Capítulo 10: Perdición

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¿Cuándo algo es bueno? ¿Y si es bueno, en qué sentido? ¿Cómo calificar algo de bueno o malo? ¿Hay cosas que no son ni una ni la otra?

Preguntas, preguntas y preguntas que él jamás respondería. Las formulaba con el único fin de mantener la mente fuera de los claroscuros del alma. Así deseaba. Rogaba porque su cerebro fuera una cosa tan independiente de la esencia del corazón que sería imposible completar ese objetivo. Quería separar lo bueno y puro del asqueroso cadáver que usaba como crisálida. Añorar, esa es la palabra más correcta.

El crujido de las bisagras oxidadas tras de sí obsequiaron un sobresalto inesperado. Pero no se movió, oh no. No gastaría más fuerzas durmiendo, no quería ignorarse. Los zapatos de alguien resonaban dentro de la estrecha habitación. Eran pequeños tamborileos, casi secretos, que imitaban con austeridad el ritmo de un ladrón por la noche. Subyugado en la oscuridad a causa de haber cerrado las persianas, era más que probable que esos pasos correspondieran a un potencial demonio de los que venían a atormentarle.

Las patas de la silla chirriaron cuando alguien tiró del asiento con fuerza. Con eso supo quién hacía los ruidos, el poco tacto y cautela que le caracterizaban era cuasi irrepetibles. Sin duda, sin mísera dubitación, era Agustina. Un farfullo, y percibió los ojos de esta sobre la espalda. No, no, no. ¿Por qué? ¿Para qué diantres  ella le soportaba?

Casi pudo sentir los labios abrirse para exclamar alguna oración amena, aunque el estruendo estrepitoso de la puerta cerrándose se llevó el puesto. ¿Se había ido tan rápido? La estupefacción del alma le llevó a voltear, a encarar a la persona de la que estaba aterrado, y a la vez, fascinado. Y al hacerlo, ingrata la sorpresa que le invadió fue.

Tenía a una estatua delante. Un busto orgánico que se petrificó mirando directamente hacia la puerta. A pesar de estar en las penumbras, una vomitiva luz que provenía del pórtico cerrado iluminaba el palidecido rostro de aquella amiga pelinegra, causando un contraste monocromático difícil de pasar por alto. Trató de divisar qué demonios producía aquella horrenda barbarie lumínica, pero le resultó imposible. Y volviendo al rostro de su compañera, pudo divisar el auténtico terror mientras las manos de esta temblaban como un pez fuera del agua.

Anonadado por la faceta desconocida que ella nunca le mostró, se percató de algo. La cosa. Era algo que le parecía una fantasía, un sueño extraño y retorcido; un ente maravilloso y resplandeciente tan real que el mundo se revelaba insípido y tosco. Y la estatua, y los muros, las baldosas del suelo y los escritos sobre la mesa, todos lo sabían, todos lo veían.

Tan acostumbrado a las penumbras, hasta él se sobresaltó. ¿Cómo podía haber un foco tan etéreo en un lugar tan repugnante? Levantándose él, dio un paso hacia adelante. Todas las sensaciones mundanas de cansancio se borronearon en el refulgor, y con ellas, toda cosa que creía interesante.

Agustina se sorprendió aún más cuando le vio a él encarando la bola blanca, a pesar de que ella misma seguía sentada, inmóvil y sin palabras. Infinito el tiempo que se estiró el silencio desde el portazo, pero nadie en el exterior alcanzó a tocar la puerta siquiera. Tal como si el vacío más negro fuera todo el mundo en el exterior de esas cuatro paredes grises. Ella intercalaba miradas entre las dos figuras, tratando de vislumbrar una invisible conexión. Casi vomitando, una pregunta se deslizó por su garganta anudada con dirección a Adriel.

— ¿Lo... lo ves?

Y fue más que tonto preguntar. La respuesta no le fue dada, aunque la recordó con aparente desdeño.  Él se lo había dicho cuando se conocieron, hacía tanto ya: él veía cosas.

Como el destello de un arma al disparar, ambos fueron cegados por unos instantes. Adriel cayó y el corazón pareció estallarle, aferrando el pecho con fuerza desmedida mientras se sostenía sobre las rodillas y codos para no dejar el rostro sobre el suelo, para evitar verse derrotado e inservible frente a Agustina. Todo había vuelto a las insignificantes penumbras, pero algo no andaba bien. Cuando Agustina volteó hacia la puerta una vez más, otra sorpresa le aguardó.

