscurecida hasta un tono vomitivo por la luz roja, se escurría a través del vidrio y goteaba con lentitud hasta la bañera. No soportaba el dolor, tampoco la felicidad del pastel. No soportaría más aquella fatídica decisión. 

Estaba lleno de odio, y se camuflaba con impotencia.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!