Capítulo 8

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La primer lluvia de deliciosos tormentos.

Heng Holbein.

La chica botines quería conocer las sombras. Y ese chico nuevo, apareciendo de la nada y acercándose a ella, pero qué cruel es la vida; ambos cuidaron cada palabra huyendo de sus labios, lástima que no lo suficiente. Detrás de la puerta, mis oídos activaron muy bien sus funciones, y escuché la mejor parte: El final.

Aquel tipo extraño en su momento, era poseedor de excelentes cualidades, manipulaba muy bien el motivo de su inocente presencia; las ondas en su cabello no fueron las únicas piezas para dar inicio al juego, ahí existía algo mucho mejor para desatar destrucción. Y no era yo.

Mis razones se ofendían y las lágrimas de Dagna lograban mantenerme más vivo, su dolor tan dulce para mi paladar, mi corazón ansioso por palpitar gracias a su miedo. La noche de la ceremonia, fue sólo una breve y melodiosa merienda. Mostrándome cómo acechar lo esplendoroso, efímero, una víctima en sí, evadiendo el dolor; deseando no volver a experimentarlo. Y mi alma soñando con horrificar, por la emoción expandiéndose sobre mí.

Zweig no merecía ver más allá de un simple reflejo, aún no.

¿Ella confiaría en ese chico? Iría con él por más peligroso que sonara el lugar, ¿A caso desconocía de...?

—¿Quién te dio mi número? ¿Y por qué no te mueres mejor? —atacó molesto.

Oh, cuánto lo extrañé.

—No cambias Admes — le respondí, y él rodó sus ojos, dejando ir un suspiro.

Alterar su sistema era tan fácil.

Giesler siempre tuvo dos alas débiles, un empuje era tan extraordinario y sencillo para hacerlo caer. Y el sólo se levantaría para negar y vivir con su propio tormento.

Y qué fascinante traerlo hacia mí cuando quiero, y después de todo.

—¿Qué quieres H menor? Tengo trabajos pendientes y verte sin vida me tranquilizaría.

—Sigue soñando Giesler — una extraña y buena ocurrencia llegó a mi mente, tentándome a decirla, así que pensé en lo que haría. No pretendía salvar, únicamente cuidaría de mi locura viviente—. Aunque, esta noche habrá un sacrificio de esos que amas, y será tan magnífico que superará nuestras costumbres.

El desinterés se notó fácilmente en su rostro, hasta que añadí un ingrediente, su favorito:

—Dagna Zweig quiere conocer las sombras — disfruté cada letra acompañada de mi tono frío y nada sensible, pero no tanto como su pánico.

—¿Y si te mueres mejor? — volvió a divertirme con su inútil pregunta.

—¿Y si haces algo por cambiar el presente? Mejor — contraataqué.

—Entre nosotros ya no existe eso,  ni historia. Tu Heng Holbein no eres más que un miserable, creyéndose un elegante escéptico.

Eché un vistazo a los libros, cada uno formaba parte de un perfecto orden, el silencio nos acompañaba siendo muy beneficioso. La biblioteca carecía de almas queriéndose cultivar de conocimiento. Giesler y yo charlaríamos con gusto, en caso de que las paredes tuvieran oídos, iba a callarlas con las mejores formas que mi mente maquinara.

—Solía creer — una sonrisa falsa se formó en mis labios —, Muchas veces lo hice a profundidad ¿Y sabes cómo culminó? Tú, terminaste más arruinado que yo.

—¿Por qué volvieron?

—Tenerte cerca nos hace sentir bien.

—Payaso — empujó mi pecho, sus venas comenzaron a notarse más en sus brazos—. ¡Otra de tus cualidades, eh!

Estación Holbein © [Completa ✔]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora