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Al parecer Matthew era todo un empresario como su padre tanto quería; vestía ropa formal y el cabello rubio peinado de medio lado

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Al parecer Matthew era todo un empresario como su padre tanto quería; vestía ropa formal y el cabello rubio peinado de medio lado. Físicamente, no había cambiado mucho, con la salvedad de que ahora estaba más fornido, y ya no tenía el cabello largo.

Cuando sus ojos azules se toparon con los míos, esbozó una sonrisa cínica, típica de él desde que era un adolescente. No pude evitar pensar en Meddie, quizá ella ahora podría ser una empresaria, pero no, ese maldito la había conducido por un mal camino, y la había dejado abandonada en medio de la nada.

¿Cómo Desmond se había atrevido a hacer tratos con ese chico, después de todo lo que había pasado?

—Tom, ¿qué pasa? —preguntó Tati, mientras yo apretaba los puños.

No le respondí nada, me limité a dirigir mi vista a donde aguardaba mi hermano, quien bajó la cabeza avergonzado. Más que molesto, me sentía decepcionado de él. No cabía duda de que todo lo que le pasó a nuestra hermana a él no le importaba. Que las noches interminables de dolor que pasamos con su partida, él ya no las recordaba.

—Tom, no —Mi hermano me sostuvo del brazo y yo no pude contener mi furia en la mirada—. Tranquilízate —. A pesar de que el salón estaba bien iluminado, todo comenzó a tornarse oscuro a mí alrededor—. Hablemos de esto en casa, por favor.

Me solté de súbito de su agarre y caminé hacia donde se encontraba aquel individuo, quien en todo momento se mostró altivo.

—Thomas, cuanto tiempo sin verte, cómo... —El puñetazo lo calló de inmediato, sabía perfectamente que aquello no me devolvería a mi hermana, pero sí que alivió mucho del enojo que tenía—. ¿Qué haces, maldito imbécil? —dijo, tambaleándose, y llevándose la mano a su nariz sangrante.

—Es lo mínimo que te mereces por todo lo que hiciste —escupí—. ¡Por tu culpa mi hermana está muerta!

—¿Por mi culpa? —Volvió su risita irónica—. No, Thomas, en eso estás completamente equivocado. Tu hermana se mató ella sola. No fue mi culpa que no pudiera controlar su adicción a las drogas.

—¡Mundo en el que tú la metiste! —espeté—. La dejaste sola en aquel lugar, confundida, y despues te largaste, mientras ella se hundía más y más en su miseria. ¡Maldito miserable, ella te amaba!

—Te voy a decir algo para que dejes de tener a tu hermanita en un altar. ¿Sabes por qué me fui? —preguntó—. La encontré en la cama con otro, sí, porque eso sí le encantaba a Maddie, un buen revolcón a cambio de drogas.

Sus palabras me enloquecieron, me cegaron.

Y, si no fuera porque unas manos me sostuvieron, estaba seguro que lo hubiera matado a punta de puñetazos.

—¡Seguridad, saquen a este hombre! —gritó Matthew.

—El único que tiene que irse de aquí eres tú —dijo mi hermano—. Lárgate de aquí, Matthew.

—¿Qué? —preguntó, como si no creyera lo que acababa de escuchar, pero mi hermano no titubeo—. Esto no se va a quedar así, Desmond —lo amenazó, antes de salir del salón.

—Thomy, ¿estás bien? —preguntó Tati, angustiada.

Me limité a asentir, mientras intentaba estabilizar mi respiración.

Y, entonces, ella me abrazó, haciendo que todo mi dolor fluyera a través de las lágrimas.

—Vamos a casa, por favor —le dije, aprovechando que mi hermano y mi cuñada estaban despidiendo al resto de los invitados.

Pero, como nunca es suficiente, cuando llegamos a casa las cosas se pusieron mucho peor. Resulta que Alexander estaba sentado en las escaleras de la entrada con una botella de licor entre sus manos. Sentí que me golpeaban en el estómago, jamás había visto a mi amigo así, estaba totalmente desaliñado y borracho.

—Vaya, vaya, pero si aquí tenemos  a la pareja perfecta —dijo entre risas, levantándose del escalón—. Mi novia y mi supuesto mejor amigo. ¡Malditos traidores!

Tati y yo nos miramos, era claramente un momento incómodo y doloroso para ambos.

—Hablaré con él —susurró Tati.

Asentí, la verdad era que no me encontraba en condiciones para hablar con Alexander.

—Alex, mira el estado en el que estás —le habló Tati—. No puedes seguir bebiendo. Por favor, dame esa botella.

—No te voy a dar nada. —Tomó directamente de la botella—. Dime algo, ¿qué le viste? —preguntó, mirándome—. ¿Qué te dio que yo no pude darte, mi amor? —Esta última frase la pronunció con los ojos llorosos.

—Alexander, basta... —rogó ella.

—No, basta, no, ¡solo dímelo! Por qué no lo termino de entender. Te di lo mejor de mí, te entregué mi cariño, mi amor.

—Me lo entregaste, sí, pero con palabras, nunca con hechos —le confesó—. Me decías que me querías, pero no ibas a verme, a menos que estuvieras de vacaciones. Y cuando vine a Londres tú... tú preferiste quedarte por allá.

—Pero me dijiste que no regresara —replicó.

—Sí, porque no quería obligarte, no quería que me lo preguntaras, quería que lo hicieras, ¡que me demostraras que yo era más importante que tu trabajo!

—Esto es lo que me faltaba, ahora yo soy el culpable por querer darte una mejor vida —espetó Alex—. Supongo que con Tom estarás muy cómoda. —Me miró—. Como nunca conserva sus trabajos, supongo que tendrá mucho tiempo para ti. —Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas—. Espero disfruten de su tiempo juntos. Yo me largo —dijo, moviéndose hacia la calle.

—Alexander, por favor, espera —lo detuve del brazo.

—Suéltame, maldito traidor. —Sus ojos me atravesaron como cuchillos—. Eras... —suspiró—. Yo te creía mi hermano y me heriste de la peor forma.

—No puedes irte a tu casa así, llamaré un taxi —dije.

—Vete a la mierda. Mejor dicho, váyanse los dos a la mierda —espetó, cruzando la calle sin siquiera mirar.

—¡Alex, cuidado! —grité, antes de escuchar el impacto.

—¡Alex, cuidado! —grité, antes de escuchar el impacto

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Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora