Capítulo 11.2 / Una lección por aprender

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Por otra parte, Ania salía desde una de las puertas de servicio de la mansión, y grande fue su sorpresa al toparse con lo que parecía ser un hermoso jardín, lleno de flores, árboles e incluso hasta un columpio incluido, visto a lo lejos. De hecho, a Alfonso le encantaban los lugares tranquilos y armoniosos. Y justo al momento de contemplar toda aquella maravilla de jardín, sus recuerdos comenzaron a pasar en su cabeza.

Recordaba esa vez en que, cuando era Alfonso, se refugiaba en una zona de la universidad donde muy pocos alumnos iban, ya que era una zona demasiado tranquila como para que muy pocos la toleraran. Se trataba nada menos que de un patio que la escuela tenía, pero no la habían aprovechado en años. Ni siquiera para algún evento deportivo o cultural como el futbol o algún bailable. El lugar se encontraba bastante verdoso y lleno de flores y árboles, de todos colores. Y a todo eso, un silencio enorme, donde lo único que parecía escucharse era nada menos que el ruido del viento meciendo las ramas y hojas de cada una de las plantas presentes en el lugar.

Ya sea estando solo o con su novia Elena, Alfonso siempre iba a ese lugar. Y cada vez que se refugiaba allí, ya sea con el fin de concentrarse más en sus estudios y tareas o sólo para relajarse un poco, deseaba no salir de allí nunca jamás. Incluso echaba sus siestas sobre una de las grandes piedras que se hallaban escondidas entre los grandes árboles.

"¡Ah qué recuerdos!", se recordaba Ania, a la vez que contemplaba todo ese espacio lleno de árboles, flores de todos colores, caminitos por donde andar sin problemas. Incluso había un columpio montado sobre unas de las grandes ramas de un enorme árbol que se encontraba justo en una zona céntrica que había en aquel enorme jardín.

Se fue acercando poco a poco hacia a cada una de las flores que había por allí. Y se vio maravillada al ver tanta belleza dentro de un espacio que parecía pequeño. Desde tulipanes y rosas de muchos colores y olores, hasta hierbas verdeciendo a todo lo que da, esto junto con aquel árbol de roble, cuyas ramas llevaban sujetando a aquel columpio, cuyo asiento era nada menos que de la misma madera que la sostenía, amarrado con una soga gruesa. Estar allí era como estar en un pedacito de cielo.

En eso, Ania se sienta junto al columpio y la tentación comienza a ganarle, pues comienza a mecerse en él. Y a medida que iba agarrando fuerza con el columpio más sentía que se iba hacia arriba, como si estuviera volando. Disfrutaba cada segundo estando allí, sobre ese asiento de madera de roble. Como si nunca se hubiese subido en uno en años.

De hecho, hacía mucho que no había hecho tal cosa. La última vez que se había subido en un columpio había sido cuando tenía unos ocho o nueve años, en el parque que se encontraba cerca de su antiguo hogar. Y desde entonces, nunca jamás se volvió a subir en columpio alguno.

Mientras que a él sí que le encantaba estar meciéndose en el columpio, a la verdadera Ania no le gustaba, ni estando loca, sentarse allí y mecerse. De hecho, nunca le había gustado estar encerrada en un jardín ni mucho menos contemplar un lugar al cual nunca había apreciado en primera instancia. Antes que eso, hubiese preferido estar muerta. O por lo menos, afuera, perdida entre los dizque amigos que tenía.

Disfrutaba de estar allí en medio de ese jardín, cuando su rato de diversión fue interrumpido por el jardinero, un señor ya entrado de años, quien se encontraba en ese momento realizando unas labores de mantenimiento sobre unos injertos que había en la parte norte de aquel enorme jardín y pasaba por allí.

— Hola señorita Ania—decía el jardinero—. Veo que está disfrutando de estar allí en ese viejo columpio. Tengo entendido que nunca le había gustado estar allí.

— ¿En serio? —decía ella, sabiendo de esta manera otra porción de la historia de la verdadera Ania de la Rosa—. No creo que a nadie guste subirse a un columpio. Bueno, al menos a mí de niñ...—se interrumpió ella misma, recordando que ahora no podía decir ciertas cosas a ciertas personas, como su infancia como Alfonso Ibarra. Y menos a alguien como podría ser alguien como el jardinero, quien seguramente llevará años trabajando allí.

La pasión de Ania (Versión Corta)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora