La luz en sus grandes ojos

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Mauricio comenzó el nuevo día con una amplia sonrisa colgando de sus labios. Tras la agradable visita de Fiorella, cada rincón de su alma rebosaba de esperanza y de alegría como nunca antes. Por primera vez en un buen tiempo, sentía que estaba tomando las decisiones correctas para seguir mejorando todas las facetas de su vida. Los cambios drásticos que en un principio le provocaban deseos de rechinar los dientes y de soltar maldiciones, a la postre le beneficiaron de mil maneras.

Desde antes de mudarse a los Estados Unidos, su madre le había hecho saber que solo le daría un pago fijo mensual que cubriría los gastos estrictamente necesarios relacionados con los estudios universitarios, la vivienda, la salud, la ropa y los alimentos. Si él deseaba obtener algo más, debería trabajar para agenciárselo. Aquello implicaba que no tendría a nadie que hiciera la limpieza, planchara, lavara o cocinara para él. Con unos ingresos económicos limitados, no podría frecuentar los sitios exclusivos de costosa membresía a los que estaba acostumbrado. Tampoco podría tener un automóvil ni ningún artículo de lujo.

Aquellas repentinas limitaciones le habían parecido una auténtica pesadilla en las primeras semanas. Actividades tan comunes como utilizar el transporte público o ir de compras al supermercado eran totalmente desconocidas para él. Incluso se sentía humillado cuando tenía que acudir a alguien para hacerle preguntas acerca de esos temas. Tuvo que aprender a desprenderse del orgullo y reconocer que necesitaba ayuda. Sin embargo, las peores angustias para él vinieron cuando tuvo que enfrentarse a la cocina.

El varón sabía muy bien que no era saludable ni rentable tratar de mantener una dieta a base de alimentos enlatados y comidas prefabricadas. Si quería comer bien sin gastar demasiado dinero en ello, debía aprender a cocinar. Siguiendo las escuetas instrucciones de los paquetes y mirando decenas de videos en YouTube, el chico poco a poco fue desentrañando los misterios de las artes culinarias. Las cortaduras, las quemaduras y los revoltijos incomibles fueron disminuyendo gradualmente hasta desaparecer por completo. El joven Escalante no solo aprendió a cocinar, sino también a disfrutar de hacerlo.

Gracias a las decisiones de su madre, Mauricio no solo estaba aprendiendo a desenvolverse con éxito en medio del competitivo mundo de los negocios, sino que también estaba capacitándose para ser un hombre autosuficiente. Ya no necesitaba encomendarles a otras personas el manejo de cada aspecto de su día a día. Había dejado de ser el niño mimado que no era capaz de elegir siquiera la combinación de las prendas que usaría. Ahora era un adulto responsable mucho mejor equipado para encarar los retos de la vida. Por fin comenzaba a sentirse verdaderamente orgulloso de sí mismo.

Un par de años atrás, nunca se hubiera imaginado que tenía potencial para dirigir a un grupo de ejecutivos hacia el éxito empresarial. Tampoco habría sospechado ni en sus más locos sueños que existiesen dotes de chef ocultos debajo de su pueril arrogancia. Aún le sorprendía lo que una buena dosis de realidad podía hacer en el carácter de una persona. Las múltiples lecciones de humildad que a menudo recibía le seguían ayudando a forjar cualidades de las que antes carecía.

La cortesía no solo le permitía establecer buenas relaciones con otras personas, sino que también producía un efecto muy positivo en su espíritu. Las sonrisas sinceras, las palabras dulces y los efusivos abrazos por parte de sus compañeros de trabajo y de estudios en respuesta al buen trato que él les daba lo llenaban de gratitud. Sus deseos de trabajar para merecerse el cariño de quienes lo rodeaban eran cada día más fuertes. Dar y recibir afecto lo impulsaba a continuar luchando en contra de los viejos demonios de la ira.

¿Qué pensaría Maia acerca de él si pudiese verlo en la actualidad? ¿Podría percibir que en verdad había cambiado? Ellos no habían vuelto a tener ningún tipo de contacto después de la gala final en la que ella había sido la ganadora. Los últimos recuerdos de la muchacha de seguro lo retrataban justo como lo que fue por tanto tiempo: un patán violento que parecía empecinado en granjearse el temor y la aversión de tantas personas como fuera posible.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora