Capítulo 14: Festejos delirantes

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Adriel seguía sumido en la oscuridad. Sin embargo, ninguna retahíla de terror se dibujaba en su rostro solemne. Dejó suelta la cara, los párpados relajados. La brea que goteaba de su boca abierta imitaba a un frívolo y espeso brebaje desperdiciado en el suelo. Las escamas del suelo, igual de congeladas, punzaban en su débil y pálida piel.

Él lo sabía. Sin importar que hiciera, ni donde estuviera; mucho menos el cómo, estaba destinado a morir.

Sus entrañas se retorcían con sonora intensidad, tratando de aferrarse al alma con todas las fuerzas. Los latidos del corazón sonaban cual tambor de batalla, un crujido hondo y ensordecedor, imposibles de confundir con algo más que los últimos pasos de un alma errante.

—¿Lo vas a dejar así?

Adriel ignoró la voz. Aún si tuviera fuerzas de hablar, sólo tenía una cosa en mente. No abriría los párpados, no vería a su amada luna ni volvería a deslizar una pluma sobre algún papel antiguo. En definitiva, debía dejar todo.

El silencio volvió a reinar. Adriel seguía esperando, aunque su paciencia se agotaba con inclemente lentitud. Una mano cálida —y sin embargo más dura que la piedra— estiró el cuello de la camisa y le levantó el rostro del suelo.

Adriel no abrió los ojos.

Sé lo que has pasado —susurró la misma voz de hacía instantes, pero Adriel podía sentir el aliento frío como una navaja cortando el aire—, pero aún te queda mucho por recorrer.

«Déjame sólo» pensó el joven malherido. ¿De qué serviría seguir? El sentido de los intrincados delirios que, noche tras noche, sufría, eran más una señal que apuntaba hacia donde estaba ahora. Rememoró una vez más los textos que día tras día plasmaba. ¿Habían servido de algo? ¿Siquiera alguien los leería? ¿El esfuerzo en plasmar estúpidas palabras sinsentido dio frutos?

Y todas las respuestas eran no. No, no y no, en un ciclo de repeticiones infinitas.

Crear mundos, plasmar ideas, describir imágenes con vagas palabras. Todo se había vuelto un sistema, algo tan lleno de orden y métodos que era imposible ser creativo otra vez. La oscuridad a su alrededor —ya en su máximo grado— parecía aumentar sin final. Tanto, que así daba la ilusión de engullir todo con suma violencia. No era capaz de verlo, pero su alma lo sentía con melancolía. Los muros con infinitas manchas de moho de su habitación, el escritorio lleno de hojas, la tenue luz de la luna que le arropaba casi cada noche; a pesar de que su mundo se hallaba enterrado en un manto de oscuros nubarrones.

Todo lo había sentido.

Recordó el paisaje único que había precedido a todas y cada unas de las catástrofes. El intenso morado, que se convertía en un rosado incesante. Una fusión entre el horizonte de oceánicas dunas y un firmamento muerto, que había cobrado vida con la salida de un sol invisible e imaginario. Quién hubiese dicho que tanta belleza estática fuese el presagio de una desgracia desmesurada.

Lázaro, levántate y anda.

***

Agustina despertó de un golpe. Algo comprimía su brazo exactamente donde se había quemado, y el dolor apenas le dejaba aire para chillar. Lo sacudió con violencia, y miró a su alrededor buscando una explicación lógica al apretón sinsentido. La luz tenue de la luna, que apenas sobrepasaba el extenso manto de nubes, se deslizaba con austeridad por todas las paredes. El pálido remanente de los rayos eran algo, que aunque poseía fuerza, desteñía todo color a su alcance. 

Pero lo que causó su sobresalto no fue aquello, mucho menos las notas de su escritorio desparramadas ni el tamborileo en la puerta. Fue algo mucho más simple, más inexplicable y estoico. Un hombre, de unos veintitantos, se encontraba parado delante de la puerta, reposando un hombro sobre ésta. El rostro estaba tapado por una máscara negra, tan profundo el color, que Agustina creyó que era un humano sin rostro. 

Tenía los brazos cruzados, y una sola pierna apoyada en el suelo. Sin tardar casi, exclamó algo:

—Tienes que volver.

Descolocada por tan apresurada intrusión, no hizo más que atestiguar paralizada al sujeto. ¿debía gritar por ayuda? No sabía. La sangre de sus venas se había helado, y sentía espinas que subían desde la quemadura en sus brazos hasta la última médula. Un cosquilleo inexplicable también le recorrió la espalda cuando el sujeto dio un paso con serena lentitud hacia ella. La relajada postura anterior se transmutó en una estatua de mármol, que centímetro a centímetro que se acercaba, se volvía más dura y estoica.

Agustina no dudó en saltar tras su cama, aunque momentos después se percató de la pésima decisión. Se había quedado sin más salida que saltar por la ventana.

El hombre se detuvo. Hizo la cabeza a un lado, y se reclinó hacia atrás mientras levantaba las manos y un suspiro profundo en forma de vaho se escapaba de la máscara.

—No voy a hacerte daño Agustina —expresó el hombre, con una voz tan calmada que parecería un auténtico psicópata—. Algo pasó con uno de tus amigos y necesito saber qué.

Pero, como cuando Adriel se hundió en el alquitrán, Agustina no tuvo palabra alguna en la boca. Las manos le temblaban, el chirrido de sus dientes resonaba por toda la habitación con brutal fuerza. Ella había perdido toda esperanza de poder sobrellevar la muerte de su amigo.

Se había encontrado con el paisaje que tanto esperó, y no le agradaba.

—Vete —dijo ella, apoyándose cada vez más contra el muro y asomándose más a la ventana—. Por favor, vete.

La sombra titubeó por un segundo. Dio media vuelta con extrema lentitud, y miró a Agustina sobre los hombros.

Esas cosas negras en tu brazo —susurró el desconocido, sin dejar de mirarle con el mentón en alto y los hombros echados hacia atrás—. No quería decir esto, pero vas a...

Y una muralla negra engulló al hombre de un sólo mordisco. Una polilla entró a toda velocidad por la ventana, revoloteando mientras el pálido brillo de la luna sobre sus alas la hacía brillar como un foco. El mismo muro negro que había engullido al sujeto arrojó una púa hacia el insecto y le atravesó de extremo a extremo.

Agustina sintió el corazón explotar cuando la moribunda polilla trataba de seguir viviendo. Seguía luchando con todas las fuerzas que le quedaban, pero sería imposible para ella poder salir de la trampa. Sintió un tirón del hombro, y una punta fría justo sobre la oreja.

—¿Entiendes? —susurró el sujeto sobre su oído, podía percibir el aliento cálido tratando de arañar sus tímpanos. El sujeto se había transportado en las sombras, desaparecido entre las mismísimas entrañas del mundo; y ahora quería algo de ella— Mañana, hora de biología, no faltes. Es por Adriel.

Y toda aquella extraña escena se esfumó con un chasquido de lengua en su oreja derecha. La habitación volvió a un tono pálido y brillante, mientras que las cortinas bailaban con el viento. Bajó la vista hasta el suelo, y pudo ver una varilla diminuta con una polilla incrustada en el medio.

Sus paranoias estaban a punto de tornarse realidad.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!