2- El nuevo monje de Hasetsu

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Odiaba la tierra, el mundo humano estaba lleno de avaricia, violencia, egoísmo, mentiras y malas intenciones

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Odiaba la tierra, el mundo humano estaba lleno de avaricia, violencia, egoísmo, mentiras y malas intenciones. Tras los siglos y los últimos años vio como la humanidad destruía el bosque, contaminaba los lagos y así poco a poco convierten todos los espacios que alguna vez cobijaron a dioses y espíritus en cárceles de acero y concreto.

Volvería con kami, ya no estaba dispuesto a esperar... el mundo terrenal dreno todo lo que Kori alguna vez amo de la existencia humana, nadie era ni lejanamente parecido a aquella alma pura y bondadosa que fue Yuuki. Quería ver nuevamente aquellos ojos de oscura penumbra y brillo nocturno, sentir sus suaves labios color cereza en los suyos, pero no podía más ¿Por cuanto debía sufrir y llorar? ¿Por cuánto tiempo podría aguantar que su alma se apagase gracias a la miseria humana? No quería desaparecer y convertirse en un demonio, él tenía la bendición de kami.

Exhausto, se sentó en una roca a medio camino, llevaba cerca de dos horas caminando para llegar aquel espacio sagrado donde podría pedirle a Amaterasu poder volver ¿Porque no volaba? Lo había olvidado, tras años y años como humano, la forma espiritual de Kori era un enigma incluso para él... odiaba a los humanos y se odiaba a él ¿Como pudo ser tan idiota para esperar aquella eternidad por un mortal? Odiaba el amor ¿Porqué kami le permitió tener aquel sentimiento tan terrible que le hacía sentir miserable?

Un quejido llamó su atención entre los arbustos, se acercó buscando el origen... lo escucho de nuevo; entre la corteza de un árbol muerto un pequeño zorro se lamentaba con la pata atrapada con un alambre, su extremidad estaba profundamente cortada, Kori sabía que no podría sanar aquello, aún así cortó el alambre con sus garras y tomó al pequeño animal en brazos, sus orejas eran excepcionalmente grandes... entonces noto su cola... sus colas. Un pequeño kitsune de tres colas, herido por una trampa humana no solo en su pata, si no que claramente también había sido alcanzado con algún proyectil. Furioso, Kori apretó al pequeño espíritu a su pecho... si se apresuraba podría llegar a tiempo al espacio sagrado y pedir a Kami, que le sanará... pero era ser demasiado optimista, moriría si no le atendían pronto, se desangraba sobre su ropa, lo único que pudo hacer Kori fue rasgar parte de su yukata y presionar sus heridas para evitar más pérdida de sangre. Resignado, comenzó  su camino de vuelta al templo.

Había anochecido hace algunas horas, Kori pedía porque Phitchit o su amigo no se hubiesen dormido aún, los monjes se acostaban temprano para iniciar el día junto con el amanecer. Tenía la esperanza de que aquellos preparativos que vio realizar a ambos muchachos dos días antes fuesen para aquella tarde, pues antes de decidir irse, Kori les vio encender las lámparas y comenzar a preparar comida... los muchachos no usaban sus kimonos si no era ocasión especial. No había solsticio, eclipse ni luna llena, así que no sabia que celebrarían, únicamente pedía, que alguno estuviese en pie; ya les había visto ayudar a tanukis traviesos y guiar kodamas de regreso al bosque, de seguro podrían ayudar un kitsune.

Piso finalmente el terreno del templo sintiendo cierto alivio, su cuerpo se sentía más descansado en terrenos benditos, las luces de la casa principal estaban encendidas. Metió sus pies en el riachuelo para limpiar el barro y la sangre de algunas heridas que se hizo al correr sin cuidado hasta allí. El pequeño zorro ya no se quejaba, pero aun respiraba... aún podían ayudarle. Rodeo el frontis buscando alguna puerta abierta o señal de Phitchit y Kenjiro por alguna parte, sin embargo a pesar del olor a comida y alcohol del ambiente, no encontraba a las personas que deseaba encontrar. Comenzó a sentirse ansioso por el pequeño espíritu en sus brazos cuando encontró de espaldas una figura nueva... tenia un largo cabello negro con reflejos azules, su kimono era negro con detalles dorados... un monje de rango alto. Dio dos pasos largos para intentar alcanzarlo, pero cuando estiro su mano una figura en un manchón gris y negro se cruzó frente a él y tomó fuertemente de su muñeca.

El alma del dios del HieloDonde viven las historias. Descúbrelo ahora