Capítulo 9: Las fisuras

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Agustina golpeó la puerta con sus nudillos blandos, y un sonido hueco se desprendió de la madera desgastada. Levantó la mirada, y las fachadas ennegrecidas a causa del ácido apenas se dibujaban como bocetos en la espesa bruma. ¿O ella las veía borrosas? Continuaba aguardando, mientras el gusto agrio del ambiente que se colaba en su nariz le recordaba que el firmamento desataría su corrosiva furia en cualquier momento. Cuando se abrió, pudo percibir el añejo rostro de una mujer asomando apenas entre las penumbras del hogar.

— ¡Ay, Agustina, que gusto verte pequeñita! —Expresó la anciana, que ya conocía de antemano— Pasa, pasa, que ya va a llover y no quiero que te quemes.

La adolescente obedeció, y se adentró en la oscuridad del salón que casi conocía de memoria. Las ventanas taponadas permitían a finos hilos de luz cruzar con debilidad, apenas tintando los dos sillones del color azul que les correspondía. La anciana Eleonor se había sumergido en el pasillo, como si las penumbras le hubieran engullido de un solo bocado. Agustina siempre se preguntó cómo podían circular por ese pasadizo sin ver más que medio paso hacia adelante.

— ¡Espérame ahí, ya voy con unas velas! —Retumbó la voz de Eleonor desde la boca del lobo— No tenemos luz desde hace rato —el ruido metálico de lo que parecía ser una olla resonó en la lejanía, y un rojizo tono se hizo presente en las entrañas del hogar—, y no quiero hacerte pasar el rato a oscuras sin un buen té.

Agustina se acomodó el cabello negro tras una oreja, y con una lentitud desdeñable se acercó a los sillones viejos con el fin de esperar a la abuela de Adriel. Esta rezumó de la oscuridad, sosteniendo un plato de acrílico con una gruesa vela de cera cuya mecha parecía tan ancha como un pulgar. Dejó esto sobre la pequeña mesa y con el típico desdén de una cariñosa madre ahora convertida en abuela, se dispuso a oír a la recién llegada reposando en el cómodo sillón.

Sin embargo, Agustina continuaba perfilando de allí para acá el lugar de sombrío semblante en el que se hallaban. Siempre había sido así, al menos desde que conoció a Adriel. Ella tardó lo suyo en responder a la dama en el otro asiento, pensativa como siempre de lo que pudo acontecer a su compañero.

— ¿Pasó algo con Adriel? —preguntó, sin saber lo que podría depararle otra vez el destino.

Y la sonrisa de la anciana esfumándose entre las arrugas fue respuesta suficiente. La mirada de esta se dirigió hacia la vela, como si la tierna luz del fuego arropara su corazón, y allí la mantuvo, cerca, cerquita del alma. Sin desviarse, respondió a la pregunta de Agustina.

—Él... um... él, él está un poco triste... y... —Apartando un poco el rostro de la vela encendida, suspiró con una profundidad más grande que las negras grietas del mundo— Él entró en esa melancolía suya que... que siempre le golpea, um... ya sabes, que viene y se va cada cierto tiempo...

El silencio que se estiró al final de la frase más parecía un llamado de atención a Agustina a una pausa reflexiva por parte de la anciana. Melancolía se derretía por las palabras, el desliz grave de una madre que llora por sus hijos como si fueran pequeños seres indefensos en el atroz mundo que tocaba habitar.

—Y la semana pasada se veía tan... —continuó la anciana— Casi parecía salir...

Agustina echó el hilo de su mente atrás, casi siete días en el pasado. El viernes anterior, las salidas del fin de semana, las palabras, todo se veía reluciente, casi ninguneando los peores momentos de los que ella fue testigo. Echando la mirada entre las tablas taponando las ventanas, pudo percibir el apagado y frívolo vestigio que las nubes con lluvia solían reflejar antes de tornarse espesos mantos negros en el firmamento. Y el silencio, otra vez rogando que una voz le ultrajara, dio rienda suelta a las memorias perdidas.

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