Capítulo 9: Amanecer (parte II)

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—Nos esperarán en la intersección... Juro que esa carreta no se irá sin mí.

En ese momento el joven entendió que él también estaba perdido. Miraba hacia sus laterales, y solo encontraba árboles; no había senderos o caminos marcados. Al darse cuenta de eso, la desesperación se apoderó de él.
Había observado a las mujeres y no parecían guardias. En ese momento, creyó que sería buena idea seguirlas; quizá ellas le marcasen el camino.
Sentía como las voces se perdían y casi no podía alcanzaba a distinguir sus palabras. Sujetó a su animal, enterneciéndose con su ronroneo y comenzó a bajar lentamente del árbol. La corteza del mismo, se encontraba a poco de secarse completamente. Por lo que logró descender sin problemas y finalmente se encontró entre plantas, hojas, charcos y troncos.
En estos días, el joven no había tenido tiempo de pensar en el peligro que estaba corriendo; ya que estaba preocupado en que no lo alcanzase ningún soldado.
Los bosques son hermosos, exóticos y muy peligrosos. Fhender se sorprendería al enterarse del número de personas que mueren en ellos. Es que su belleza actúa como el canto de las sirenas. Estando allí, con sus pies sobre el barro, se preguntaba cómo se le habían pasado todo ese tiempo sin darse cuenta. Probablemente se hubiera preocupado cuando la comida se agotase y la desesperación lo comería por completo.
Se había dicho a sí mismo, que caminaría sigilosamente para que no pudieran notar su presencia; pero ahora era diferente, la desesperación ya había hecho su trabajo.
Las voces de las muchachas parecían dispersarse, como si el bosque tuviera eco. Sonaban débiles y lo confundían. Mirase a donde mirase, solo encontraba verde. Caminaba sin ningún rumbo, las palabras sonaban por su derecha, luego por su izquierda y así aumentando más y más su grado de confusión. Mareado, y moviendo sus pies por inercia, terminó resbalando con un charco. Cayó sobre su espalda y el animal abrió los ojos, asustado.

 Cayó sobre su espalda y el animal abrió los ojos, asustado

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—Tranquilo —le decía con una voz que simulaba serenidad—. Tranquilo... —como quien habla consigo mismo.

Estando sobre el suelo, recordó una de las primeras charlas que había tenido con su maestro.

—Todo está conectado —dijo convenciéndose a sí mismo. Instantáneamente se acercó al árbol más cercano y posó su mano en el tronco. Cerró los ojos y tras una larga y profunda exhalación sintió el bosque. No había experimentado semejante poder hasta ese día; podía escuchar el aleteo de los insectos, sentir el agua que alimentaba las raíces de los árboles y el viento que soplaba los pétalos de las plantas. El bosque respiraba y Fhender lo controlaba.
Sus cejas comenzaron a juntarse y la piel lentamente se le iba erizando. El miedo penetraba su cuerpo. Sentía la desesperación de las muchachas, el dolor de una paloma que era comida vilmente por una serpiente; también sentía el hambre de esa serpiente. De pronto todo lo que era bello y lo había hecho sonreír; se teñía de pesares y heridas, de miedos y muertes. Apretó su mandíbula e intentó ir más allá, encontrar la salida del bosque y la alegría lo inundó cuando pudo visualizarla, pero estaba lejos y el camino no era recto.
Sin saber muy bien que estaba haciendo, movió lentamente su mano, recorriendo la corteza del árbol y observó que las ramas seguían su movimiento. De repente, las ramas de todos los árboles del bosque, señalaban la salida.
Abrió sus ojos precipitadamente y un enorme cansancio físico lo obligó a caer sobre sus rodillas. Sentía un gran peso sobre los hombros y su vista estaba completamente nublada. Intentando decir algunas palabras para tranquilizar a su animal terminó desplomándose completamente en el suelo; sentía las diminutas garras rasgando su mano hasta que por fin todo se apagó.

Fhender ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora