Capítulo 9: Amanecer (parte II)

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A unos seis metros de la tierra, se encontraba el joven sentado sobre una rama, lo suficientemente ancha y vigorosa. Para alcanzar la copa del árbol, hubiera necesitado escalar unos cinco metros más; pero su ubicación era estratégica, ya que las ramificaciones y hojas que provenían de lo alto, lo salvaban de las lluvias.
Hacía ya, todo un día en la altura. Agradecía los duros entrenamientos que había recibido, ya que gracias a estos había logrado trepar con cierta facilidad.
En verdad, hacía unas cuantas horas que quería bajar y seguir su camino; pero recordaba a Oriana diciéndole que nunca suba o baje de un árbol si este tiene la corteza mojada, salvo claro en situaciones de riesgo.
Creía que habían pasado unos cuatro días desde que se había separado de Rigal; pero no estaba seguro. Tampoco había estado seguro de su muerte, hasta que escuchó a unos guardias, que merodeaban por el bosque, hablar de las seis espadas con las que Taniel lo había asesinado. En ese mismo momento, Fhender había sentido una furia incontrolable y hubiera actuado de una forma irracional, de no ser por su amigo peludo. Ahora tenía a alguien a quien cuidar, y no soportaría otra perdida en su vida.
Habían pasado dos días desde ese episodio; dos días en los que había entendido que no se trataba de historias, cuentos o leyendas. Se trataba de la vida misma. Había muerto Rigal; y sí el joven no aprendía a cuidarse, pronto le pasaría lo mismo.

—Parece que todavía no es seguro amigo —hablaba con su animal mientras pasaba su mano por la corteza del árbol—. Pero no te preocupés... en unas horas estará completamente seco... Tomá —le mostraba una avellana y la criatura se acercaba a toda velocidad—. ¿Lagarto? ¿Iguana? —pensaba en voz alta mientras lo inspeccionaba. Sus cuatro patas eran fornidas, demasiado musculosas, creía el joven para lo pequeño que era. Nunca había sido demasiado bueno para las matemáticas; pero apostaba que de largo tenía unos treinta centímetros y de la cruz unos quince. Su boca parecía diminuta; aunque al abrirse demostraba un gran espacio.
Luego de comer las tres avellanas que Fhender le había dado, se recostó panza arriba dejando ver, al menos dos franjas de distintas tonalidades de color naranja. El joven sonreía y lo acariciaba. Luego, se preparaba para su meditación.
Así había pasado estos últimos días, meditando, pensando y encariñándose con el animal.

«Rigal. Me ausenté unos días del camino... necesitaba ordenar mis emociones y llorar tu perdida. Intento creer que de esta manera, aun puedo hablarte. No sé hacia donde debo ir; pero sé algo... ya nada me desviará del camino. Además, ahora tengo a alguien a quien cuidar —se producía una sonrisa en el rostro del joven; pero sus ojos no se abrían. De repente sus palabras dejaron de sonar y la voz de Rigal irrumpió ese silencio—. Rasgh. Rasgh. Rasgh —nuevamente todo se oscureció. Poco a poco, imágenes, sonidos y olores lo inundaron:
—Ustedes —mientras esperaba a que todos desmonten y se acerquen—. Tomarán este camino —señalando con el dedo—. Irán a Rasgh y buscarán en la ciudad de Billeg a Boba'do.
La escena se borró de su mente y antes de abrir sus ojos dijo—. Gracias»

—Amigo, iremos a Billeg —hablaba emocionado enfocando su mirada en el animal—. Bueno... cuando despiertes.

El sol apenas tomaba protagonismo; pero debido a las lloviznas de días anteriores, comenzaba a generarse un clima sumamente húmedo. Los insectos empezaban a aparecer, causando una enorme molestia en el joven. Se encontraba recostado, disfrutando sus últimos momentos de relajación, antes de comenzar el viaje. Sabía que para llegar a Rasgh tendría que recorrer unos cuantos kilómetros, y suponía acertadamente, que ese viaje no podía hacerse a pie.

—Creo que nos perdimos Zi —sonaba una voz, que el joven reconocía como femenina a lo lejos—. No tendríamos que haber seguido a esos... —un crujido se interponía ocultando sus palabras. Fhender buscó, aprovechando su altura y sigilo, a quien estaba hablando. De repente su mirada fue atrapada hacia otro lugar donde volvía a sonar la voz.

Fhender ©¡Lee esta historia GRATIS!