- VII -

401 74 22

Estoy en una habitación cerrada. No hay ventanas y la única puerta, que está delante de mí, es de hierro. Un hierro oxidado y rojizo, que habla de años de humedad y de la imposibilidad de mover esa puerta aunque lo intentara con todas mis fuerzas. Tampoco hay ningún tirador ni nada donde agarrarme para intentarlo. A la altura de mis ojos, sin embargo, la puerta tiene una ventana de cristal. No es más que una rendija por la que mirar, estrecha y alargada hacia los lados.

No hay nada más en la habitación. En el suelo se acumulan capas de polvo y en las paredes hay manchas de salpicaduras cuyo color no puedo distinguir en la oscuridad. Huele a humedad y a cerrado, y a pesar de la ausencia de ventilación una ráfaga de aire caliente y pegajoso hace que se me erice el vello de los brazos y me estremezca con un escalofrío fruto del asco y, por qué no, del miedo. Casi se siente como si una criatura invisible me hubiera respirado encima, y el simple hecho de imaginármelo hace que me hormigueen los brazos.

Sé que hay algo que no encaja y tardo un momento en darme cuenta de qué es. Dorian. Sé que estoy en su sueño, lo que significa que él debería estar cerca. Pero no está. Debería estar en esta habitación, conmigo, pero lo único que me acompaña es la sensación de estar atrapado y el retumbar de mi propio corazón en mis oídos.

¿Dónde está?

Solo hay una posibilidad, y el simple hecho de pensar en ella hace que tenga que cerrar los puños para que no me tiemblen las manos. No quiero hacerlo. No quiero asomarme a esa ventana, no quiero moverme, no quiero descubrir qué hay al otro lado. Lo único que quiero es despertarme y acabar con la oscuridad y el silencio.

Doy un paso. Dos. Por un momento noto que el pánico se extiende por mi estómago ante la sensación de que la puerta no se acerca, pero lo hace. Ocho pasos y estoy preparado para acercar la cara al cristal y ponerme las manos a ambos lados de los ojos para poder ver mejor.

No quiero. Sé lo que va a pasar y preferiría quedarme aquí encerrado para siempre que enfrentarme a ello.

Pero no tengo alternativa, así que borro los centímetros que me separan del cristal sin atreverme siquiera a respirar y me hago sombra con las manos para intentar distinguir qué hay al otro lado.

Los ojos del Otro me devuelven la mirada desde el lado opuesto de la pequeña ventana, dos enormes huecos de oscuridad en una cara que es de todo menos agradable. Aunque sabía que iba a pasar, que iba a haber algo esperándome al otro lado, saberlo no impide que me aparte de un salto hacia atrás con el corazón en la garganta y la visión borrosa. El instinto me hace pegar la espalda a la pared, para asegurarme de que no hay nada detrás de mí y poder vigilar toda la celda.

Entonces lo veo.

El Escalador está en una de las esquinas de la habitación y también me mira con esa sonrisa anormalmente grande que le caracteriza. Empieza a deslizarse por el techo hacia mí, despacio, doblando sus extremidades en posturas imposibles y riendo.

No quiero quedarme a averiguar qué espera de mí y recorro varias veces la habitación con la mirada, mi mente trabajando a toda velocidad. Solo hay una salida y odio lo que hay al otro lado, pero es la única opción.

Regreso junto a la puerta, con cuidado de no mirar por la ventana y sin darle la espalda al Escalador. Solo dejo de mirarlo un momento; el tiempo de doblar el codo, cerrar los ojos y, con todas mis fuerzas, intentar atravesar el cristal.

Miles de pedazos astillados se me clavan en el brazo y caen al suelo. Lo bueno de que esto sea un sueño es que no siento dolor; no mucho, al menos. Siento una molestia justo en la articulación, un calambre, y el calor de la sangre resbalando hasta mis dedos, pero puedo ignorarlo con facilidad.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora