Capítulo 8: De comienzos y finales (parte II)

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El viento se entremezclaba con las olas del mar que al estallar salpicaban tímidamente el rostro de Milton; quien se encontraba sobre la arena con las manos en sus ojos. Intentando, inútilmente, contener el dolor que ellos despedían. Ojos enrojecidos, ocultaban. El silbido del aire remolineaba por los cabellos del joven, y luego le seguían sus manos. Poco a poco, los ojos comenzaban a ver. Sus lágrimas formaban siluetas sobre su rostro, hasta caer torpemente y perderse en la arena. La mirada fija, estática. Las olas yendo y viniendo.
El joven quedó allí un largo tiempo, observando el mar. La delicadeza con la que crea y la majestuosa voracidad con la que arrasa. «Impresionante». No es que nunca haya visto una marea, es que nunca la había observado de esa manera. No es posible agarrarla o sujetarla, porque se deshace entre los dedos. No es posible amarla o herirla, porque ella misma se destruye.

Pese a las palabras de su maestro, el joven decidió seguir adelante. Decidió que ya no tenía más lágrimas que dejar.
Fue en ese momento en el que notó que en ese lugar no había nada. Nada más que arena y mar. La vista se perdía con la misma imagen en todos los extremos.

—¿A dónde vamos? —hablaba mientras miraba desorientado, como buscando un camino.

—¿Seguro que estás preparado? —desconfiando de la pronta recuperación del joven. Luego de unos momentos, cuando lo vio asentir, se acercó al mar. Sus pies desnudos, casi hacían contacto con el agua. Cerró sus ojos y se agachó hasta que sus manos pudieron desdibujarse con la marea.
Milton yacía de pie, a unos pocos metros de Rigal, sin entender que era lo que estaba sucediendo. De repente las olas comenzaron a romper más y más fuerte y viento soplaba a gran velocidad; pero nada de eso hacía que se pierda la armonía del lugar. El joven miró sus pies, creía que algo se movía debajo de ellos; al poco tiempo, sintió como si toda la masa arenosa estuviese temblando. No tenía miedo, solo se encontraba espectador de lo que sucedía.
En un abrir y cerrar de ojos, el mar comenzó a retroceder lentamente, hasta dejar a la vista las dos manos del Mythier, que seguían apoyadas sobre la arena. Bruscamente se levantó y movió unos cuantos pasos hacia atrás. Suavemente comenzó a levantar sus brazos, hasta que sus manos simulasen tocar el cielo. Su movimiento fue acompañado de lo que el joven creyó, una tormenta de arena. La diferencia era que ésta no era violenta, ni molesta. Poco a poco, lo que se fue convirtiendo en una nube alrededor de Rigal, comenzó a tomar forma. Las partículas de la masa arenosa que habían sido despertadas volvían a recostarse; pero ahora de otra manera: formando una puerta. Una hermosa puerta, amplia y con grabados que serpenteaban todo el marco. Era de alta como el doble del Mythier y podían pasar dos personas a la vez sin tocarse. Se podía ver a través de ella, y lo que se veía eran las olas; como si en verdad nada hubiera sucedido.
El joven se acercó y rozó con sus dedos los marcos, estaba fascinado.

—Vení conmigo—dijo con voz pícara al ver la cara de sorpresa. El joven lo miró dubitativo y luego, se adentró en lo que él llamó, un portal.

Fue como tener los ojos cerrados por unos segundos y al abrirlos, encontrarse caminando otro lugar. Un lugar desconocido y muy diferente al que anteriormente estaban. La marea, el viento y la arena habían desaparecido. Se habían convertido en, paredes y ladrillos, rotos, desgastados, agrietados. El sonido del mar con las canciones del viento, habían sido desplazadas por un silencio que opacaba y desgarraba el alma.
El ambiente era pesado, la oscuridad intensa; aunque alcanzaba para ver.
Rigal caminaba sin decir una palabra y el joven lo seguía de atrás observando el lugar. Las ilusiones de encontrarse con un lugar fantástico, habían muerto. Algunos pozos y pequeñas montañas de tierra acompañaban el camino. Al voltear, sólo se encontró con una pared de ladrillos. Tenía manchas negras, como si hubiera sido quemada. No habían plantas, ni flores; arboles, ni agua. Se respiraba agonía y según parecía, estaban solos.

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