Parte sin título 55

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Capítulo 55

En el castillo, en el área de los calabozos, Tobías, junto a dos guardias encapuchados, se acercaron al calabozo en el cual se encontraba el maestro Figoren. Afilaba un hacha con una lima. Le dijo en tono burlón.

—Te presento a tus verdugos.

El señor Figoren pareció ignorarlo, sentado en el suelo, con los pies cruzados. Era su meditación de la tarde. Tobías volvió a dirigirse hacia él, esta vez con el tono de voz aún más elevado:

—Veo que no le hiciste caso a tu desayuno. Se te hizo con cariño. Mal agradecido. Es tu última cena.

No obtuvo respuesta alguna. Enojado, ordenó a los verdugos que abrieran el calabozo y se lo llevaran afuera, para la ceremonia de ejecución. Antes de levantarlo le pusieron una capucha blanca con letras impresas color naranja con la palabra culpable. Los demás prisioneros, cabizbajos quedaban, cuando lo pasaban frente a sus respectivos calabozos. Solo uno de ellos se atrevió a gritar (antes de que otros guardias le dieran una paliza):

—Viva Ciudad Mundial libre.

Llevaron al señor Figoren afuera del castillo, en el área campo abierto, pero, adentro de la muralla. Allí un hombre le daba los últimos retoques a la guillotina. El acto de ejecución era de carácter público, pero muy pocos presentes civiles estaban allí después de haber pasado por un extenso cateo. Los policías de Ciudad Mundial y los guardias del castillo eran muchos más, estos últimos llamaban la atención por su uniforme tipo oficial militar nazi de la Segunda Guerra Mundial del otro lado del mundo aunque botas color naranja y gorras blancas. Entonces Tobías, a través de un megáfono dijo:

—Testigos aquí presentes. Hemos aquí sido para que presenciemos la ejecución del líder terrorista, Luster Figoren. Todos en posición de reverencia, nuestros todo poderoso dion hará acto de presencia en breve.

Salió al balcón rodeado de cuatro mujeres muy bien ataviadas. Él también estaba muy bien arreglado: traje, corbata, pelo impecables, uña larga recién pintada como siempre de color naranja y las otros negras. Sus lentes oscuros puestos.

Silencio total. Apenas el sonido del viento que fustigaba la enorme bandera naranja con letras blancas. Ni los pájaros se escuchaban. Tal vez hasta ellos le temían al dion.

El último en estar de rodillas fue el maestro religio, forzado por un golpe en cada una de sus rodillas por parte de Tobías, quien lo hizo estando también arrodillado. El dion extendió su mano derecha hacia el frente y hacia arriba. Al principio su pulgar hacia arriba. Tras varios segundos lo volteó hacia abajo.

—Ya vieron el veredicto: culpable y la sentencia es la muerte —gritó Tobías vía megáfono.

Todos los policías y guardias gritaron de júbilo. En cambio ninguno de los civiles lo hizo. Tobías ordenó ponerse de pies. Uno de los verdugos colocó al señor Figoren en la guillotina (más bien su cuello en el cepo de dos medias lunas y su cuerpo sobre una plancha de madera). El otro verdugo estaba listo para accionar el resorte y dejar caer la cuchilla de metal con forma triangular. El dion se había colocado su dedo índice sobre un extremo de su cuello. Empezó un lento recorrido sobre su cuello. Cuando el dedo llegase al otro extremo de su cuello, se dejaría caer la cuchilla.

El recorrido digital se detuvo. El dion fue el primero en sentir y escuchar vibraciones y ruidos. Otros comenzaron a sentirlo. Ya todos lo sentían. Era cada vez más fuerte. Hasta que se escuchó un gran golpe contra la muralla...

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!