Capítulo 11: Pasillos psicodélicos

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La espesa bruma del exterior, empalagosa y repugnante, fue la que, con un gélido abrazo, recibió a la aterrada Agustina. Lejano parecía ya el momento en el que vio a Adriel hundirse en la brea, como si aquello se hubiese arraigado con violencia a los recovecos de su mente para ser un recuerdo inolvidable. Aún a pesar de que ese suceso acabó de realizarse. Hilaba desconcertada lo que sus ojos fueron capaces de identificar.

Un amigo desapareciendo. Alquitrán ardiente por las paredes. La fantasma que parecía quemarse. Manos. Muchas manos.

Y alrededor, ahora separada de esas cosas por una puerta blanca cuya madera se halla en extremo mascullada, dos opciones se abrían.

Una a cada lado. Volver al salón atravesando un túnel de espesa bruma, o adentrarse aún más en el hogar para dirigirse hacia el baño, como la voz fantasmagórica le indicó.

Dar por muerto a su amigo, o buscar una manera de salvarle. Ella, otra vez paralizada, se sintió arrastrar por sus instintos para escapar de aquél loquero y enterrar aquello como un sueño extraño. Tal vez, si saliera de allí; despertaría en algún otro lugar para darse cuenta de que aquello fue un sueño. Eso añoraba, que todo fuera simples imágenes esbozadas en un cerebro reposante. Momentos que se congelaban y estiraban como los pasos, que de a poco, la guiaban hacia el salón.

Las rendijas entre las tablas dejaban pasar lisos haces de luz, tan cortantes como navajas de un frívolo acero recién pulido. Los sillones que antes eran azules ahora se encontraban sumidos en un filtro casi monocromático, carentes de todo tono más fuerte que una reminiscencia, un esbozo invisible de lo que solían ser. Para cuando los pies de Agustina se hallaban enfrentados contra la pesada puerta de roble, un repiqueteo extraño se deslizó desde el pasillo negro. Antes de abrir el pórtico, un suave golpeteo de las primeras gotas que la lluvia arrastra en el exterior le indicó que allí sólo conseguiría profundas ampollas y heridas.

A veces, todo lo malo se desencadena en un sólo punto.

Dio media vuelta, sin despegar la espalda de la madera por un sólo milímetro. Las retahílas de luz provenientes de las ventanas se reflejaron como la luz de una linterna sobre el agua en la oscuridad más austera, revelando una masa de brea totalmente deformada con una figura reminiscente a un humano. Pero en esa cosa, ella veía a un soldado cocinado por una bomba atómica, con la piel escurriéndose de los brazos, arrojándose al suelo como miel. Imitando la contextura de esta, caía lenta de las extremidades, enredándose y juntándose en montículos escabrosos que desaparecían en tinieblas.

¿Hacia dónde demonios escaparía? ¿Había un escape siquiera? El recuerdo de la foto cuyo contenido eran los soldados derretidos por la explosión de Meskrow pasó frente a sus ojos, casi superponiéndose, como un complemento inconcluso. A las espaldas de Agustina se encontraba la lluvia ácida, delante, un monstruo. ¿Qué era peor?

Los dedos de Agustina tiraron del picaporte, la luz del exterior ultrajó la habitación y el presagio de una grave tormenta se hizo notar con las oscuras nubes del firmamento. Ella ya había decido qué hacer, no se tornaría para sufrir el mismo destino que Adriel.

Al egresar, el regusto ácido inundó los oyuelos de su nariz y la mano temblorosa estiró la puerta para dar lugar a un estruendoso cierre.

No volvería.

Atónita, obsevó la madera. Con el barniz opaco y el tono oscuro, parecía extender la oscuridad dentro de la casa con el único fin de proyectar terror a la calle. Una calle llena de piedras, desorden y revoltijos, cuya aceras, inundadas de piedras, eran casi inútiles. La lluvia ya no azotaba con fuerza, más bien, se escurrían con una suave llovizna que poco peligro parecía representar.

Pero sería estúpido pensar que aquellas pequeñas gotas no hacían ningún daño.

Dió un paso atrás y miró el cielo.

El techo de nubes se había tornado casi en una capa impenetrable para la luz del sol. La oscuridad se apoderaba con frenética velocidad de los callejones estropeados, y a cada costado de estos, las torres que habían sido antaño hermosas no paraban de ilustrar pegajosas sombras. Ella no pudo evitar compararlos con las manos —que derritiéndose— aferraron a Adriel.

Ah, Adriel. Estaba más que muerto.

Pero esas manos ya no trataban de hundirlo a él, si no a ella misma. Casi podía sentir que tenían ojos invisibles, que la seguían. Los pies habían echado a andar sin su consentimiento, pero no tenía motivo para reprocharlos más que un arrepentimiento extraño. Uno que se arraigaba dentro de sus tripas y le revolvía de adentro para tratar de vomitar lo que sentía.

Cada vez más oscuro el firmamento, hasta que —para la gran desgracia de Agustina— la lluvia comenzó a caer con inclemente fuerza. Gotas por acá y por allá, casi se podrían confundir con algo inofensivo de no ser por el insoportable olor a orín que desprendían. Agustina se refugió a duras penas en un edificio, casi a tres cuadras de la casa de Adriel. La cara le ardía producto de la lluvia, y los ojos irritados apenas se abrían de vez en cuando.

Trastabilló con una piedra, y el brazo quemado por el alquitrán fue lo único capaz de salvaguardar el rostro. Dolió. Mucho más con la comezón del agua corrosiva escurriéndose en la ropa. Estaba muy complicada. Mucho.

Se dispuso a analizar en dónde demonios se hallaba. El moho de las paredes y los ventanales sin taponar, rotas en afiladas esquirlas que no podían ser derruidas por el ácido de la lluvia, era lo que se encontraba en el frente. No había un sólo mueble, ya que montones de ladrillos pálidos rellenaban el ambiente de forma irregular.

Se reincorporó después de quejarse por el dolor en el brazo. Sentándose en uno de los montículos, echó los ojos sobre la lluvia que golpeaba la calle, formando charcos y salpicando en todas direccioes. Parecía inofensiva, como siempre. La monocromática escala del interior se intercalaba con un rojo apagado de los ladrillos, y por último, el brazo quemado, con una gran ampolla llena de tierra por la caída, que dolía aún más por la lluvia.

Pero Agustina apenas tenía ganas de ver todo aquello. Entrecerraba los ojos, frotándose estos con los dedos para tratar de acallar la comezón, sin saber que eso sólo los irritaría más. Fuera de aquél enorme edificio, de enorme fachada derruida por miles de lluvias y varios accidentes, la fachada se erguía casi en el suelo.

Y ahí dentro estaba la última esperanza de un muerto. Reposando en una joven que sufría por las quemaduras de un brazo, que apenas podía mantener los párpados separados más de dos segundos. Allí, dentro de una construcción como cualquier otra, sin nada más que destacar salvo los ladrillos pálidos, se encontraba la salvación de Adriel.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!