Mayo, 2016 (I)

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Vale. Pasaron dos cosas desde que invité a Dorian a que viniera a mi habitación cuando quisiera, una buena y otra mala.

Queréis leer la mala primero, ¿verdad? ¿No? Bueno. Os la voy a contar igual.

Bien.

Descubrí que no hacía falta que Dorian estuviera dormido para que yo pudiera entrar en su cabeza. Dejé de despertarme a la vez que él y empecé a perder la noción del tiempo. Ya sabéis que el tiempo dentro de los sueños fluye de forma muy distinta, y hasta entonces había sabido cuándo despertar porque mi anfitrión tenía un ciclo de sueño normal.

Pues yo no lo tenía.

Yo empecé a tener dos ciclos de sueño distintos: el mío, que funcionaba correctamente pero solo cuando no entraba en los sueños de nadie; y el otro, al que vamos a llamar "el jodido". El ciclo de sueño jodido básicamente consistía en que yo entraba en los sueños de alguien (en los sueños de Dorian) y no podía volver a salir. Mi cuerpo parecía olvidarse de que tenía que despertar y me quedaba ahí, atrapado en la mente de mi compañero, hasta que él se marchaba a la universidad o a cualquier otra parte y mi mente se "desenganchaba".

Un día llegué a dormir quince horas seguidas y os juro que ni un solo minuto de esas quince horas fue agradable. Pero sigamos de forma ordenada. Empecé a darme cuenta de que no me despertaba a la vez que Dorian cuando fueron sus golpes en la puerta de mi habitación los que me arrancaron de uno de sus sueños.

Y eso nos lleva a la parte buena.

Dorian empezó a venir a mi habitación de madrugada.


La primera noche que vino todo seguía normal, aún no había aparecido el "ciclo de sueño jodido" y fui expulsado de su sueño en cuanto él se despertó. Me quedé tumbado bocarriba mientras analizaba los pocos fragmentos que esta vez recordaba de su pesadilla.

Escuché que su puerta se abría, y luego un leve clic antes de que la luz del pasillo se colara por debajo de mi puerta. Le siguieron unos pasos amortiguados que se acercaban y después uno, dos y tres golpes apagados contra la madera.

Salté de la cama y me puse la camiseta que había dejado de cualquier manera en la silla al acostarme, unas horas antes. Estaba arrugada, pero era mejor que nada. Intenté peinarme un poco con los dedos y finalmente respiré hondo y abrí la puerta.

Tuve que parpadear varias veces para acostumbrarme a la luz. Dorian, que no me había escuchado acercarme antes de abrir, estaba mirando hacia la puerta de su habitación, probablemente sopesando si debía regresar. Le sorprendió que abriera, no sé si porque esperaba que estuviera dormido o porque no se había tomado en serio mis palabras. No tenía demasiado mal aspecto; la pesadilla no había sido de las peores (algo sobre una carretera que atravesaba el mar y terminaba inundada, con él ahogándose) y yo no creía que algo así fuera a ser el detonante de sus visitas en absoluto. Pero allí estaba. Esquivando mi mirada y con cara de no saber dónde esconderse. Probablemente se arrepentía de haber venido.

—¿Te apetece ver una peli? —me dijo, como si no fueran las cuatro y media de la madrugada y como si no tuviéramos clase en unas cinco horas.

No lo mencioné, claro. Supuse que era su forma de sentirse menos vulnerable y no parecer un niño de cinco años que corre a la habitación de sus padres porque cree que hay un monstruo debajo de la cama.

—Claro —le dije, con una sonrisa más cansada de lo que me habría gustado mostrarle—. Pasa.

Abrí la puerta del todo y me hice a un lado. Mi habitación seguía a oscuras, por lo que cuando apagué la luz del pasillo, después de que el entrara, ambos nos quedamos a ciegas un momento hasta que tanteé la pared en busca del interruptor.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora