37- Félix

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Este capítulo contiene escenas de alta sensibilidad emocional y contenido para gente con criterio formado. Pido la discreción de los lectores/as.

 Pido la discreción de los lectores/as

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FÉLIX


En algún momento, aprendí a desdoblar una parte de mi consciencia. La deslizaba entre el yo que respondía, sin entender del todo las preguntas, y aquel que simplemente quería que lo dejaran en paz y se separaba del mundo real.

Algunas cosas adquirían un interés repentino entonces; la mosca sobre la ventana, la mancha con forma de archipiélago, el collar dorado de Irene. Me pasaba lo mismo cuando me inyectaba mi cura, en la soledad de mi habitación.

Pero entonces era infinitamente mejor.

"Un orgasmo mental", solían decir River y los otros chicos del pasaje. Esa era la definición más acertada y yo empezaba a notarme ansioso, desesperado por sentir sus efectos de nuevo.

Sin embargo, Irene había encontrado todos mis escondites después de registrar mi cuarto de arriba a abajo. Ahora estaba solo con mi cabeza, con mi culpa y mi vergüenza. Ni siquiera podía salir sin supervisión.

Ella había colocado una nueva cerradura y me prohibió seguir trabajando con el Grillo. Tampoco podía ver a Francisco fuera de casa.

—No disfruto haciéndote esto –Irene miró con tristeza desde la puerta de mi cuarto, a la que le había quitado el pestillo. Podía palpar su profunda decepción, aunque intentara ocultarlo—. Pero desde ahora te quedarás acá hasta que... hasta que solucionemos esto, ¿sí? –Su voz tembló un poco y la escuché inhalar profundamente—. Lo hago porque te quiero... y quiero que estés bien. No me odies, Félix.

Asentí en silencio y luego sonreí con amargura por la ironía de sus palabras. Ella era quien debía odiarme después de toda la mierda que había echado sobre sus hombros. Pero me merecía que me odiara, así que no dije nada.

—Si quieres, pueden venir tus amigos...

Recordé las amables palabras de Lucas en la oficina de Karen y cómo me agarré a él de forma tan lamentable. Negué con la cabeza y le di la espalda a Irene, volteándome sobre la cama.

—No quiero verlos.

—Félix...

—No quiero ver a nadie. ¿Entiendes? ¡A nadie!


~~~~~~


Karen tenía la otra copia de la llave e iba todas las tardes iba a casa para supervisarme, aunque ella lo llamara "conversar".

—¿Puedes mirarme, Félix?

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