Capítulo 8. Nacida para correr

27 1 0

Las calles vacías de gente y mal iluminadas por las farolas facilitaban su huida. Su pelo corto rubio se balanceaba con cada zancada y se le ponía sobre las gafas de sol que siempre llevaba para tapar su rostro; sin importar si era de día o de noche.

La calle por la que corría se bifurcaba en otras dos. Sin poder detenerse a pensar cuál era la mejor opción, tomó la de la derecha, deseando después haber cogido cualquier otro camino al ver que se encontraba en un callejón sin salida. Frenó en seco y estudió las posibles formas de escapar. Había desarrollado esa capacidad de manera natural, como si toda su vida hubiera consistido en esconderse y escapar. Y casi había sido así. Cuando los dos hombres que la perseguían giraron en la misma dirección que ella y la encontraron acorralada, se subió encima de un contenedor situado a su izquierda, desde el que saltó hacia la escalera de incendios, que no se replegó. Se aferró a las barras de la escalera elevándose hasta la plataforma que correspondía al primer piso del edificio y, al ponerse en pie, se asomó para comprobar la posición de los dos hombres. Las escaleras terminaban en la última planta, por lo que debía entrar en el edificio para llegar hasta la azotea. Tras girar el pomo varias veces sin que se abriera la puerta, le propinó una patada. Subió a oscuras las escaleras y la siguiente puerta que encontró en su camino la abrió con el hombro sin detenerse. No tenía tiempo que perder.

Una vez en la azotea se escondió detrás de una salida de humos. Calculó la distancia que separaba el siguiente edificio del que se encontraba, y comprobó la posición de sus perseguidores. Volvió a calcular la distancia entre los edificios y echó a correr. Al detectar su movimiento, los dos hombres abrieron fuego mientras avanzaban, deteniéndose al borde justo para ver como ella caía en la siguiente azotea.

Tuvo que rodar por el suelo para amortiguar la caída y recoger las gafas antes de ponerse de pie. Sin detenerse, se levantó y atravesó la nueva azotea corriendo para saltar a la siguiente, cuya distancia con el otro edificio era poco menos que la anterior, aunque se encontraba en un nivel más bajo.

Llegó hasta la calle a través de la escalera de incendios y corrió un par de manzanas en busca de la estación más cercana de metro, esquivando a las pocas personas que por allí paseaban. Hizo eslalon entre la gente y saltó la barrera de los tornos. Bajó las escaleras que llevaban al andén que la interesaba mientras oía los pitidos que anunciaban el cierre de puertas y, justo antes de que lo hicieran, se introdujo en el vagón. Cuando pudo tomar aire, notó un leve pinchazo en la nuca; tenía clavado un pequeño dardo metálico.

Dejó las llaves y las gafas de sol sobre la mesa de la entrada y subió directa a la última habitación del fondo a la derecha, donde su hijo dormía en calma. No lo habían encontrado. Le acarició su pelo rubio y lo besó en la mejilla antes de ir al salón.

—¿Cuántos han sido esta vez? —preguntó Anne. Nunca lograba conciliar el sueño hasta que Rose no volvía a casa.

—Seis. Por parejas.

—¿Estás segura de que no te han seguido hasta aquí? —Le tendió una taza de café recién hecho.

—Me perdieron en el metro.

—Rose, no podemos seguir así.

—Ya lo sé. He estado pensando durante el camino —admitió.

—¿En qué?

—Si ya están en la ciudad, nos encontrarán pronto. Creo que lo mejor es separarnos. Tú te llevarás a Christian a un lado, y yo me iré a otro.

—¿Por qué? ¿No deberíamos permanecer juntos? —replicó con desaprobación.

—No. Es un buen plan —contradijo—. Compraremos billetes de avión con destinos diferentes, cuatro o cinco, los que sean. Si deciden preguntar en el aeropuerto tendrán que tomar varios caminos. Eso nos dará algo de tiempo.

Los Guardianes (I): OcasoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora