Prólogo

20 4 0
                                                  

Créeme, todo el mundo te dirá que al acabar los estudios tendrás asegurado un buen empleo. Un empleo estable, cómodo y bien remunerado. Un empleo de esos que tu madre lleva toda la vida soñando para ti, un empleo que le permitirá presumir ante la vecina del quinto cada vez que se la encuentra en el portal. Pero lo cierto es que cuando acabas la carrera lo único que te espera es un vacío mayor que el que hay después del instituto: a los segregados de la Universidad se les plantea ya no el dilema de elegir entre una larga pero perfectamente delimitada lista repleta de los rimbombantes términos que constituyen los nombres de cada carrera. No. A los graduados se les envía a enfrentarse a la ausencia de todo orden, a abrirse camino en el caos de la realidad. Así, sin otra cosa más que un pedazo de papel bajo el brazo.

No obstante, hay quienes sobreviven a esa gran prueba de fuego. Mi compañero de piso, Mike, por ejemplo. Lo conocí estando en tercero, aunque él tiene un par de años más que yo. Ya durante la primera semana me quedó claro que se pasaba la vida de juerga en juerga. Esto, unido a que había acumulado casi un semestre entero de asignaturas con segundas y terceras matrículas, me hizo tenerlo por un fracasado. Como es obvio, me equivocaba; puede que la aeronáutica no fuera lo suyo, pero desde luego sí que lo eran los negocios. Por aquel entonces se le daban bien las cartas y las apuestas, y casi sacaba para el alquiler de su habitación con pequeñas porras y cosas por el estilo. Creo que ahora vive al otro lado del río, en uno de esos caserones inmensos de balcones adorables y jardines perfectos.

Yo, en cambio, aún no he sabido qué hacer, qué elegir. Estudié ingeniería por mi madre, porque quería que se sintiera orgullosa de mí. Y porque, bueno, ¿qué otra cosa iba a hacer, si no? ¿Trabajar en la obra hasta que quebraran de nuevo las constructoras y beberme el paro cuando al fin sucediera, como papá? No, aunque no éramos una familia adinerada, estaba claro que dejar los estudios nunca fue una opción. En primero le decía a todo el mundo que deseaba ser piloto, aunque en verdad creo que era una mentira que contaba para convencerme de que estaba allí por decisión propia y no para contentar a mamá. En cualquier caso, lo que sí era cierto es que los aviones y las matemáticas siempre me gustaron. Supongo que eso tiene que ver con mi carácter meticuloso, o «cuadriculado», como solía decir Mike.

Maldito Mike.

Todo fue culpa suya. Solía burlarse de mí usando esa palabra, «cuadriculado», para que me uniera a las fiestas que daba en el piso. Ahora comprendo cuán astuto era su planteamiento de la situación: si yo formaba parte del jolgorio ya no podría quejarme a la casera. Pero en mis años de estudiante yo realmente deseaba verle como a un amigo y me dejé enredar en un par de ocasiones.
En la primera conocí a Hayleen Tocs.
Durante la segunda estuve intentando encontrarla.

No lo hice hasta algún tiempo después, pero ojalá no lo hubiera hecho.

Before [en proceso ✍️]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora