35- Félix

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Antes de leer: el libro está entrando en temas más oscuros y en este hay una escena con contenido erótico. No es explícito, pero sí se entiende lo que ocurre. Por supuesto, yo no voy a modificar mi historia por ustedes XD Ni por nadie. 

Pero es justo que lo avise desde ya, para quienes se sientan incómodos/as. Están en todo su derecho de seguir leyendo BICOLOR asumiendo que desde ahora tocaré temas más serios.

También quiero aclarar que, en algún momento, volverán los capítulos llenos de risas, color y positivismo. Se vienen cosas lindas para Félix y Lucas. Pero por ahora seguimos en la temporada de drama :'(


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FÉLIX



—Félix, tengo que hablar contigo.

Aparté Un Faro en el Cielo a regañadientes para mirar a mi hermana, que había entrado a mi habitación con el cabello amarrado, aún vestida con su pijama de Las Chicas Superpoderosas. En el pasado, yo solía burlarme de ella por usarlo.

Pero ahora rara vez sentía ganas de reírme de alguien. O reír, en general. Era como si una parte de mí hubiera sido succionada y ahora tuviera un... una especie de...

Vacío constante.

Mi única motivación para salir de la cama ahora era mi trabajo, tener dinero para comprarle munición a River y leer el libro favorito de Lucas. Estaba determinado a acabarlo, aunque los párpados me pesaran a veces. No porque fuera una novela aburrida (lo cierto es que sí me gustaba), sino porque me resultaba cada vez difícil concentrarme.

Y yo empezaba a sospechar por qué.

"Estoy llevando esto demasiado lejos", pensé una tarde, cubierto por un sudor frío, mientras yacía acostado en la alfombra de mi cuarto con el plástico de la aguja vacía pegada contra mi brazo. Era la sexta vez que me inyectaba H.T.B, ansioso por sentir sus efectos; los latidos suaves de mi corazón, el flujo de la sangre corriendo placenteramente por mis venas, el adormecimiento de toda angustia y preocupación con solo un pinchazo.

Una felicidad intensa que duraba solo diez minutos, pero que se sentían largos. Sin embargo, después de dos semanas probándola, empecé a notarme fatigado y más susceptible al frío. Fue en ese momento cuando comprendí que debía detenerme.

—No me meteré más esta mierda –prometí, hablando en voz alta a Ziggy, que correteaba sobre mi ropa de forma ansiosa, buscando queso o galletas.

Pero solo aguanté tres días antes de salir frenéticamente en busca de River a conseguir más. En esos momentos, me sentí una basura por gastar el dinero que podría darle a Irene para pagar los dividendos.

Horas más tarde, toda mi constante culpabilidad –la culpabilidad por haber herido a Lucas, por saltarme tantas clases, por ser una carga para mi hermana y no poder satisfacer del todo a Francisco—, se esfumaron para dar espacio a una euforia deliciosa.

Esos eran los únicos momentos en que podía reír.

Pero Irene me estaba mirando muy seria ahora y yo sentí que el pánico me envolvía con brazos cubiertos de púas. ¿Había descubierto que consumía drogas? Ella y Francisco eran las personas con las que más me esforzaba en ocultarlo. Si uno de los dos llegaba a enterarse, estaría muy jodido.

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