Capítulo 12: Cerámica

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Si alguien vió lo que pasó cuando recién publiqué este capítulo... Just technical difficulties.

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Tiempo indeterminado casi el que Agustina aguardó para que la lluvia cesara. Y menos tardó en decidir correr bajo esta, al darse cuenta de que las peores nubes aún no llegaban. Con los ojos enrojecidos, viajó de fachada en fachada tratando de cubrise de la horrenda lluvia. Notaba su espalda muy ligera, pero no sabía por qué.

Tampoco tenía un momento para pensar en otra cosa que no fuera encontrar un refugio provisional del ácido cayendo. Quería evitar más inconvenientes, pero eso resultaba casi inevitable. Era imposible que las cosas fueran para mejor en un largo, largo rato.

Bajo una terraza que se sostenía apenas de una cadena, tomó aliento. El pequeño ruido del agua al caer ya le perforaba los oídos ¿Por qué tenía que soportar mierdas así? Y allí esperó, esperó con ansias que las cosas aminorasen su paso, que el olor ácido se mezclara con la rancia humedad para ser más soportable. Sólo aguantar, eso debía.

Sentándose otra vez, miró las infinitas explosiones del tamaño de una hormiga bramar desde el concreto. Miles, millones al mismo tiempo, dejando su característico chasquido en un frenesí de irracionalidad y caos. En cada uno de aquellos, podía escuchar las burbujas del alquitrán en que Adriel se había perdido junto a decenas de manos cuya procedencia mágica les dotaba su horror.

Se apretó la cabeza con el brazo sano. ¿En qué pensaba? Eso tenía que ser un sueño, una alucinación, algo imposible. En cualquier momento abriría los ojos y estaría de vuelta en su cama, despertando para una mañana aburrida de viernes. Echó un vistazo a la quemadura en la otra extremidad. El ardor de la lluvia empeoraba horrores lo que sentía. Para su aún más horrenda sopresa, se percató de pequeños hilos negros, del tamaño de cabellos, justo por debajo de la piel y carne afectadas.

Se sintió mareada, pero trató de rescatarse a como fuera lugar. Otra vez inmóvil, analizó la llaga en mayor profundidad. Sí, había pequeños hilos negros debajo de la carmesí quemadura. Jamás había sufrido una herida de tal calibre, pero poco más duraría la adrenalina en su cerebro.

Pero ella no sabía de adrenalina, ni de llagas, mucho menos como no empeorar su delicada situación. Lo único que sabía, lo único que recordaba, lo que de verdad era válido, era la historia detrás de un manual. De como humanos de a pie se rehusaron a morir en la ignorancia, e hicieron todo a su alcance para aquello. Eso era una pequeña chispa, que sin darse cuenta, le incitaba a volver, a rescatar a Adriel a pesar del dolor, que volviera a sufrir aquellos ataques de cobardía una y otra vez hasta encontrar lo que necesitaba.

Una chispa.

Y todo esto se gestaba con lentitud en sus entrañas. Agustina no paraba de temblar, de ver como la carne sangraba a un ritmo teatral, casi igual de lento que los infinitos monólogos que a veces podía ver en antiguos escritos de la biblioteca. Sólo aguardaba. Todo en ella aguardaba. Necesitaban un pequeño empujón que nadie daría. Dejarían que la chispa se apagara. Y cuando esta necesite salir, simples cenizas bramarán en su lugar.

Y las cenizas van a urnas, dispuestas para recordar a un pasado más feliz, más vivo. Esos restos de fuego, de algo que fue y no será más, todo contenido en una frívola cerámica.

Que ironía.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!