Un rostro puro y destellante acompañaba a un cuerpo vestido con un rojo carmesí, cuya piel y tela se desgranaban en el aire aparentando quemarse vivos. La tenue luz que la desconocida entidad emanaba teñía de un extraño bordó debilucho a la habitación, cual pequeño cerillo rojo deslumbrando en un bosque oscuro y muerto. La adrenalina recorría las venas de Agustina, tratando de que espabilara y se diera a una fuga más que imposible. Y Adriel, él seguía sobre las rodillas, observando con los ojos entrecerrados y la mano derecha sobre el corazón doliente, resistiéndose a la caída letal que algo desconocido trató de inducirle.

¿En qué se habían metido?

El crujir de dientes proveniente de Adriel se tornó casi en el único sonido de la habitación, apenas sobre la respiración agitada del desigual par de adolescentes. Pero fuera de aquello, silencio era lo que se escurría entre los poros de cada uno. Una pausa inédita, con austeras intenciones. ¿Qué harían ellos ante la presencia de algo tan extraordinario?

Adriel apoyó un brazo en la pared próxima a él, tratando de levantarse como un pájaro flechado al medio. Con la cabeza gacha, casi siempre que se lo veía, poco perceptible sería el dolor si no se presionara el pecho tan fuerte que se podría decir que estallaría en cualquier momento por obra de la maléfica presencia. Y cuando él, incauto en sufrimiento invisible, puso los pies sobre la tierra, Agustina no dudó en rescatarse. Impulsada por el pavor, encaró a la figura y no movió un solo músculo mientras se preparaba mentalmente a correr en cualquier dirección —cual pavo sin cabeza— siempre que se alejara del fantasma.

El estómago de Adriel tronó con extrema fuerza, y de la boca de éste resurgieron incontables hilos negros que se dispersaban cual vómito por el suelo. Agustina trató de ofrecerle ayuda, pero el fétido olor de lo que parecía una brea putrefacta hizo que diera un paso hacia atrás. Sin darse cuenta, eso le acercó a la fantasma de la que también estaba aterrorizada. Para cuando el susurro de la etérea voz sobrepasó los quejidos del joven al vomitar, no pudo más que tornarse una rígida estatua en medio de la habitación. El espeso líquido, sin detenerse aunque fuera un sólo instante, surgía y surgía de las entrañas de Adriel y manchaba el piso de un burbujeante líquido tan espeso como masa de cocina.

—Necesito tu ayuda —requirió la fantasma, seca y cortante, aunque la voz fuera un caramelo por ser dulce el tono.

Agustina no pudo voltear. Despavorida y abrumada por no saber qué demonios ocurría, ni siquiera replicó cuando la voz volvió a sonar en un murmullo intangible:

—Al baño, ve al baño.

Y cuando el cuello tieso de Agustina alcanzó a darse vuelta, no veía más que una gruesa vela consumiéndose con una lentitud hiriente, casi a punto de extinguirse. Las paredes dejaban al líquido negro escurrirse. Adriel continuaba vomitando alquitrán, tanto, que se podría decir que los órganos de este también eran parte de la rancia mezcla. Trató de acercarse, pero algo más se sumó al hedor insoportable.

Manos. Casi centenares de dedos se alzaban por sobre la mezcla, visibles por nada más y nada menos que la asfixiada llama a sus espaldas. Agustina las veía arrastrándose, tratando de aferrar todo cuanto estuviera cerca. Las paredes se vestían con las marcas negras, y un vapor maloliente acompañó a un calor sofocante en la habitación. Aquella masa incorpórea que manchaba todo entre las cuatro paredes estaba quemando cual ácido todo lo que tocara. Agustina fue capaz de sentirlo cuando una burbuja cerca de ella estalló; lanzando pequeñas gotas ardientes que causaron grandes ampollas en la palma derecha de esta.

Atrasó un pie para retirarse, sin apartar la mirada de Adriel. Se veía calmo, casi como si estuviera acostumbrado. Ella aferraba aún con fuerza el dorso de su mano, sin poder evitar que la inconsciencia le ordenara dar paso tras paso hacia atrás. De las decenas de manos negras que surgían, algunos torsos y cabezas de vomitiva forma se erguían para aferrar a Adriel con fuerza y hundirlo cada vez más en un abismo antes inexistente, como si la brea hubiese calado un gran hoyo en donde se encontraba. Y él no paraba de arrojar más y más mientras su cuerpo desaparecía con repugnante lentitud.

Cuando nada del joven que ella conocía quedó a la vista, Agustina giró el pomo de la puerta y cerró la puerta tras de sí al salir al oscuro pasillo. Aquella mierda apenas había comenzado.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!