Parte sin título 56

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Capítulo 56

—Esperen aquí. Espero que la sala de los invitados les resulte agradable. El señor Peter Scisolbon estará aquí en breve atendiéndoles en persona. En la mesita vinos, quesos y otros entremeses preparados por el chef de la casa, a su total disposición —dijo el mayordomo, quien los hubo recibido afuera. Enseguida se retiró y dejó solo a Lois Teboni y a Juan Carlos Bolé.

—Ese mismo El mismo que apodan: El misil.

—Como diría mi hija: ¿En serio loco ''head''?

Lois sonrió. Luego su semblante cambió. Dijo:

—Espero que nos atiendan enseguida.

En el otro lado del mismo mundo, una enorme y redonda bola de acero había dejado un hueco de tamaño considerable en un punto específico de la muralla. Tras breves segundos la bola se detuvo de súbito. Dejó de ser una bola para ser: Yamirelis. Las sirenas comenzaron a sonar. Los guardias, policías, los verdugos, el dion y algunos civiles estaban perplejos. Parecían congelados. La diona entonces se manifestó de nuevo en bola de acero, esta vez más pequeña, de más o menos cuatro pies de diámetro. Rodó a gran velocidad y derribó a ambos verdugos, dejándolos inconscientes. Los guardias y los policías reaccionaron cuando vieron entrar por el hueco en la muralla a un contingente de hombres y mujeres armados.

—Los insurgentes —gritó un guardia tras ver a los miembros de la coalición.

Iban entrando, disparando con armas de fuego, lanzando lanzas, flechas y hasta rocas vía hondas. Otros entraban con espadas, cuchillos, martillos, palos y bastones en sus manos. Iban dispersándose a lo largo de la muralla. Respondían a los disparos hechos con rifles de parte de centinelas apostados en varias garitas de la muralla, quienes pendientes a la ejecución no vieron ni a la bola ni a los miembros de la coalición antes del gran golpe en la muralla.

Yamirelis liberó al maestro. Se hubo transformado (manifestado) en un vehículo todoterreno con el maestro sobre ello. Rompiendo la velocidad del sonido, lo llevó hacia afuera de la muralla. Volvió a ser ella. Otros miembros de la coalición se hicieron cargo de él. Lo acostaron cuando lo escucharon expresarse aturdido. Ella empezó a correr hacia adentro de la muralla. Sus ojos atestiguaban un campo de batalla en los predios adentro de la muralla. La voz de Piersolain se distinguió cuando gritó:

—Ordeno que la cubran y le abran paso.

Los guardias y los policías sabían de la importancia de ella, por lo que no hacía falta una orden para atacarla como prioridad. Los que podían y no estaban en mano a mano con sus enemigos, trataban de acercarse a ella con armas de fuego con o sin balas, espadas, bastones y hasta con sus propias manos. Dispararle era difícil sin espacio abierto. Aun así lo intentaban una y otra vez alcanzando las balas tanto a sus compañeros como a sus enemigos.

La diona se defendía mientras corría hacia el castillo. Cuando algún policía o guardia lograba penetrar la escolta y acercársele, ella usaba los bastones que le regaló Grenka hasta que se le cayeron en un momento dado y comenzó a transformar de manera intermitente sus manos en garrote y escudo. Parecía como si ella no quisiera matar a nadie, solo aturdirlos. En un momento dado, se acercó un policía por su retaguardia con cuchillo en mano. Estaba a punto de apuñalarla... Un gran golpe contra su cabeza lo detuvo. Cayó de bruces. Ella se detuvo brevemente y se volteó. Sabridas fue quien neutralizó al atacante con una de las canicas de su cabello (caniquazo). Había sido un rápido movimiento de cuello y cabeza. Ella le agradeció, pero él no contestó. Siguieron por rumbos separados...

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!